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arantza margolles
Domingo, 18 de agosto 2019, 10:47
Antes de que los crónistas clásicos hablasen del pueblo astur, ahí estaban ellos. Dijo Marcial, ya en nuestra era: «Un caballo pequeño de estatura, que galopa rápidamente al son del compás». Peludos, sobre todo en invierno; la cola poblada, las orejas como de peluche; la estrella blanca en la frente y un trote tan peculiar que hizo que, según afirma Polibio, fuera el asturcón el primer asturiano –valga la redundancia– que cruzó en loor de multitudes el mundo para acabar, allá por el 167 antes de Cristo, en Antioquía (actual Turquía), montados con honores por el rey sirio Antíoco IV Epífanes. Tiempos previos, aquellos, a la debacle frente al invasor: la del Imperio seléucida, que cuando perdió al susodicho se fue a pique; y, muchos kilómetros más acá, pero con el hilo conductor del caballo del Sueve, la de los astures. Más de un siglo más tarde, en las batallas finales contra las tropas de Augusto, dicen que fue tan famosa como temida la figura del guerrero astur que, a lomos de uno de aquellos caballos trotones, «de andadura», que dijo Plinio, se batía en una resistencia imposible contra Roma.
Pero pasaron los años, y los siglos, y corrieron en la línea de la Historia dos milenios. Y aquella aguerrida especie de ponies que puso por vez primera a la futura Asturias en el mapa universal, también sufrió su particular debacle. Salvajes, reticentes al hombre y ocultos tras los perfiles espinosos del monte Sueve, los asturcones estuvieron a punto de desaparecer a mediados de los años 70 del pasado siglo, cuando su población se redujo a no más de una veintena de ejemplares. «Ahora», dijo para EL COMERCIO, el 7 de agosto de 1981, Alfredo López, pastor de una talla tan grande como su propio corazón, «posiblemente no lleguen a cincuenta». Dos años atrás, la creación del ACAS había comenzado a dar forma a lo que hasta entonces había sido solo una declaración de intenciones, casi siempre vana, por parte de las autoridades asturianas: la preservación del caballo por antonomasia de Asturias.
Así fue como nació la fiesta. Puede que la única de Asturias en la que prima más la comunión con la naturaleza, con los riscos y con los animales del Sueve, que con la pitanza y el mucho beber. «Todo lo que se haga por los asturcones, aunque sea en plan folclórico», leemos en EL COMERCIO del 19 de agosto de 1983, a tres años de la primera organización del certamen de Espineres, «siempre servirá para dar a conocer esta especie faunística y su actual problemática, ayudando, así, a quererlos y protegerlos, pues si no se les conoce, malamente se les apreciará, querrá y defenderá por todos los asturianos». A tenor de la popularidad que a día de hoy tiene la cita en Espineres –desde este año, además, Fiesta de Interés Turístico Nacional– y de la ampliación del censo, que actualmente supera los dos mil ejemplares, el reportero no erraba el tiro al escribir aquellas líneas.
Consistiría –y sigue consistiendo– sin más (y sin menos) en mostrar lo que los pastores, afanados en la conservación de la especie, ya hacían tiempo atrás: el marcaje y la doma de los caballos en plena majada, de la que ya un grupo de pioneros, en 1957, dio demostración a los documentalistas madrileños del 'Blanco y Negro' en plena majada. Óscar Fernández, 'Oscár el de Borines', criador de asturcones; Eduardo Andrade, guía y hospedador de los forasteros en Libardón; el propio pastor, Alfredón, y otros organizaron ya por entonces la primera muestra pública –con permiso de Antíoco–, para el mundo fuera de Asturias y del Sueve, de un arte tan antiguo como los propios caballos que lo protagonizan y que hoy sigue dándose cita, cada agosto, en Espineres. «Parece que por fin habrá ayuda oficial para la conservación de esta raza autóctona», festejaba EL COMERCIO en febrero del ochenta, el año en que todo empezó. Catorce veranos después, en 1994, se conseguiría la categorización de Bien de Interés Regional.
Uno de los padrinos de la fiesta, el naturalista más conocido de la piel de toro, Félix Rodríguez de la Fuente, no llegaría a ver materializado el deseo de conservación y de promoción de la raza asturcona que motivó la creación de la fiesta de Espineres, ni la bravura de 'Moro', el caballo salvaje, hoy ya sinónimo de indocilidad, quien durante doce años se resistió siempre a ser montado. Este año será el décimo en que su (quizás) nieto, 'Indomable', se enfrente a los pastores que intenten domarlo. Es la lucha, pero esta sí que en igualdad, del hombre contra la bestia, de la inteligencia contra la nobleza de un caballo que, tras de sus lomos, guarda todos los secretos de la historia milenaria del monte Sueve, al que dicen que cualquiera de su raza sabría y querría siempre volver.
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