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En los últimos meses la formación dual en la Universidad ha entrado en el campo del debate de los nuevos modelos de enseñanza universitaria. Es un modelo con pros y contras que requiere de una profunda reflexión y una sólida definición.
En primer lugar, hay que conocer el punto de partida. Existe un notable desconocimiento en muchos ámbitos sobre la realidad de la formación universitaria actual. Todos los planes de estudios de cualquier titulación de Grado de la Universidad de Oviedo incluyen la asignatura 'Prácticas externas' que, en una gran cantidad de casos, se amplía en duración con lo que se conoce técnicamente como 'prácticas no curriculares'. Por ejemplo: en la Escuela Politécnica de Ingeniería de Gijón se realizaron 500 prácticas en el último curso, la duración media fue de 400 horas en las titulaciones de Grado y de 500 horas en las de Máster, el 60% de las prácticas en las titulaciones de Grado fueron remuneradas con una media de 390 euros al mes y el 90% de las de Máster a razón de 475 euros almes, y todo esto creciendo. Típicamente, la jornada diaria en prácticas suele estar en torno a cuatro horas, por lo que se puede decir que hoy en día muchos estudiantes universitarios pasan ya varios meses en las empresas durante su formación en paralelo a sus clases normales. Por cierto, la remuneración no es un salario por contraprestación de un servicio, sino una ayuda al estudio, no vaya a ser que se confunda esto con un trabajo. Solo se puede estar en prácticas siendo estudiante universitario. Por lo tanto, reducir la formación dual a prácticas en empresa sería una verdadera insensatez. Esto ya se puede hacer ahora y se hace. Cada vez más. Para este viaje no hacen falta tantas alforjas.
Cuando hablamos de formación dual universitaria debemos, por tanto, aspirar a mucho más que esto. Por ejemplo, por diversos motivos, en la formación de nuestros estudiantes, especialmente en los grados, están cada vez más ausentes profesionales de la empresa que, generalmente, proporcionaban una visión experimental que gozaba de gran aceptación y credibilidad para los alumnos. Además, hoy en día hay muchas competencias que demandan las empresas (comunicación, organización, trabajo en equipo, etc.) que se pueden desarrollar bien en el ámbito experimental de una empresa contando con ese tipo de profesionales. Esto exige una programación concreta y personas concretas y estrecha colaboración entre los dos ámbitos, universitario y empresarial, así como un seguimiento exhaustivo y constante por ambas partes, además de mecanismos de auditoría.
Sobre los modelos para implementar la formación dual hay diversas variantes, pero únicamente me referiré a las que considero más viables e interesantes.
Por una parte, la duración de esta formación en el ámbito de la empresa debe ser significativa. Típicamente un año de los estudios, que puede ser el último curso o entre los dos últimos cursos.
Por otra parte, respecto al modelo en sí, ya existe hoy la posibilidad legal, y se viene aplicando, de reconocer experiencia profesional por asignaturas del plan de estudios, siempre que por la experiencia profesional se haya contrastado que se adquieren las competencias de las asignaturas. Ejemplo: si un estudiante adquiriese las competencias relacionadas con una asignatura de 'Energía solar' mediante una actividad profesional en una empresa, podría 'convalidarse' esa asignatura. Todo esto tiene su complejidad. Por ejemplo, actualmente solo se puede reconocer el 15% del plan de estudios por esta vía. Además, habría que establecer una programación muy clara de las actividades en la empresa, para garantizar de antemano que las diferentes asignaturas que se incluyesen en el paquete fueran convalidables, habría que hablar con las empresas una por una, habría que ver bajo qué tipo de contrato está una persona en la empresa, etc. En un centro como la EPI, por esta vía, más prácticas en empresa, más el trabajo de fin de grado, se podría 'cursar' prácticamente un año en empresa sin cambiar casi nada.
La otra posibilidad, que es la que se está siguiendo habitualmente, es crear un itinerario específico. Por ejemplo: el Grado en Ingeniería Eléctrica tiene dos especialidades, una relativa a energías renovables y otra a sistemas de energía eléctrica. Se puede crear una tercera especialidad que se llame, por ejemplo, 'Empresa' con unas asignaturas específicas que se desarrollen en el ámbito de la empresa, típicamente del sector eléctrico en este caso, y que podrían incluir asignaturas como 'Prácticas en empresa' muy indefinidas y también asignaturas más definidas como 'Gestión de proyectos', 'Comunicación', etc., que suelen contar con profesionales desenvueltos y con buen conocimiento en muchas empresas. O simplemente con asignaturas 'Estancias en empresas' con un programa definido que incluya con detalle los apartados que se van a 'cursar' en la empresa, las competencias que se van a desarrollar, los resultado del aprendizaje, las actividades formativas, las metodologías docentes y los sistemas de evaluación. Siempre bajo la cotutoría de profesorado universitario y profesionales de la empresa y con mecanismos de control claros y continuos. Esto no es para todas las empresas y habría que ver qué incentivos tienen o pueden tener una empresa y sus empleados para que su implicación sea la adecuada puesto que, lógicamente, su actividad diaria tiene otros objetivos. Y, en mi opinión, tampoco es para cualquier profesional de una empresa, pieza clave en este proceso, como también anticipo el fracaso si el profesorado universitario que estuviera involucrado no tuviera el reconocimiento adecuado.
Por lo tanto, sí a la formación dual, pero no a la formación dual como simple eslogan, no vaya a ser que, en lugar de ofrecer más, ofrezcamos menos y se cree un itinerario que resulte atractivo no para el alumnado más brillante, sino para el más mediocre. Para ello, no basta implicar a la universidad y a la empresa. Se necesita a la administración para establecer modificaciones normativas que son necesarias en algunos casos, como el tipo de 'contrato' del alumno con la empresa, así como para pensar en la financiación y los sectores donde puede tener mayor trascendencia para la comunidad autónoma. Y, por supuesto, se debe contar también con otros agentes como sindicatos o con los colegios profesionales que deben ser partícipes desde el primer momento y que pueden ser interesantes para la implantación y para garantizar que el desarrollo cumple las expectativas. En el tema de la formación ya tenemos experiencia demostrada en que la falta de cohesión solo se traduce en desprestigio. Afortunadamente, parece que esto de la formación dual suena bien a todo el mundo, por lo que debe canalizarse bien esta posibilidad de acuerdo de todos.
Juan Carlos Campo es director de la Escuela Politécnica de Ingeniería de Gijón.
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