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MIGUEL ROJO
Viernes, 16 de abril 2021, 01:47
Mentira que se murió, dice el escritor Mempo Giardinelli al referirse a Luis Sepúlveda. Lucho aprendió a volar y anda por ahí. Eso dice, y ... es hermoso pensar que anda por ahí como sus viejos que leían novelas de amor o sus gaviotas o sus gatos enseñadores o sus perros leales.
Pero lo cierto es que se murió hoy justo hace un año. Y en un año sin Lucho pasan muchas cosas o no pasa nada. Para los muertos debe de ser una eternidad, para los que quedamos es un soplo, un instante, un parece mentira si fue justo ayer cuando nos enteramos que Lucho se nos había ido de entre las manos poco a poco, como se va el agua, imposible de retener por mucho que uno apriete los dedos y trate de taponar el oscuro destino.
Resulta difícil escribir un texto de homenaje al amigo que ya no está. Es muy difícil porque es demasiado fácil caer en la alabanza, en el recuento de sus méritos... Así que no sé cómo empezar este artículo.
Quizás pueda empezar diciendo que la valía de un amigo viene dada por el número exacto de veces que se piensa en él, por el peso en kilogramos del tiempo que lo echas en falta. Quizás. Y yo he pensado mucho en él, lo he echado mucho en falta. Es como el amor, pero sin la ingenuidad posesiva de éste. La amistad es un seguro de vida, es más un caminar, un andar juntos sabiendo que el otro no te va a fallar, que te va a escuchar a las cuatro de la mañana si lo llamas por teléfono porque has bebido o porque has perdido el Norte y el Sur o cualquier tren de la vida, o para decirle que compartes su amistad con otro. Y es que la amistad no es celosa. La amistad suma, nunca resta. Y en eso Lucho siempre estaba, en lo de las sumas, aunque los números no se le diesen muy bien.
Yo he visto cosas de Lucho que vosotros no creeríais: colas interminables cerca de la puerta de Tannhaüser de Torino esperando para escucharlo, niños llorando de emoción por la firma de un autógrafo suyo, mujeres portuguesas cargando en bolsas con sus obras completas bajo días de sol o a escritores consagrados darle las gracias por su ayuda en los primeros momentos de su carrera literaria... Eso lo he visto yo en el hombre que despreciaba la «literatosis», que decía el gran Onetti, con aquella cara suya de ogro huraño que sólo esperaba que se apagaran los focos para ser lo que nunca dejó de ser: un niño travieso que, por encima de todo, valoraba la amistad de sus amigos.
Por eso no es casual que un año después de su muerte no dejen de salir artículos recordando no sólo al escritor que con su literatura logró hacernos creer un poco más en el género humano (Lucho, a pesar de su complicada -por decirlo amablemente- biografía, era un hombre que creía firmemente en el ser humano y en su futuro), sino también a la persona que había detrás empeñado en una callada labor de ayuda a las más variadas causas sociales y que nunca gustó hacer públicas.
Así pues, me parece a mí, sugiero, digo, indico, acuso, sospecho, pido, que no estaría mal... O mejor aún, que sería de justicia que la ciudad que escogió entre las miles de ciudades posibles para vivir los últimos veinte años, la ciudad donde escribió muchas de sus obras, en este mismo escritorio hoy intacto y vacío, aquí donde había decidido quedarse a vivir el resto de su vida porque amaba esta tierra y sobre todo a sus gentes y a su cultura, no fuera rácana con su memoria y tuviera con él el reconocimiento que yo creo se merece. Entre otras razones porque Luis Sepúlveda puso el nombre de Gijón y de Asturias en el mapa literario del mundo, él fue -y sigue siendo- uno de nuestros mejores embajadores.
Sólo me queda decir que hubo un tiempo en que nadie había muerto y yo era completamente feliz sin saberlo.
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