
Avilés, 40 años del histórico mitin de La Pasionaria
josé ramón garcía menéndez
Miércoles, 24 de mayo 2017, 19:27
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josé ramón garcía menéndez
Miércoles, 24 de mayo 2017, 19:27
El bar Villablanca estaba situado estratégicamente, en los años 70 del siglo pasado, en uno de los centros de gravedad de mayor ambiente de Avilés. En medio de un peculiar triángulo de las Bermudas, entre la antigua redacción y talleres de LA VOZ DE AVILÉS, la entrada a Ensidesa por el puente Azud y el barrio rosa de Valliniello o el mítico Rancho Grande, el bar se convirtió en un peculiar mar de sargazos que abducía camioneros de la vieja escuela (es decir, sin restricciones de tacógrafo chivato), meritorios y periodistas que competían en excentridades, trabajadores de la fabricona (tres turnos insaciables), los últimos residentes de la nave de la Divina Pastora (muchos de ellos sonados por los accidentes de las campanas despresurizadas que protegían la mano de obra en la cimentación de los hornos metalúrgicos en el lodazal de la ría) y señoras tristes de vida alegre (con sus inefables y patéticos macarras).
La vocación obrera y metalúrgica del barrio era tan evidente que baste recordar que el bar se situaba entre las calles del Acero y del Perfil. Era la época del último franquismo y de la incipiente transición política: un auténtico hervidero que rompía la rutina del Villablanca con los conflictos laborales del metal o del transporte. La entrada avilesina de la avenida de Gijón, a la altura del puente Azud, se transformó en una de las trincheras reivindicativas preferidas por los sindicalistas. Era frecuente ver en el bar a Lito, a Zapico o a Bárcenas animando el cotarro y organizando desde la barra a los piquetes. Especialmente las huelgas de transporte suponían duras represalias para los esquiroles. No era extraño ver en la cuneta varios vehículos de tres o cuatro ejes con todas la ruedas pinchadas.
En los días de mayor conflictividad, la Guardia Civil de Tráfico permitía la apertura del bar durante las 24 horas con tal que hubiera un sitio de atención logística para los miembros de los piquetes que sufrían un hambre canina y, sobre todo, una implacable sed. De esta forma, comidos y sedados, las tensiones se rebajaban en un (auto)control compartido y aceptado hasta el punto que, en algunas noches de redada, en la cisterna del baño del bar aparecía milagrosamente todo un arsenal de artefactos diversos: leznas de zapatero para pinchar ruedas, clavos de acero con tres puntas de yunque de ferreiro, armas blancas de todo tamaño, chinas de hachís envueltas en papel de aluminio... y hasta un revólver de plástico. Nadie se responsabilizaba del material que era requisado por los guardias con comentarios irónicos como «ayer, valientes camioneros... hoy, lloricas domingueros».
De todas formas, existía una entente cordial entre piquetes y la Guardia Civil de Tráfico, especialmente con un motorista conocido como «el cazurro pelirrojo» por su origen leonés, acérrimo admirador de Franco y de Marianín, con los colores de la bandera española en la correa de su reloj y con los de la Cultural en la muñequera izquierda. Desde el 20 de noviembre de 1975 el pelirrojo no dejó de usar un brazalete negro sobre su camisa reglamentaria como señal de luto indeleble desde la muerte del Generalísimo. Gran aficionado a las máquinas tragaperras, el guardia pelirrojo protagonizó en el Villablanca una de las anécdotas más ilustrativas del espíritu de la época. Sucedió hace 40 años en un día inolvidable para Avilés: el 24 de mayo de 1977.
