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VERÓNICA GARCÍA-PEÑA
OVIEDO.
Viernes, 5 de noviembre 2021, 03:23
La escritora chilena Marcia Álvarez Vega (Chile, 1968) publica en Asturias la novela 'Medialuna de sombras' (Velasco Ediciones, 2021), una obra negra ambientada en San ... Juan -una ciudad del interior de Argentina- e inspirada en un caso real. El libro se adentra en la oscuridad, la corrupción, la homofobia y el conservadurismo de una población acostumbrada a callar y a cerrar los ojos ante la infamia y el dolor. Una novela que intenta extinguir esos silencios, que pueden llegar a ser más peligrosos que el propio mal, y que presentó ayer, en la librería Cervantes.
-¿Es el silencio el peor de los males?
-No, muchas veces está justificado. En cambio, cuando el silencio se vuelve negativo y nos hace cómplices por omisión, es cuando pasa a ser lo que en psicología se llama 'Síndrome de Genovese', que, en términos comunes, se resume en la tristemente célebre frase 'no te metas', que ha matado a más gente que un 'te odio'. Es en ese instante cuando el silencio pasa a ser una herramienta de lo que sí es el peor de los males: la indiferencia.
-¿Y el conservadurismo?
-El conservadurismo, al estar apoyado por la religión y las costumbres, es dañino porque nos impide avanzar y nos divide. En vez de buscar la unidad social, trata de separarnos como individuos y perpetúa la falsa creencia de que hay personas mejores que otras o que, por razones sociales, algunos están por encima de otros. En el caso particular de la provincia argentina de San Juan, donde se desarrolla 'Medialuna de sombras', el conservadurismo es muy fuerte, se vive con mucha intensidad y con un gran respaldo del Gobierno provincial, la Iglesia y la misma gente. Como dije antes, en muchas partes el «no te metas» sigue siendo una ley no escrita, pero que se cumple con fervor.
-¿Su forma de escribir se basa precisamente en narrar esos silencios y darles voz?
Sería muy soberbio por mi parte decir que puedo dar voz a tantos silencios, pero intento que todo lo que escribo tenga un sentido. De hecho, toda novela debería tenerlo. Quienes escribimos, deberíamos sentir el deber de alzar nuestra voz. Una voz no logra nada; dos voces no logran nada, pero miles de voces pueden marcar la diferencia. Vivimos en una época de memoria corta. Por eso, en mi doble condición de escritora y trabajadora social, busco que mis escritos tengan un sentido o sean una voz más, aunque después sea olvidada. Rendirse es lo peor que podemos hacer, pues eso es precisamente lo que el sistema quiere, que la unidad social sea pasajera.
-¿Y son los rincones tenebrosos de la experiencia humana los más interesantes sobre los que escribir?
Puede ser, pero dependiendo del sentido que se les quiera dar. Si es solo por el interés que provoca el morbo, es añadir más desesperanza, ahondar en las carencias que tenemos como sociedad y como seres humanos. Hacer esos rincones tenebrosos interesantes 'per se' no lo encuentro positivo. Lo interesante es hablar de ello desde la perspectiva de qué se hace, qué hacemos todos como ciudadanos del mismo mundo, para solucionarlo.
-A lo largo de su carrera ha tocado diferentes temas, ¿existe alguno que nunca trataría?
Mientras se trate de un tema social que nos ataña a todos como Humanidad, no. Dejar un tema a un lado sería unirme a la indiferencia, al «no te metas». Lo único que tengo vetado en mi lista de temas son los personales. Nunca escribiría algo autobiográfico. No uso la literatura para hacer catarsis. Además, lo íntimo me hace mal. Esa es la razón principal por la que en mis novelas los protagonistas suelen ser hombres. No quiero caer en el señuelo de proyectarme en el personaje. Yo hago ficción y uso esa ficción para plasmar realidades colectivas, no libros de autoayuda.
-¿Le gusta más ser cuentista o novelista? ¿O tal vez poeta?
Me gusta la novela y me gusta combinar recursos que puedan pertenecer a otros géneros o subgéneros, pero, en general, me siento más cómoda en la novela. La novela es libre, no tiene las ataduras de la métrica ni de la extensión. Permite crear con mayor libertad.
-'Medialuna de sombras' es una obra negra, pero también es una obra social. ¿Pueden existir la una sin la otra?
No debería. La novela negra recogió el testigo de la canción protesta y el cine de denuncia. De la primera, cada vez queda menos; y el segundo, si bien está vigente y vemos excelentes películas, no ha logrado llegar a un público mayoritario. En cambio, la novela policial sí llega a un público masivo y ayuda a destapar las miserias de sociedades que llevan décadas sumidas en la decadencia y la corrupción, pero lo ocultan. La novela negra es el nuevo modo de mostrar la realidad de cada país, esa que todos vemos, pero de la que nadie quiere hablar.
-¿Cómo ve el panorama actual de novela negra?
Es un género que será difícil de desarraigar, pues combina los dos aspectos que dominan en la mentalidad actual: la necesidad de entretención y el gusto inculcado por el morbo, pero a la vez desvela aspectos negativos de nuestras sociedades que todos conocemos y contra los que nos cuesta luchar: la corrupción, las diferencias sociales, la desigualdad.
-¿Tiene usted alguna manía que se atreva a confesar?
Creo que mi única manía podría ser que durante el proceso creativo tomo apuntes o 'ayuda-memorias' o chuletas sin ningún orden, lo que me obliga a que, cada vez que comienzo una nueva novela, estreno una libreta de notas. Eso se debe en un 50% al hecho de que el cuaderno anterior es un caos y en otro 50% por el detalle supersticioso de sentir que es un nuevo comienzo. Por lo demás, puedo escribir en cualquier parte, a cualquier hora y sin necesidad de rituales especiales.
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