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La decana de las pintoras asturianas y españolas, Mercedes Gómez-Morán (Oviedo, 1926-Arriondas, 2022), fue despedida a primera hora de esta tarde con un acto civil en el Tanatorio de Cabueñes de Gijón, donde sonó música de Édith Piaf y la lloró su familia más cercana, en un acto íntimo, tal y como ella había pedido. Memoria viva de la pintura en Asturias, Gómez-Morán nunca perdió su impulso creativo a lo largo de su larga carrera, que la llevó a estudiar en los años 50 del siglo pasado a París, en el estudio de André Lothe, pintor al que idolatraba y del que adquirió un método de trabajo muy reflexivo y personal que la convirtió en punta de lanza del postcubismo a su regreso a Asturias en 1957. En París coincidió con otra asturiana, Amparo Cores, amiga personal además, aunque las dos siguieron caminos diferentes en cuanto a sus inquietudes artísticas. Nunca dejó de pintar Gómez-Morán, que el año pasado recibió un homenaje en la ovetense galería Guillermina Caicoya a modo de retrospectiva. Homenaje que contó con la presencia, entre otros, de la consejera de Cultura, Berta Piñán; el alcalde de Oviedo, Alfredo Canteli; Consuelo Vallina, de la Asociación de Artistas Visuales de Asturias, y Alfonso Palacio, director del Museo de Bellas Artes. Museo que la tiene en alta estima, con dos obras entre sus fondos –la sala 24 de la exposición permanente muestra uno de sus bodegones–, pero que también estuvo relacionada con el círculo de Altamira en Gijón: allí tenía voz autorizada en las tertulias con Orlando Pelayo, Antonio Suárez, Úrculo, Rosario Areces... Adriana Suárez, hija del fundador, recuerda verla en la galería, cuando el círculo artístico de Gijón estaba en pleno 'boom'. «Participaban en aquellos encuentros pintores de distintas generaciones, y ella se incorporó sin complejos a ese grupo. Además tenía una voz autorizada», añade Suárez, galerista y asesora de arte que colabora con este periódico. También cabe destacar que la primera exposición que hizo cuando regresó a España fue en el Ateneo Jovellanos de Gijón, ciudad en la que también mostró su obra en otros espacios como el Museo Evaristo Valle.
Alfonso Palacio, director del Bellas Artes, apunta que «su periodo más interesante fue esa década de los 50, cuando acudió como alumna de Lothe a París, desengañada de los estudios en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Se esforzó por fijar un método de trabajo académico que explotó hasta sus últimos días, que consistía en realizar sobre la superficie de la arpillera o lienzo un dibujo del motivo en cuestión con grafito o carbón, encajando después la composición definitiva, con los distintos registros lumínicos y cromáticos». Porque para ella el dibujo era el pilar principal de la composición, y nada dejaba al aza. Tras un diseño concienzudo y lento, pitillo en mano, de la geometría, llegaba luego el color para aportar con él y la luz el lado emocional. Otras de su referencia, cuenta Palacio, fueron «Jacques Villon, que también hizo como Lothe de la mezcla entre razón y emoción el eje de sus creaciones, y otros pintores de la llamada joven tradición francesa, como Maurice Stève y Jean Bazaine». Es por eso que era «la más francesa de las pintoras españolas», y tuvo relevancia nacional con su visión postcubista de la pintura, alejada de otras modas. «En París había otras corrientes como el informalismo y expresionismo abstracto, más comerciales, pero ella nunca recurrió a ellas. El postcubismo alcanzó en España con ella cotas de maestría importantes», resume Palacio.
Lucía Pelaez, directora de los museos de Bellas Artes de Gijón, la destaca como «parte de un grupo de mujeres que en los años 60 buscan visibilidad a través del arte en una época difícil, era una pintora muy interesante», mientras que la galerista Guillermina Caicoya recuerda que «en aquella época ir a París y entrar en el estudio de Lothe, que no cogía a cualquiera, la hizo una pintora muy moderna. Tenía una visión muy intelectual, trabajaba muy lentamente, muy concienzudamente». E insiste en la idea de que era «una artista comprometida que nunca se dejó llevar por las modas, su formación en París le dio un criterio y siguió con un discurso y una pintura que aguanta el paso del tiempo». Ahí está su trabajo, serio y personal, para comprobarlo.
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