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Enamorado del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga, en él desearía vivir, morir y reposar eternamente; pero, esto último, en Ordiales, en el reino encantado de los rebecos y las águilas, allí donde conocí la felicidad de los cielos y de la Tierra, allí donde pasé horas de admiración, emoción, ensueño y transporte inolvidables, allí donde adoré a Dios en sus obras como Supremo Artífice, allí donde la Naturaleza se me apareció verdaderamente como un templo». Bajo ese epitafio descansa Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós (Gijón, 1870-1941), marqués de Villaviciosa de Asturias, en el Mirador de Ordiales, que asiste, grandioso e impasible, a la conmemoración de uno de los tres grandes centenarios que Asturias celebra este año: la declaración, en 1918, por Alfonso XIII, del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga, el primer espacio protegido de España, origen del Parque Nacional de los Picos de Europa, del que fue su principal impulsor hace ahora un siglo un hombre tan excéntrico como visionario. Un espacio que inicialmente comprendía 16.925 hectáreas, que en 1995 vio cómo se ampliaba su extensión hasta las 64.660 y que, finalmente, en 2014, volvió a crecer hasta las 67.455 actuales. Un territorio gobernado por tres comunidades autónomas que se distribuye entre los municipios asturianos de Amieva, Cabrales, Cangas de Onís, Onís, Peñamellera Alta y Peñamellera Baja, los leoneses de Oseja de Sajambre y Posada de Valdeón y los cántabros de Camaleño, Cillorigo de Liébana y Tresviso. Pedro Pidal estaba convencido de que la mejor manera de aunar las tres Covadongas -histórica, espiritual y natural- era ese título de Parque Nacional, «la expresión de la hermosura, de la belleza, de los encantos naturales de la patria». Y, con el entusiasmo que ponía en las empresas que emprendía, lo defendió.
«Un castillo, una torre, una muralla, un templo, un edificio, se declara Monumento Nacional para salvarlo de las destrucciones. ¿Y por qué un monte excepcionalmente pintoresco, con sus tocas de nieve, sus bosques seculares, su fauna nacional y sus valles paradisíacos, no ha de ser declarado Parque Nacional para salvarlo de la ruina? ¿No hay santuarios para el arte? ¿Por qué no ha de haber santuarios para la naturaleza?». Con este vibrante discurso inspirado en el movimiento conservacionista norteamericano defendía allá por 1916 ante el Senado la aprobación de la Ley de Parques Nacionales el marqués de Villaviciosa. Y lo hacía el gijonés enamorado ya de los Picos de Europa y con el firme propósito de proteger aquel enclave natural privilegiado del que disfrutaba como montañero en su tiempo libre. Y, finalmente, el 22 de julio de 1918, el entonces senador vitalicio lograría la hazaña. Más aún: gracias a su buena posición en la aristocracia asturiana, que incluía excelentes relaciones con la monarquía, conseguiría incluso que presidiera la inauguración en Covadonga el mismísimo Alfonso XIII.
Fue un día histórico. Se creaba el primer Parque Nacional del país dando lugar a una red de espacios protegidos en la que los Picos siempre han tenido un papel destacado. Pero los principios fueron escarpados. Y, así, si bien son muchos los expertos que reconocen el gran mérito del marqués por haber sido el primero en plantear la necesidad de conservar la naturaleza y de promover políticas en ese sentido, también hay quien critica que tratara de hacerlo de manera elitista y parcial ignorando la realidad social y cultural de los pastores con propuestas extravagantes. Ideas tan peregrinas como tratar de eliminar el ganado en Ordiales para que las vacas no manchasen con estiércol los caminos por los que habrían de pasear los turistas.
Extravagancias aparte, a su bisnieto Juan Figaredo Pidal (que lleva la sangre en la montaña -estirpe obliga- y que forma parte de los equipos de rescate del Servicio de Emergencias del Principado que se enfrentan a ella desde un helicóptero medicalizado con el que atienden a los rescatados 'in situ') no le extraña que su bisabuelo consiguiese aquella declaración porque «era todo un adelantado a su época».