En los primeros meses de 1977, los acontecimientos políticos se precipitaron a una velocidad de vértigo. Convocadas las primeras elecciones democráticas para el 15 de junio, el tiempo histórico se aceleró, especialmente para el entonces ilegal Partido Comunista de España. En Asturias, cuna de las luchas obreras en la dictadura que se desmoronaba, recibía clandestinamente a Santiago Carrillo en marzo y se le homenajea en el restaurante gijonés Savannah, en el que la clientela habitual de sus salones de bodas es sustituida por antidisturbios y miembros de la Brigada Político-Social impidiendo la celebración del acto. Santiago Carrillo, ya sin peluquín, no pudo dirigirse a los camaradas pero, sorpresivamente, un mes después (sábado santo de abril de 1977), el PCE es legalizado. Con algunos compañeros de la facultad fuimos a celebrarlo, primero al Llagarón, bajo la displicente mirada de Franco y José Antonio desde sus retratos colgados en la húmeda pared de piedra de la taberna, y más tarde al Maruxa, también bajo la displicente mirada de Víctor, el buda con la faria en la boca que reinaba, como diría Sabina, en la barra del paraíso de la compuesta y el cacahuete. Acabamos de madrugada, cómo no, comiendo pollo al ajillo con calimocho en Prendes.
A partir de la legalización del PCE, con ruido de sables incluido, el proceso de normalización democrática fue adquiriendo un ritmo imparable aunque no exento de contradicciones. A finales del mismo mes de abril, por ejemplo, se legalizan las centrales sindicales pero, en cambio, se prohibieron las manifestaciones del Primero de Mayo. La campaña electoral del 15-J generó tantas expectativas como preocupación ante los incidentes violentos en algunos mítines Y, finalmente, el 24 de mayo se celebra el esperado mitin comunista en el avilesino estadio Suárez Puerta, con la participación de Dolores Ibárruri «La Pasionaria» y Wenceslao Roces, quienes se presentaban como diputada y senador, respectivamente, por Asturias.
Avilés se convirtió en la capital de la izquierda comunista y desde muy temprano empezaron a llegar caravanas de coches y autobuses de todos los rincones asturianos y muchos de la geografía española. Ya al mediodía, como recordarán, las entradas por carretera a Avilés se taponaron hasta el punto que las interminables filas de vehículos permanecían detenidos durante horas. El Villablanca se transformó, entonces, en un área de avituallamiento de visitantes cabreados por el gigantesco atasco mientras la pareja de motoristas de Tráfico (uniforme verde, chaquetones de cuero, cascos reglamentarios... más que miembros del cuerpo parecían reproducciones clónicas de Ignatius, de «La conjura de los necios»), vista la imposibilidad de la situación, desayunaban tranquilamente en el bar jugando en la tragaperras.
El guardia pelirrojo no era ajeno al caos circulatorio del puente Azud. Me guiñaba el ojo mientras le servía el enésimo café con gotas y sonreía socarronamente hasta que la sonrisa se convirtió en una grotesca mueca de desagrado cuando, tras un pequeño revuelo en la entrada del bar, desfila por la puerta una comitiva de veteranos militantes del PCE (recuerdo a Horacio Fernández Inguanzo y a Santiago Alvarez) y, tras unos minutos, a Dolores Ibárruri (flanqueada por la inseparable Irene Falcón y, creo, por Pilar Brabo). Más retrasado, entró un anciano que pasó desapercibido por una clientela entregada con La Pasionaria mientras entonaban el mantra «sí, sí, sí...Dolores ya está aquí».
El anciano, que parecía desconcertado, era Wenceslao Roces. Para un economista en ciernes y simpatizante de la causa, darme cuenta que estaba ante el traductor al castellano de la obra de los clásicos del marxismo que leíamos en la universidad o discutíamos en el Club Delta o en los soportales del cine Marta y María, fue un chispazo. En cuanto pude, abandoné la barra y fui a buscar algunos libros de Marx traducidos por el mismo Roces para la editorial Grijalbo con la intención de que me los firmara con una dedicatoria.
