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AZAHARA VILLACORTA
Miércoles, 11 de mayo 2016, 00:25
Asturias perdió ayer, al filo de las dos de la tarde, a su gran medievalista: Juan Ignacio Ruiz de la Peña Solar, el hombre que presumía de que podía haber alguien que conociese Asturias igual que él, pero no mejor. Y no era ninguna bravuconada, porque, según recordaba ayer su colega y amigo durante más de cuatro décadas Miguel Ángel de Blas, con el fallecimiento del catedrático de Historia Medieval en Oviedo -la ciudad que lo había visto nacer hacía 75 años- a causa de una afección pulmonar que arrastraba durante los últimos tiempos y que, tras hacerle ingresar el viernes, ayer no le concedió tregua, «desaparece un personaje fundamental de la cultura asturiana, una de las personalidades más importantes, peculiares y entrañables de la intelectualidad de esta región».
Así lo reconoció el Gobierno del Principado, que lamentó su muerte, transmitió sus condolencias a su familia y destacó una «dilatada y brillante trayectoria docente e investigadora» que, como explicó De Blas, «ha quedado reflejada en una producción bibliográfica que se traduce en miles de páginas publicadas que nos ayudan a entender mejor nuestra historia». La pasión de quien había hecho de su profesión, su familia y una Asturias que recorrió palmo a palmo con sus botas de monte su vida.
También el nuevo rector de la Universidad de Oviedo, Santiago García Granda, quiso «honrar a un gran profesor y entrañable amigo» que, «con ejemplaridad en las aulas y también en la gestión, primero como director de departamento y después como vicerrector», ejerció «un magisterio sencillo y humano reconocido por todos» en la Universidad de Oviedo.
Con esa misma vehemencia de «hombre temperamental y, sin embargo, templado, siempre fiel a sus amigos y muy generoso», Juan Ignacio Ruiz de la Peña acumuló sabiduría y repartió consejos a lo largo de 48 años de docencia, ligado desde siempre a la institución académica.
Discípulo aventajado de Juan Uría y de Eloy Benito Ruano y doctor en leyes con premio extraordinario en 1967 tras licenciarse en Derecho y Filosofía y Letras, fue además profesor ayudante en Derecho, para desembocar luego en el Departamento de Historia, donde desarrolló desde entonces su labor docente e investigadora durante casi medio siglo.
Director del Ridea
Nacido en la ovetense calle Gascona en 1941, al arrullo de los trenes de la estación del Vasco, como le gustaba decir, muy unido a sus dos hermanos (Juan Luis y Álvaro) y orgulloso exalumno del Hispania, amante del ciclismo -le apasionaba- y la montaña -fue miembro del grupo Vetusta-, las tertulias con su gente -para los que era simplemente Nacho- y, cómo no, de la lectura, volcó todos sus saberes de etnografía y dialectología sobre Asturias, su tierra querida, especializándose en la época medieval y accediendo al Real Instituto de Estudios Asturianos (Ridea) en 1973.
Allí fue durante muchos años el miembro más joven de la institución y allí terminó siendo elegido director en 2008 en sustitución de José Luis Pérez de Castro, cargo que ocupó hasta 2013, cuando fue relevado por Ramón Rodríguez.
Autor de cientos de artículos sobre la región, creó también la prestigiosa revista 'Asturiensia Medievalia' y deja tras de sí una bibliografía impresionante y de una gran proyección internacional, pues él mismo ha pasado ya a la historia como uno de los grandes medievalistas europeos y, sin ninguna duda, como el mayor estudioso asturiano de ese periodo. Y, en su condición de asturianista convencido, dejó escritos libros imprescindibles para saber quiénes somos y a dónde vamos: desde 'Los vaqueiros de alzada y otros estudios' -junto a su maestro Juan Uría Riu, allá por 1976- hasta su reciente participación en los 'Estudios de Historia Medieval', que publicó en 2014 y donde recogió en diferentes volúmenes todo el saber acumulado sobre la Monarquía asturiana, las polas, el sistema feudal, nuestras danzas y tradiciones, los monumentos... El listado es prácticamente inabarcable.
«Le recordaremos como el más veterano de la primera generación de historiadores profesionales en una universidad pública que consiguieron que la historia de Asturias se conociera mejor. Cuando él empezó, en los sesenta, estaban en el punto de partida de una generación muy nutrida que surgió casi de la nada y que nos ha legado un conocimiento muy profundo de nuestro pasado», resumía ayer, muy afectado por la pérdida de «un amigo insustituible», Miguel Calleja, profesor titular del Departamento de Historia, quien recordó también su carácter reivindicativo: «Nacho decía muchas veces que a la gente joven hay que darle cancha, que los jóvenes doctorandos son gente muy bien preparada a la que tenemos que ofrecerles oportunidades».
Y, de hecho, Juan Ignacio Ruiz de la Peña fue profesor de generaciones de estudiantes que hace poco más de un año, tras dictar su última lección, le rendían homenaje en la Universidad en la que este hombre «bueno y agradecido» tuvo cálidas palabras de reconocimiento para sus maestros -sus «acreedores preferentes»- y críticas para una institución que no garantizaba el relevo generacional.
Pocas asuntos se escapaban a «su doble análisis, jurídico e histórico. Desde los itinerarios jacobeos de Asturias hasta los relicarios de El Salvador pasando por el puerto de Avilés o por una tesis que se va a publicar dentro de unos días sobre el concejo de Villaviciosa, la última que dirigió», contaba otra de sus colegas, la catedrática de Ciencias y Técnicas Historiográficas María Josefa Sanz, quien recordará a Ruiz de la Peña como «una bella persona, muy activa, muy divertida y de un magisterio impecable, siempre volcado con los demás y en sus alumnos».
Porque, aunque jubilado desde 2011, el viejo profesor se resistió a dejar su casa, relataba Narciso Santos, director del Departamento de Historia, donde «siguió investigando hasta el final a pesar de que había solicitado ser emérito y nunca se le concedió y no porque no lo mereciese».
«Casi 50 años de compromiso y servicios a la Universidad que se saldaron con un acto de arbitrariedad injustificable, algo incomprensiblemente y comparativamente muy injusto», a decir de Miguel Ángel de Blas, para quien «esa mezquindad» engrandece, si cabe, el legado de un estudioso «que, además de en su trabajo infatigable, deja en sus tres hijas su mejor herencia». Un demócrata radical, enemigo acérrimo del capitalismo neoliberal, independiente en lo político y católico por tradición al que hoy a las cinco de la tarde Asturias dice adiós en la iglesia parroquial de San Tirso El Real, muy cerca del lugar que lo vio crecer.
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