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JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN
Sábado, 4 de febrero 2023, 02:04
De la monarquía reinstaurada por Franco y avalada por la Constitución de 1978, creíamos saberlo todo y en realidad no sabíamos nada -o no queríamos ... saberlo- de lo fundamental. Poco a poco, la realidad va sustituyendo a la complaciente ficción. 'Los hombres de Felipe VI' cuenta la vida del actual jefe del Estado a través de quienes se ocuparon de su formación y fueron y son sus más directos colaboradores. Hace también un relato del reinado -muy poco ejemplar- que le precedió.
José Apezarena no escribe en contra, sino a favor de la monarquía, y por eso acepta todos sus presuntos logros, como que el rey Juan Carlos salvó la democracia el 23-F. Desde las primeras páginas, sin embargo, apunta hechos que dejan pocas dudas sobre la implicación, mayor o menor, del Rey en la intentona.
Julio Antón, quien de los ocho a los quince años hizo de «ayudante, profesor, compañero y hasta 'segundo padre' de Felipe», cuenta en sus memorias que, cuando el 23-F fue a buscar al Príncipe al colegio Los Rosales, «le sorprendió la cantidad de guardias civiles desplegados en el trayecto». De regreso, comprobó que esa cantidad había aumentado y también que se había añadido otro coche a la escolta habitual. Más adelante, se indica que «Armada mantuvo su lealtad hasta el final, porque nunca afirmó de forma contundente que don Juan Carlos estuviera detrás de la preparación y ejecución del 23-F», lo que no deja de ser una manera de dar por sentada la implicación del Rey, cosa ya bien sabida, aunque se siga oficialmente afirmando lo contrario.
Franco fue el fundador de la actual monarquía y eso siempre lo tuvieron muy presente sus herederos. Apezarena cita las palabras de Juan Carlos que José Bono recoge en su diario: «Estáis quitando estatuas de Franco y esas cosas no pasaban ni con Felipe ni con Guerra... Un día le dije a Santiago Carrillo que no quería que hablase mal de Franco en mi presencia, porque él fue quien me puso en este puesto». Y añadía que se sentía preocupado por si algún día les daba «por sacarlo de su tumba».
En 1991, se entrevistó Juan Carlos con su padre (con quien siempre se llevó peor que con Franco, que hizo las funcione de padre adoptivo) y, a propósito de la preocupación de este por los amores de su nieto, le dijo: «A mí también me preocupa. Felipe no ha salido a nosotros. Le gustan las tías buenas como a nosotros, pero, en lugar de disfrutar de ellas, como hacemos tú y yo, se enamora en serio y pretende casarse con quien no debe».
Esas «tías buenas» de las que Juan Carlos disfrutaba y de las que no se enamoraba en serio (como parece que ocurrió con Marta Gayá y con Corinna) ¿dieron siempre su consentimiento a la relación?, ¿se las gratificó o acalló con dinero público?, ¿intentaron poner alguna demanda de paternidad? Algún día -y esperemos que no haga falta la proclamación de la República para ello- se podrán investigar estas cuestiones.
El machismo del anterior jefe del Estado, y de quienes le rodeaban y asesoraban, si hemos de hacer caso a Arozarena, iba incluso más allá del habitual de la época. Según contó Sabino Fernández Campo a Pilar Urbano, un día Juan Carlos le dijo que Bárbara Rey le pedía un millón de pesetas. Y esto fue lo que contestó quien entonces era el jefe de su Casa: «Pues no es tanto dinero, señor. Por lo que oigo, esa señora está de muy buen ver, muy atractiva; es muy cotizada por su imagen y por ahí se la rifan. Si vuestra majestad divide el millón por las veces que ha estado con ella, a lo mejor hasta resulta que le ha salido muy barato».
La opinión que tenían de Eva Sannum no era mucho mejor. Fernando Almansa, otro jefe de la Casa, afirmó: «Esa chica ha tenido necesidad de ganarse la vida porque su padre los abandonó. Ha tenido una vida difícil y se puede enseñar de todo, pero, vamos, enseñar la lencería... Eso, con todos mis respetos, está a un paso del prostíbulo». Parece que la Zarzuela fue la inspiradora de muchos de los artículos contra Eva Sannum que, leídos hoy, nos producen vergüenza ajena, por su clasismo, su machismo y su ignorancia de la historia. Llegó a decirse que no podía casarse con el Príncipe porque no era católica ni española, dos condiciones que tampoco cumplía, cuando se casó con Juan Carlos, la entonces Reina de España (la segunda creo que no la cumplió ninguna reina consorte).