El viejo profesor, ajeno al tumulto creado en el entorno, era una auténtica leyenda en la traducción de obras del marxismo clásico (Marx, Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo..) desde la primera editorial Cenit hasta la más próxima de la mexicana Fondo de Cultura Económica. En el exilio mexicano, fue docente de Derecho Romano en la Universidad Nacional Autónoma. Su pertinaz labor de traducción en el exilio, como contaba el gallego y veterano comunista Santiago Alvarez, era un complemento de activismo político para extraer la vieja espina clavada por Enrique Lister cuando, en la guerra civil, Roces se presenta a Lister y éste rechaza su colaboración con el menosprecio de «¡Nada sirve el Derecho Romano para ganar la guerra!». Sin embargo, Lister y Roces tenían muchas cosas en común. Entre otras, la veneración por Stalin y, en consecuencia, la fobia (por no decir odio) por el troskismo y el anarquismo. Todavía recuerdo el temor de los organizadores de una conferencia de Enrique Lister en la Facultad de Económicas de la Universidad de Santiago de Compostela ante la amenaza de un atentado de los viejos militantes de la FAI como venganza de las matanzas de anarquistas en el Jarama y en Aragón. En Avilés, algunos troskistas insultaron a Wenceslao Roces llamándole «traidor» y «asesino» como recordatorio de su supuesta implicación en el asesinato de Andrés Nin, líder del POUM, con el que había colaborado años antes en labores de traducción en la Biblioteca Carlos Marx.
En cuanto me firmó una dedicatoria, Wenceslao Roces cobró cierta vitalidad y presencia en la abarrotada barra del bar y firmó varias servilletas a petición de camaradas y simpatizantes. Con un renovado protagonismo, se dejó fotografiar, brindó con una copa de Chinchón y, en plena reconciliación nacional, saludó con entusiasmo a la pareja de la Guardia Civil con un sonoro «¡U-HACHE-PÉ, compañeros!». El guardia pelirrojo, con el casco de motorista encima de la máquina tragaperras, se giró bruscamente e hizo un ademán calculado de mano en la cartuchera para sacar el arma reglamentaria. Su compañero lo sujetó ante la mirada atónita del público. El pelirrojo, ofendido, le grita a su compañero: «¿No lo has oído...? ¿Sabes qué nos llamó? Pues, que somos unos hijos de p... Y eso no lo voy a permitir a estos rojos de mierda». Mientras tanto, Wenceslao Roces seguía firmando servilletas y haciéndose fotos en la otra esquina de la barra, ajeno al incidente sucedido como si él no tuviera relación alguna. Santiago Alvarez, líder del comunismo gallego, se acercó a la pareja de la Guardia Civil de Tráfico y les explicó que UHP eran las siglas de Unidad Hermanos Proletarios que, para los más veteranos, se entendía como un fraternal aunque anacrónico saludo y nada más lejos de la intención en ofender del venerable anciano. «Tienen que disculpar a don Wenceslao, señores, ¡ya ha cumplido ochenta años!», justificaba el comunista gallego.
Vueltas la aguas a su cauce, la comitiva se fue disolviendo en diversos automóviles y se dirigieron hacia el centro de Avilés en la medida en que el tráfico se hizo más fluido, al que en parte contribuyeron los motoristas de tráfico que abandonaron la máquina tragaperras y comenzaron a dirigir el tráfico en el cruce del puente Azud. Los últimos en dejar el bar fueron Wenceslao Roces apoyado en el brazo de Pilar Brabo. El viejo profesor y traductor aún ajeno a lo sucedido me saludó desde la puerta. Pilar Brabo se da la vuelta y con una sonrisa cómplice nos da, a quienes quedamos en el bar ahora casi desierto, la explicación de lo realmente sucedido: «Don Wenceslao está sordo como una tapia y no se ha enterado de nada... Ja, ja, ja!»
Sucedió en Avilés, recuerden, el 24 de mayo de 1977: un día como hoy, pero ya hace 40 años.
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