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M. F. A.
GIJÓN.
Domingo, 9 de mayo 2021, 01:14
Corría el año 2007, los proyectos culturales todavía se multiplicaban por toda España, había dinero y en Gijón abría sus puertas Laboral Centro de Arte ... y Creación Industrial. Carmen Calvo, que era entonces ministra de Cultura, se desplazó a Gijón para asistir al acto. Rosina Gómez-Baeza, gijonesa que durante veinte años había estado al frente de la feria Arco, llevaba las riendas de un proyecto ambicioso que pretendía ser una puerta abierta a la creación, la innovación, las nuevas tecnologías... Lo que era para ella un sueño, una apuesta sugerente, inédita, pionera y única.
El entusiasmo y la ilusión reinaban: «Laboral va a girar siempre en torno a la creación, al arte y la tecnología, por un lado, y la creación industrial, por otro. Y aquí cabe casi de todo, pueden ser videojuegos, que centrarán una de las primeras exposiciones, puede ser cine...». Esa era su declaración de principios, un centro abierto a los artistas y al público, a las exposiciones, a la producción de obras, a la formación continua. Se hablaba entonces de recibir entre 150.000 y 250.000 visitas anuales, de atraer público de fuera, de lograr un 50% de financiación privada. 3,8 millones de euros era el presupuesto que tuvo en su primer año, de los cuales dos los aportó el Principado, que animaba, alentaba y aplaudía con entusiasmo un proyecto que arrancó con grandísimas exposiciones y artistas internacionales. Lo cierto es que esta primera etapa es la que marca la impronta del espacio, porque además de todo lo dicho se une un importante programa educativo y de investigación, a través del que se organizan talleres, seminarios, conferencias, incluso campamentos para chicos.
Poco después de la inauguración llegó a Gijón un comisario jefe, Eric Berger, procedente de Austria, que dimitió un año después. En 2009 se nombraba un nuevo comisario jefe. En junio se reunía el Patronato y elegía entre 124 candidaturas de todo el mundo a Benjamin Weil, desde diciembre del pasado año al frente de Centro de Arte Moderno de la Fundação Calouste Gulbenkian, en Lisboa. Parisino de amplia trayectoria, tenía claro el objetivo: «Atraer a los artistas, involucrarlos en el proyecto de Laboral, producir su obra y dar a conocer su trabajo». Quería que Laboral fuera un recurso social y hasta fue a los chigres a hablar del Centro de Arte. Puso en marcha una mediateca y vio crecer los mercadillos, presentes casi desde el inicio, que acercaron más público hasta Cabueñes. En 2011, Rosina Gómez-Baeza dijo adiós y su puesto se convirtió en el de director artístico. Weil, que se confiesa desde Lisboa disgustado por lo que está ocurriendo, prefiere guardar silencio hoy.
Pero cuando en 2013 anunció su marcha del espacio para asumir la dirección del Centro Botín, en Santander, se iba con estas sensaciones: «Ha sido un cambio muy fuerte. Cuando llegué, con Rosina Gómez-Baeza al frente, que hizo un trabajo excelente desarrollando proyectos de muy alto nivel, Laboral tenía unas aspiraciones que, al desaparecer el dinero, hubo que cambiar. Empezamos a idear nuevas fórmulas y a buscar nuevos caminos, inventando, incluso, un modelo económico que nos permitiera seguir adelante, captando financiación de patrocinadores privados, como DKV. Y el resultado de todo eso es que me voy dejando Laboral convertida en una herramienta de I+D casi consolidada».
Hubo setenta candidatos a sucederle y el elegido fue Óscar Abril. En febrero de 2014 llegó al cargo y un año después era cesado y la cosa acababa en juicio. No le dio tiempo a dejar huella. De un parisino a un barcelonés con amplísima experiencia en las nuevas formas de arte vinculadas a la tecnología y la ciencia que durante 13 años fue responsable artístico del festival Sonar de Barcelona. «Tiene que ser un centro que pivote, que se vertebre desde la comunidad artística pero que no interpele exclusivamente a esta. Un centro de arte del siglo XXI ha de ser transdisciplinar, de convergencia entre artistas, pero también con tecnólogos, con científicos, con agentes de prácticas sociales... Tiene que ser un laboratorio de ciudadanía», apuntaba recién llegado y anunciaba la puesta en marcha del laboratorio de sonido. Por pérdida de confianza fue cesado, hubo acuerdo e indemnización por despido improcedente y se abrió un nuevo proceso de selección.
Hoy, su apoyo a Karin Ohlenschläger es total, y su visión del pasado es esta: «La de la Laboral fue una etapa demasiado corta y no por mi voluntad, fue una frustración no haber podido llevar a cabo mi programa», anota. Y añade que su sensación es «que es un proyecto fallido». «Yo lo intenté, Karin lo está intentando, no sé de quién es la responsabilidad, probablemente Laboral bebe de ese modelo de centro cultural que necesita de una gran cantidad de nutrientes para mantenerse a flote y podía ser sostenible en un determinado periodo económicamente favorable, pero en un momento de inestabilidad crónica como el de ahora no parece sostenible». Hay algo más: «Nunca me sentí arropado por la Administración, nunca entendí por qué les caí tan poco en gracia a los gestores culturales de Gijón».
Tras un año sin director de contenidos, y tras dejar vacante un primer concurso, en 2016, el Patronato eligió a una alemana afinnada en España desde 1982 como directora de actividades. A Karin Ohlenschläger le ha tocado lidiar con los peores tiempos en el plano económico y con el cuestionamiento continuo del espacio. Apostó por los proyectos europeos, por el arte y la ciencia, vio cómo se inauguraba en su seno una oficina de proyectos y continuaban las residencias artísticas. Y el mes pasado vio por sorpresa cómo se le anunciaba su no renovación.
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