Tampoco Felipe de Borbón sale demasiado bien parado de este libro presuntamente apologético. Se insiste mucho en que, durante su paso por las academias militares, se le trató como a un cadete más, pero el director de la de Zaragoza le aseguró a Narcís Serra que «quedaría exento de cualquier trabajo mecánico no acorde con su dignidad». Habría que preguntarle a ese director qué trabajos mecánicos son indignos.
Pelearse por dinero no parece que lo sea. Felipe, cuando murió don Juan, recibió cuatrocientos millones procedentes del legado que Alfonso XIII había dejado para el heredero de la Corona. Don Juan Carlos reclamó ese dinero con el argumento de que Alfonso XIII nunca pudo prever que él ocuparía el trono antes que su padre. «Trae la pasta», dicen que le dijo. «De eso nada», parece que respondió el Príncipe. Tuvo que mediar el administrador del conde de Barcelona, quien decidió que se lo repartieran a partes iguales.
La actuación de los guardaespaldas de Felipe tampoco fue siempre muy ejemplar, al menos si hemos de hacer caso de los testimonios que recoge Apezarena. Antonio Montero fotografió al Príncipe y a Isabel Sartorius saliendo de un restaurante. Los guardaespaldas se abalanzaron sobre él. Felipe ordenó: «Que no se lleve el carrete». Se negó a entregarlo. Proponía ir a los juzgados de la plaza de Castilla y que decidiera un juez. Le tuvieron retenido hasta las cinco de la madrugada. El capitán José María Corona -al que sacaron de la cama para resolver el asunto-, con amenazas -«todo el mundo tiene algo que esconder» iremos a por ti-, consiguió que entregara el carrete. Otra vez, cuando Felipe acompañaba a una amiga, Bibiana Corcuera, hasta su hotel, «los escoltas colocaron sus armas en la sien de dos reporteros que intentaban captar el beso de despedida». Uno de los fotógrafos recordaba lo que le dijeron: «Te has librado de milagro de que te diéramos un tiro».
Y, a propósito de ejemplaridad, una última anécdota: «Un jeque visitó España y entregó regalos a personas principales, incluyendo valiosas joyas a la Familia Real. A Felipe le correspondió una daga árabe cuya empuñadura estaba incrustada de piedras preciosas. Mandó desmontarla, y con ellas confeccionó una pulsera que, como muestra de amor, regaló a Isabel Sartorius, su novia de entonces».
De Felipe VI se elogia su respeto a la Constitución, en contraste con su padre, «que la pisaba, de un lado y de otro, y con mucho salero». En realidad, Juan Carlos no consideraba que le afectara a él, que ya era rey antes de que se proclamara; se la había concedido graciosamente al pueblo español, «le había traído la democracia».
Sabino Fernández Campo, que tantas confesiones inconfesables hizo sobre Juan Carlos, afirmó que quería irse de la Zarzuela para salvar su honestidad: «Veía lo que pasaba con gente del entorno, y cómo estaban implicados, y yo no quería verme salpicado. Eran los tiempos de Mario Conde. Intentaron meterme, para tenerme cogido, pero me negué. Y empezaron a ir a por mí». Más altas instancias no se negaron.
Un ejemplo: «Fuentes judiciales contaron que el Rey estaba recibiendo a magistrados del Supremo para trasladarles que hicieran de modo que lo relativo a Urdangarin quedara prescrito». ¿Y no se les ocurrió denunciarlo y pedir amparo al Consejo del Poder Judicial?
José Apezarena, en las casi setecientas páginas de 'Los hombres de Felipe VI', nos cuenta las biografías de los múltiples servidores que tuvo la Casa Real y lo que más nos llama la atención es que los mejores de ellos tuvieran que dedicar la mayor parte de su esfuerzo a tapar las grietas provocadas por el comportamiento poco ejemplar de quien más obligación tenía de serlo.
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