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Cuatro meses han pasado desde que el Savoy de la calle Covadonga de Gijón bajase la cortina dejando a la música en vivo ... de la ciudad sin uno de sus locales de referencia. Hace unas semanas, la sala Tizón anunciaba que dejaría de programar conciertos a partir de junio y, el pasado fin de semana, cuando Talo Arístegui presentaba en el Toma 3 'Nordeste', su primer disco en solitario, Tono Permuy anunció a los presentes que sería uno de los últimos conciertos del local. «Tal y como están las cosas no podemos programar música en directo, nos centraremos en presentaciones de libros y otras actividades», adelantaba. El músico hizo una defensa de los locales que apuestan por este formato y lamentó que se les obligue a claudicar. Entre las razones del abandono de muchos, sobrevuela la amenaza de multas difíciles de afrontar. Pero tienen claro que «una ciudad sin música en directo es una ciudad peor».
Tras once años en los que los conciertos fueron una de sus señas de identidad, la larga experiencia de los propietarios del Savoy les ha permitido conocer de primera mano los problemas que podrían explicar la situación del sector. Consideran que las claves de este declive son «un envejecimiento palpable de la población gijonesa», el cambio en el modelo de ocio de los más jóvenes y que «la música en directo parece que se va franquiciando y quedando relegada a festivales», que pueden reunir a una gran cantidad de público y resultan, por lo tanto, mucho más rentables que la programación de artistas emergentes. La música en vivo «se convierte en algo muy caro de mantener», explican. La solución, en su opinión, pasa por un apoyo institucional mayor, pues «el Ayuntamiento gasta mucho dinero en la temporada veraniega, en llevar música a Poniente y a la Plaza Mayor, pero todo ahí; gastando todos los cartuchos en bloque», zanjan.
El Tizón Sound, un proyecto que surgió hace tres años con la intención de dinamizar la música local, anunciaba hace unas semanas que también cesará su programación a partir de junio. El motivo que lo explica, coincide: la música emergente no tiene suficiente rentabilidad económica.
Para que salgan adelante, tienen claro que es necesario que haya amor al arte y ganas, pero también ayudas por parte de las instituciones. Ahora, se lamentan de que en la ciudad haya tanta diferencia entre grandes bandas y grupos pequeños, porque «parece que la proliferación de unos implica el fin de los otros». Pero «no se nos puede olvidar que las bandas, antes de ser grandes, tienen que ser pequeñas», advierten.
El último en cancelar su actividad musical ha sido el Toma 3, aunque ya venía reduciéndola paulatinamente. Las razones, en su caso, «que nadie quiere hacer una presentación para ser multado». Con gran tristeza, afirman que Gijón «está en su peor momento» y que «un grupo novel ya no tiene dónde actuar». En consecuencia, las bandas que intenten hacerse un hueco en la escena, sin un circuito que las acoja, tienen «imposible progresar».
Como siempre, «la música es la gran damnificada de la cultura», lamentan desde la librería-café.
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