El doctor Figaredo -que mañana, a las 20 horas, ofrecerá una conferencia en la antigua Escuela de Comercio de Gijón organizada por El foro de Asturias e incluida dentro del programa 'Asturias, Centenarios 2018'- se ha reunido esta tarde en la casa vieja de lo que fuera la Quinta Pidal (un terreno que se extendía desde Somió a la Feria de Muestras y posteriormente parcelado), con otros de los descendientes del político, jurista, periodista, escritor impenitente, cazador excepcional, naturalista y deportista que pasó a la historia del alpinismo por coronar el Naranjo de Bulnes junto a Gregorio Pérez 'El Cainejo'. Y lo hacen para reivindicar la figura de su antepasado, «poco valorada», dicen, «en estas tierras»: «Si en vez de asturiano, fuese catalán, lo tendrían en un pedestal».
Lejos de eso, en Asturias, cree su familia -que ha herededo su amor por la naturaleza y la caza, «perfectamente compatibles», y su devoción monárquica- , el legado de Pedro Pidal no ha sido reconocido aún en su verdadera dimensión en ninguna de las múltiples facetas de este hombre poliédrico que estudió el Bachillerato en Madrid y que, tras licenciarse en Derecho por la Universidad Central en 1891, comenzó a dedicarse a la política, siendo elegido en 1896 diputado a Cortes por Belmonte de Miranda y en las elecciones de 1907 por Luarca, convirtiéndose en 1914 en senador vitalicio y pasando a los anales como «un gran orador, además de un tipo brillante y muy divertido», apunta Alejandro Figaredo, otro de sus 72 descendientes vivos y asimismo bisnieto del marqués.
Recuerda, por ejemplo, Juan Figaredo, «el día en que dejó a todo el mundo en silencio en las Cortes con una moción en defensa de la sidra durante una sesión extraordinaria que se celebró en domingo».
«Resulta que el ministro de Hacienda iba a sacar una ley por la que quería bajar el impuesto del vino y que, por tanto, perjudicaba al sector sidrero. Pues bien: él empezó su discurso argumentando que estaba muy bien que la sesión fuese en domingo porque así podía enseñar a sus señorías las bondades de la sidra. Entonces, comenzó a hablar de cómo se hacía, de los llagares, de las espichas, de las romerías... Y, al final, terminó por decirles a los parlamentarios que, si aceptaban su enmienda, les regalaría una pipa de sidra para que supieran lo buena que era. Y aceptaron, claro», sonríen los suyos evocando su memoria.
O aquella vez, cuenta otra de sus bisnietas, María Figaredo, que Pedro Pidal, «que odiaba a los catedráticos por su afán de que todos los universitarios comprasen sus textos», se presentó ante sus señorías en el Senado «con una carretilla llena de libros y una pistola arcaica, que ni siquiera disparaba, a modo de falsa amenaza, diciendo que cómo era posible que los niños tuviesen que ir con todo ese peso a la escuela y reclamando más tiempo de ocio para hacer deporte y para estar en contacto con la naturaleza. Es decir, más o menos lo mismo que ocurre hoy».
El ataque armado a los incrédulos miembros del Gobierno fue recogido por EL COMERCIO del 21 de junio de 1923, que salió a la calle con un titular a toda página: «El marqués de Villaviciosa de Asturias, pronunciando un discurso, saca una pistola y encañona el banco azul». Y subtitulaba: «El marqués se cree en el tiro de pichón». Genio y figura que motivó un encendido artículo del ovetense Indalecio Prieto publicado en 'El socialista' en el que cargaba: «Si en lugar de un aristócrata, obsequiado por el rey, su amigo, con la prebenda de la senaduría vitalicia, lo hubiese hecho un diputado elegido por el pueblo, la crítica, después de despedazarle, hubiese sepultado sus restos bajo la montaña del ridículo».
