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Nació el mismo año que la Constitución, pero de nada le ha servido a Rubén, ovetense de 45 años, su vida paralela con la Carta Magna. No ha visto cumplido el artículo 47. Ese que reconoce que «todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada» y que deja claro que «los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho». Para Rubén («no me importa salir con nombre y apellidos», insiste pero no lo hará por sus hijos), ese artículo es tan papel mojado como el periódico que usa para resguardarse de la lluvia.
Rubén Gijón | 45 años
Porque este extrabajador de la construcción, padre de dos hijos, que tiene, según los informes médicos, una discapacidad del 70% provocada por un accidente laboral, «pero la Seguridad Social solo me reconoce el 48%», vive en la calle. Hasta el 11 de octubre, en una tienda de campaña. Desde aquel día, cuando el Ayuntamiento de Gijón desalojó a todos los que malvivían en el esqueleto de las viejas vías, él duerme en un soportal.
Desde 2020 sin un hogar
Sin hogar lleva desde 2020. Rubén vivía en Oviedo. Donde nació en 1978, empezó a trabajar en la construcción «cuando tenía 16 años», se casó en 2009, «pero ya llevábamos dos años juntos» nacieron sus hijos «son chico y chica y tienen 14 y 13 años», tuvo un accidente laboral que le dejó con graves problemas pulmonares «me caí de un forjado y una costilla me dejó un pulmón como la pared», quedó incapacitado para trabajar y se divorció.
Con la separación, su exmujer se trasladó a Gijón con sus hijos. Él, que tenía custodia compartida, los visitaba cada quince días y pasaba con ellos el fin de semana. Rutina que mantuvo cuando su exmujer perdió la tutela.
Pasaron los menores a depender del Principado. Para Rubén, las visitas quedaron fijadas en un día a la semana: los domingos. «Y no falté nunca».
Hasta 2020. Debido a la pandemia de la covid, el Principado prohibió el desplazamiento entre concejos y Rubén vio que quedaría aislado en Oviedo. Que ya no podría ver a sus hijos cada domingo. Así que abandonó el piso que compartía en la capital y buscó algo parecido en Gijón.
«Imposible encontrar ni una habitación compartida. Gijón está 'carisísimo'», enfatiza. «Cobro 484 euros de pensión no contributiva. Entre que me piden 260 euros por una habitación sin derecho a cocina y dos meses por adelantado, ¿de qué vivo? ¿Qué cómo? ¿Qué le doy a mis hijos?». Las pensiones tampoco fueron una opción. «Piden 45 euros al día».
Ante la imposibilidad de pagar lo que le pedían, primero optó por el Albergue Covadonga, la puerta de entrada a la red de ayuda municipal para las personas sin recursos. «Pero estuve poco tiempo, no es para mí». No se queja del trato, pero «hay muchas peleas y discusiones, hay personas que beben, yo así no quiero vivir». Y se marchó. Muy consciente de que la opción era la calle. «Yo tengo una mente que... Me decía, ' ya verás dónde voy a acabar con la mierda de pensión que cobro'. Así que, lógicamente, me tuve que mover».
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Una tienda de campaña para dormir en calle
Y se movió. Echó mano de su buen hacer como albañil y se montó una vivienda alternativa oculta entre los restos ferroviarios que se pudren mientras la ciudad espera por el plan de vías. Recuerda Rubén cómo fue aquel día, el primero de su vida, en que durmió en la calle. «Piensas en cómo vas a hacerlo al día siguiente. En la calle, lógicamente, tienes que pensar día a día. Aquella primera noche sí dormí, estaba muy cansado».
Cansado porque lo suyo no fue plantarse bajo un plástico en cualquier lado. Primero buscó la mejor ubicación, luego gastó sus ahorros en comprar una tienda de campaña y, a la vez, pidió al encargado de una obra cercana «si podía darme algo para hacer el suelo». Y lo que le dio fueron planchas de pladur. «Con ellas evito que entre el agua y, con un plástico sobre la tienda, que cale cuando llueve».
