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Arturo Mohíno, frente a la redacción de EL COMERCIO.
Arturo Mohíno Cruz: «Jovellanos estuvo a punto de morir en 1798»

Arturo Mohíno Cruz: «Jovellanos estuvo a punto de morir en 1798»

El ganador del último Premio de Investigación Foro Jovellanos detalla cómo el ilustrado gijonés logró sobrevivir a «una intoxicación fortuita por sales de plomo»

JESSICA M. PUGA

Lunes, 30 de enero 2017, 02:00

Aunque Gaspar Melchor de Jovellanos falleció en 1811 a causa de una pulmonía, una intoxicación por plomo estuvo a punto de acabar con su vida trece años antes. Es una de las ideas que se recogen en 'Jovellanos y el saturnismo', el trabajo que le valió a su autor, Arturo Mohíno Cruz (Madrid, 1943), el XVIII Premio Internacional de Investigación de la Fundación Foro Jovellanos.

Una mezcla entre curiosidad y extrañeza fue la que llevó a este médico a investigar la teoría, hasta ahora vigente, que afirmaba que el ilustrado gijonés podría haber sido víctima de un envenenamiento intencionado planeado por la reina María Luisa de Parma. «Pensé que en el siglo XVIII cualquiera que supiera algo de venenos no hubiera utilizado las sales de plomo, sino el arsénico», explica. Por ello, comenzó a investigar los envenenamientos que, durante siglo y medio, se habían producido en la época, y solo encontró tres casos en los que la causa parecía ser la sal de plomo. «Los tres falsos», concluye.

El siguiente paso de Mohíno fue emprender una laboriosa tarea de documentación a partir del diario y las cartas de Jovellanos y prestando especial atención al contexto socio-sanitario de la época. La conclusión a la que llegó con el estudio, y que ahora quiere dejar clara para acabar de una vez por todas con las teorías del envenenamiento, es que «Jovellanos sufrió una intoxicación fortuita por las sales de plomo, cuando la capital de España estaba siendo víctima de una epidemia por esa misma causa, que recibió el nombre de cólico de Madrid», sentencia el médico, quien desde la jubilación vive buena parte del año en la parroquia maliaya de Oles. «Miles y miles de personas» perecieron en la capital durante el siglo XVIII a causa de esta enfermedad.

De lo que no cabe duda es de que Jovellanos era consciente de la enfermedad que sufría. Los datos recogidos por el autor de 'Jovellanos y el saturnismo' -nombre este de la enfermedad causada por la intoxicación crónica por las sales de plomo- así lo demuestran. «Tomó posesión como ministro en El Escorial el 23 de noviembre de 1797; veinte días después comenzó a sufrir unos cólicos terribles, llegaron después las convulsiones y, a los pocos meses, se le paralizó la mano derecha y perdió vista», enumera Mohíno, quien asegura que son síntomas que no dejan lugar a dudas de la causa. «Tan grave fue su estado que Jovellanos estuvo a punto de morir en 1798». Si bien el ilustrado sabía lo que le pasaba, pues en esa época el médico vasco Ignacio María Ruiz de Luzuriaga -alumno e íntimo amigo de Sobral, el médico que atendió a Jovellanos- descubrió las causas de la epidemia, entre las que señala la alfarería de Alcorcón, la cual suministraba al monasterio de El Escorial vasijas de barro. «El barro se vidriaba con plomo y esa labor la llevaban a cabo las mujeres de la localidad. La escasez de recursos económicos y el alto precio de la leña hacía que calentaran los hornos con retama, un material incapaz de alcanzar la temperatura necesaria para que el plomo quedara bien fijado al barro», cuenta Mohíno, y explica que «estas vasijas, al contacto con ciertos alimentos ácidos como el limón o el vinagre, transformaban el plomo del vidriado en sales solubles de acetato de plomo, fácilmente absorbibles por el organismo». Como curiosidad, recordar que a Jovellanos le encantaba el escabeche de salmón.

Sin embargo, los primeros signos de intoxicación hay que buscarlos en Asturias. «En 1790 le ordenan abandonar la corte y sufre un disimulado destierro en Asturias. Pocos años después empieza a notar adormecimiento de su mano derecha, ataques de gota, llagas en la boca y un incómodo exceso de salivación». Al investigar lo que sucedía en esos momentos, Mohíno señala cómo «en esos años se funda en Gijón una fábrica de loza al estilo Bristol, previa a La Asturiana y dirigida por Thomas Price, de la cual Jovellanos fue asiduo visitante y comprador. Entonces, la loza también se vidriaba con plomo». Mohíno llega a la conclusión de que, antes de llegar a Madrid para ocupar el cargo de ministro, Jovellanos ya estaba intoxicado. Una nueva exposición al tóxico, producida por la comida almacenada en aquellos cacharros de Alcorcón que estaban matando a muchos madrileños, a punto estuvo también a él de costarle la vida. Sin embargo, Jovellanos silenció los hechos, ya que, como ministro de Justicia, era también el responsable de la prevención del cólico de Madrid. Hubiera sido todo un escándalo que el público se enterara de que el responsable de acabar con la epidemia fuera una de su víctimas y, además, en aquellos momentos ni tan siquiera era capaz de firmar documentos, porque su mano derecha había quedado totalmente paralizada. Por eso, entre otras razones, pidió su dimisión, el Rey se la concedió y Jovellanos se encaminó al balneario de Trillo buscando su curación.

Tras el estudio publicado por Ruiz de Luzuriaga, la capital tomó dos medidas claves para erradicar la enfermedad: la recomendación de hervir con sal y vinagre durante varias horas las vasijas de barro y, tras lavarlas bien, repetir el proceso. Igualmente, se decidió crear un cuerpo especial de estañadores, con el fin de garantizar la calidad del estañado de las vajillas de cobre, ya que el alto contenido en plomo de la aleación del estañado era otra de las causas que provocaba aquel terrible cólico de Madrid. La situación, poco a poco, fue mejorando, igual que mejoró Jovellanos, quien, si bien nunca llegó a curarse del todo, sí consiguió resistir a la muerte trece años más.

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