Es solo una muesca más de «un carácter muy peculiar» que lo llevó a escalar la mítica cumbre cabraliega junto a 'El Cainejo' movido por un ímpetu casi suicida.
«Se enteró de que iban a venir unos ingleses a escalar el Urriellu y pensó: '¿Cómo voy a permitir que venga un extranjero a profanar mi coto preferido de rebecos? Subo yo antes sea como sea'», relatan sus familiares. Dicho y hecho: «Se fue a Londres a comprar la cuerda y a la madrileña calle de la Merced a por las alpargatas». Y allá se lanzó aquel hombre «daltónico y de una gran envergadura física» que lo mismo alternaba con pastores y monarcas que «le robaba los pintalabios a su mujer para protegerse del sol cuando iba a la montaña».
«Solo a él se le podía ocurrir subir al Naranjo con aquellas cuerdas endebles y alpargatas de esparto. Y lo increíble no fue tanto subir, sino bajar destrepando por allí, porque entonces no se rapelaba».
La gesta ocurrió el 5 de agosto de 1904, pero, apenas cuatro años antes, el marqués -«un genio con la escopeta, reputado cazador de osos y capaz de matar 568 de 3.728 perdices en un ojeo en Albacete cuando los otros tiradores tampoco eran mancos»- se consagraba como «el primer medallista olímpico español».
«Estaba en la exposición universal de París de 1900 representando a Fábrica de Mieres, se enteró de que se celebraban las primeras olimpiadas de la era moderna y se apuntó, con el resultado de que fue medalla de plata, para ser exactos. Pero, como de aquella no había medallas y a pesar de que no fumaba, le dieron una pipa. En los libros figura que fue en tiro con arco, pero tampoco es exacto: se proclamó campeón de tiro al pichón», afirma Juan Uhagón, otro de sus bisnietos.
Y, después de aquella proeza, «fue cinco veces campeón de España en la misma disciplina, para después revalidar su título en tierras parisinas y ganar el Campeonato de Londres, que era el sumun».
Casado con Jacqueline Guilhou -hija del empresario francés Numa Guilhou y «una santa que aguantaba con estoicismo sus excentricidades-, con la que tuvo cinco hijos, el marqués también fue miembro del primer Comité Olímpico Español y «un escritor impenitente».
De hecho, los Pidal guardan sus álbumes de recortes, en los que se conservan cartas y documentos que también demuestran que «muchas cosas siguen igual que ahora». Por ejemplo, hay una crónica que da cuenta de que al Senado viajó una comisión en representación de 2.000 labradores asturianos para discutir el reglamento que habría de regir el Parque y que defendía, entre otras cosas, la necesidad de perseguir animales dañinos como el lobo», cuenta Juan Figaredo, que cree que «la actual gestión, en manos de tres comunidades, no funciona, porque cada una tira para su lado. Y un problema añadido es que, a diferencia de lo que ocurre en otros parques, aquí vive gente a la que hay que dar salidas».
«Quien va de fin de semana lo quiere todo muy bonito, pero ellos viven allí. Se están cayendo todas las cabañas porque ya no hay ganadería, pero, como no puedes tocarlas, la gente se marcha». Así que para los descendientes de Pedro Pidal el momento de tomar medidas para evitar la desploblación y, de paso, la desertización de amplias superficies y el cambio del ecosistema es ahora, cuando hay quien alerta ya de que la cuenta atrás para la desaparición del pastoreo en los Picos -y, con él, del paisaje tal y como lo conocemos- ha comenzado.
El marqués fue enterrado en Covadonga en 1941 y un grupo de montañeros trasladó sus restos al Mirador de Ordiales el 18 de septiembre de 1949. Su epitafio no escrito continúa: «Debajo de esos húmedos helechos, que reciben el agua de los Picos, y arrimado a esa roca enmohecida por los vientos fríos, dejaré que mis huesos se deshagan a través de los siglos».
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