«Yo preferiría vivir en
una casa, que es mucho mejor que estar en
la calle... porque
eso es
muy duro»
Placas de poliuretano debajo
de la tienda para aislarla de la humedad del suelo, cajas de fruta con piedras para controlar el
viento y una lona que pone
por encima para la lluvia…
Con el dinero justo, Rubén decidió
comprar una
tienda de campaña que se ajustara
a sus necesidades para vivir en la calle
«Yo preferiría vivir en
una casa, que es mucho mejor que estar en
la calle... porque
eso es
muy duro»
Placas de poliuretano debajo
de la tienda para aislarla de la humedad del suelo, cajas de fruta con piedras para controlar el
viento y una lona que pone
por encima para la lluvia…
Con el dinero justo, Rubén decidió
comprar una
tienda de campaña que se ajustara
a sus necesidades para vivir en la calle
Placas de poliuretano debajo
de la tienda para aislarla de la humedad del suelo, cajas de fruta con piedras para controlar el viento
y una lona que pone por encima
para la lluvia…
Con el dinero justo, Rubén decidió comprar una
tienda de campaña que se ajustara a sus necesidades para vivir en la calle
«Yo preferiría vivir en una casa, que es mucho mejor que estar en la calle... porque eso es muy duro»
Puso placas de poliuretano debajo
de la tienda
para aislarla de la humedad del
suelo, cajas de fruta con piedras para controlar el viento
y una lona que
pone por encima
para la lluvia…
«Yo preferiría vivir en
una casa, que es mucho mejor que estar en
la calle... porque
eso es
muy duro»
Con el dinero justo, Rubén decidió comprar una
tienda de campaña que se ajustara a sus necesidades para vivir en la calle
No obstante, el de aquella primera noche fue, como el de todas las que llegaron después, un sueño breve. «De la tienda me voy a las 5 de la mañana.No puedo estar quieto». ¿Y qué hace? «Recados». Aunque piden no aparecer en este reportaje, son muchas las personas a las que Rubén les echa una mano de forma desinteresada. «Si necesitas que te suba la compra, te la subo», «si hay que llevar un paquete a un sitio, lo hago. Siempre estoy moviéndome» de forma que hay donde siempre tiene un plato caliente para comer, un pincho para cenar o un café para calentar.
Y no solo salta a la vista el apoyo del barrio donde pasa el día, también lo hace al oído: «¡Qué bien te veo, Rubén!», le grita el conductor de un autobús que pasa a su lado. «¡Cuídate, Rubén!», le dice el kiosquero con el que habla a diario.
«Sí, he hecho amigos. Hacerlos es fácil», explica, «siempre que te comportes con educación, lógicamente».
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Mantiene su aseo personal a raya «en la Cocina Económica, donde me puedo bañar y afeitar» y paga cuatro euros de lavandería por tener su ropa limpia, pero también cuenta con amigos que le prestan un local donde guardar su bici, su caña de pescar o la ropa.
Amigos que no son sinónimo de caridad. «Yo no quiero que me regalen nada. Como en el bar cuando tengo dinero», y ahorra para que ese dinero no falte ningún domingo. «Es cuando estoy con los críos. Los llevo a comer a un sitio donde voy mucho, y me hacen precio». Ojo, explica «que no es barato, ¿eh?, que son diez euros por el menú». Treinta euros por comer con sus hijos.
Dos adolescentes de buenas notas que saben dónde vive su padre. «Pero nunca les llevé a mi tienda, porque no quiero tener problemas con sus educadores», apunta. Unos críos con los que mantiene un contacto permanente. «Solo me tienen a mí, así que están todo el día 'papa (sin acento), cárgame el móvil', 'papa, necesito esto' Y yo se lo doy». Como los móviles que tienen los tres. «Los compré yo, ¿qué se cree? Yo ahorro para mis hijos».
Y para ahorrar, «no paro en todo el día». Afirmación que corrobora con las largas y rápidas zancadas que da mientras se elabora este reportaje. Uno que está dentro del Proyecto Sin Techo de los periódicos de Vocento y que implica el seguimiento en el tiempo de un protagonista. Rubén ha tenido la generosidad de participar en este de EL COMERCIO.
A través de sus ojos, de un color verde intenso que heredó «de mis abuelos, ni mis padres ni mis hijos los tienen», el decano de la prensa asturiana le ha acompañado de junio a noviembre en su experiencia vital. Al iniciarla, en los primeros calores del verano, Rubén dejó claro su deseo: «que cuando acabemos, en noviembre, podamos hacer una foto en mi casa con mis hijos». Spoiler: no ha podido ser.
AUX STEP FOR JS
Vuelva usted mañana
¿No tiene Rubén una vivienda porque no tiene derecho a ella? No. ¿No vive Rubén con sus hijos porque tiene algún problema de salud más allá de su merma pulmonar que no le permite trabajar? No «Yo no bebo, no me drogo, no me meto en líos». ¿Entonces? ¿Por qué está en la calle? Por carecer de recursos económicos. Andrea Vega, técnico de Mar de Niebla, lo certifica: «Muchas personas no tienen acceso a los recursos y, en otros casos, incluso disponiendo de una buena pensión o ayuda, nadie les quiere alquilar una vivienda».
Lo sabe bien ella, ya que es miembro del proyecto Eslabón, dedicado a hacer un seguimiento de las personas sin hogar. «En Gijón, nosotros estamos en contacto con 280 personas, pero hay muchas más», explica. A la vez que insiste «en la calle hay personas que cobran más de mil euros, pero nadie les quiere alquilar. En cuanto saben que los ingresos son por salario social, ingreso mínimo vital o ayuda a la discapacidad, se niegan». Al pasar por un soportal, se emociona. «Aquí vivía un hombre que se había quedado en la calle. Le dio un infarto mientras esperaba por una vivienda».
1.179 personas sin hogar en Asturias
Fueron las contabilizadas en 2022. El año anterior la cifra fue menor, 909
868 son hombres
Del total de personas sin techo en el Principado, la mayoría son hombres
311 mujeres
La cifra ha crecido también en el caso de las mujeres, puesto que en 2021 se contabilizaron 214
En el caso de Rubén, el problema es la propia Administración. En el más puro 'vuelva usted mañana' de Larra, la Tesorería de la Seguridad Social sigue sin asumir el grado de discapacidad que un médico dice que tiene el ovetense. Y la Empresa Municipal de Vivienda de Gijón le mantiene en una lista de espera sin fin para acceder a una vivienda social. «Y mientras no tenga vivienda, no puedo recuperar a mis hijos». Está en la calle para estar con sus hijos y por estar en la calle no puede vivir con sus hijos. «El dolor más grande que hay es no tener a mis hijos conmigo».
Administrativamente, él ha dado todos los pasos para cambiar esa situación: solicitar ayuda en la empresa de la vivienda de Gijón «para una vivienda social en la que poder vivir con mis hijos» y reclamar a la Seguridad Social «que me reconozca la discapacidad del 70% que certifica mi médico para cobrar la pensión que me corresponde y no la no contributiva». Un cambio que supondría pasar a cobrar 700 euros en lugar de los 484 euros actuales.
¿La respuesta? «Solo me dicen que espere, que espere y que espere». Y eso hace. «Estoy aquí pendiente siempre del teléfono, a ver si llega la llamada de la Administración». Nuevo spoiler: la Administración respondió, pero no como se esperaba.
El Ayuntamiento ordenó el desalojo en las antiguas vías
En pleno puente de octubre, mientras Rubén seguía pendiente de una nueva cita en la empresa municipal de la vivienda, el Ayuntamiento de Gijón ordenó el desalojo de todas las personas que vivían, como Rubén, en las antiguas vías. Una decisión que, en su caso, supuso tirar abajo la tienda en la que tanto invirtió. «Sin aviso. Lo tiraron todo para no hacer nada», porque tras el desalojo, ninguna obra se ha llevado a cabo en esa zona.
«De nosotros no se preocupa nadie. Y luego pasa lo que pasa. Que esto cansa. Estoy cansado de que se rían de nosotros».
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Comienza el desalojo en el 'solarón'
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Los operarios recogen los enseres
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La Policía vigila la zona
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Concluye la operación
Aunque no pierde su buen talante, está enfadado. «Yo soy un padre de familia y tengo que saber qué va a pasar». Su eterna positividad, que subió enteros cuando durante el verano pudo mejorar la tienda en la que vivía, se está oscureciendo más rápido que los días. «He hecho un cartel y me voy a plantar delante de la empresa de la vivienda. No puede ser que no haya una solución para mí, que solo quiero vivir con mis hijos».
Y vuelve a recordar que vive en un eterno día de la marmota: »Como no tengo casa, no me los devuelven, y con 488 euros al mes no me puedo pagar nada».
Por eso, en el cartel reivindicativo también pide cuentas a la Seguridad Social. «Ya les he llevado los informes médicos que dicen que mi incapacidad es del 70%, pero no me lo reconocen».
Ahora duerme en soportales, con el único abrigo de un saco de dormir, y ve lejos «que me den una vivienda y poder vivir con mis hijos». De hecho, el hombre que siempre ha dicho no tener miedo «a nadie ni a nada», ahora reconoce uno: «Mi mayor miedo es que la Administración no me haga caso».
Sueña con esa casa «con una nevera, una cama…» y, como poco, «tres habitaciones, para que pueda vivir con mis hijos». Unos a los que les da siempre el mismo mensaje: «Hay que ir por la vía recta, no te tumbes a la bartola, estudia…»
Le inunda la desesperanza
De las posesiones que tenía en la tienda de campaña, donde en todo este tiempo no le robaron nada, «nunca tuve miedo a nada ni a nadie», solo le queda a Rubén lo que lleva con él a todas horas en su mochila: «la documentación, la linterna, la radio, la batería externa y, lo que más me importa, los dibujos de mis hijos». Los que le hicieron para el Día del Padre. Dibujos que calientan el corazón, pero no el cuerpo.
Una batería externa
con la que recarga su móvil para no dejar
de hablar con sus
hijos y una radio
para hacer su espera más llevadera
«En la mochila tengo cosas que me regala la gente... Me
las dan
porque
me tienen aprecio»
«Que
me hagan
una carta diciéndome ‘Felicidades, papá, eres el mejor del mundo’...
es lo que
más
feliz me hace»
El recuerdo de sus hijos lo acompaña cada día y le da ánimos para seguir adelante
Lleva su DNI, su libro de familia, su preciada licencia de pesca y su póliza de decesos
Tras años en la calle, Rubén
ha creado su
propio estilo de vida, donde
lucha contra los imprevistos de
vivir a la intemperie
sin dejar de ser «buena persona»
Una batería externa
con la que recarga su móvil para no dejar
de hablar con sus
hijos y una radio
para hacer su espera más llevadera
«En la mochila tengo cosas que me regala la gente... Me
las dan
porque
me tienen aprecio»
«Que
me hagan
una carta diciéndome ‘Felicidades, papá, eres el mejor del mundo’...
es lo que
más
feliz me hace»
El recuerdo de sus hijos lo acompaña cada día y le da ánimos para seguir adelante
Lleva su DNI, su libro de familia, su preciada licencia
de pesca y su
póliza de decesos
Tras años en la calle, Rubén
ha creado su
propio estilo de vida, donde
lucha contra los imprevistos de
vivir a la intemperie
sin dejar de ser «buena persona»
Una batería externa con la que recarga su móvil para no dejar de hablar con sus hijos y una radio para hacer su espera más llevadera
«En la mochila tengo cosas que me regala la gente... Me
las dan
porque
me tienen aprecio»
«Que
me hagan
una carta diciéndome ‘Felicidades, papá, eres el mejor del mundo’...
es lo que
más
feliz me hace»
El recuerdo de sus hijos lo
acompaña cada día y le da ánimos para seguir adelante
Lleva su DNI, su libro de familia, su preciada licencia
de pesca y su póliza de decesos
Tras años en la calle, Rubén
ha creado su
propio estilo de vida, donde
lucha contra los imprevistos de
vivir a la intemperie
sin dejar de ser «buena persona»
Una batería externa con la que
recarga su móvil para no dejar de
hablar con sus hijos y una radio
para hacer su espera más llevadera
«En la mochila tengo cosas que me regala la gente... Me
las dan
porque
me tienen aprecio»
«Que
me hagan
una carta diciéndome ‘Felicidades, papá, eres el mejor del mundo’...
es lo
que más
feliz me hace»
El recuerdo de sus hijos lo
acompaña cada día y le da ánimos para seguir adelante
Lleva su DNI, su libro de familia, su preciada licencia
de pesca y su póliza
de decesos
Tras años en la calle, Rubén
ha creado su
propio estilo de vida, donde
lucha contra los imprevistos de
vivir a la intemperie
sin dejar de ser «buena persona»
En la última cita con Rubén para este reportaje llueve. Llega con su mochila de la que no se separa nunca. Sonríe, pero solo lo hace de veras cuando muestra la foto de sus críos: «Esta es del domingo, cuando comimos juntos, son lo mejor que tengo». Ellos viven tutelados por el Principado. Su padre, en la calle. «El futuro que quiero no va a llegar», lamenta.
Texto: Chelo Tuya
Audio y vídeo: Aida G. Fresno, Carmen Muñiz y Diego Abejón
Diseño y maquetación: Samantha Acosta
Fotografía: Juan Carlos Román, José Simal, Damián Arienza y Arnaldo García
Coordinación: Mónica Yugueros
Edición: Sheila Vaca
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Lucía Palacios | Madrid
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«Sueño con volver a tener una vivienda para recuperar a mis hijos»
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