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En la isla de Olerón, un matrimonio de jubilados demandó a una vecina por el canto matutino de su gallo Maurice. Exigían que se deshiciese del animal porque estaba perturbando sus vacaciones. Lejos de conseguir su propósito, la demanda acabó dando lugar a una ley que protege el patrimonio sensorial del mundo rural francés. Ignacio Arias, exletrado de la Junta General del Principado, y su hija Marina, también abogada, se han inspirado en este caso de gran repercusión mediática para promover aquí una iniciativa legislativa que blinde el modo de vida del campo asturiano frente a «la colisión que se produce a diario con los turistas ocasionales y neorrurales».
Ayer, se presentaba públicamente la iniciativa en la asamblea de la Federación Asturiana de Parroquias Rurales (Fapar), que se celebró en el colegio público de Trevías. Y esta semana entrará en la Junta General del Principado, a través de una proposición de ley que defenderá el diputado del PP Luis Venta Cueli, «el único que se interesó por el tema», según remarcó Arias. El objetivo: elevar los sonidos y olores del campo asturiano a la categoría de patrimonio sensorial para regularlos y protegerlos de «las agresiones externas».
Según ponen de manifiesto Ignacio Arias y su hija Marina, muchos turistas «quieren contemplar el idílico espectáculo de ver vacas pastando en los verdes prados, pero luego se quejan de sus mugidos y el olor de sus excrementos, quieren comer huevos frescos, pero les molesta el canto del gallo o el cacareo de las gallinas; quieren degustar productos de la huerta, pero se quejan del ruido de la maquinaria agrícola». En definitiva, «no respetan los usos, costumbres, modos de vida y tradiciones de los hombres y mujeres del campo».
Por eso, y ante el incremento del turismo en Asturias, han hecho un inventario de sonidos y olores a proteger en caso de conflicto. El documento elaborado por Ignacio y Marina Arias «recoge el sentir popular» y es fruto de «multitud de entrevistas realizadas a la gente de los pueblos». En él, se propone como patrimonio sensorial del campo asturiano el sonido de los animales domésticos y de producción, así como de la maquinaria agrícola y ganadera, los cencerros, las ordeñadoras, los tractores, las segadoras o las campanas. En cuanto a los olores, se menciona el del estiércol, los cubiles, la gallinaza, el silo, el humo y el pelo quemado.
«Hay quien se queja de que los cencerros de los animales no les dejan concentrarse para leer. ¿Pero a qué vienen?», comentaba ayer Andrés Rojo, presidente de Fapar, haciéndose eco de uno de tantos choques que se producen con los turistas que visitan la zona rural de Asturias. «Hay casos épicos, lamentables», incidió Ignacio Arias.
Pero las parroquias rurales de la región afronta otras muchos problemas. Uno de los más importantes: «Que la juventud sigue sin instalarse en los pueblos». Además, «estamos luchando para que se modifique la ley de parroquias rurales, que data de 1986 y se ha quedado obsoleta», explicó Rojo. El presidente de Fapar también dio buenas noticias. Por un lado, se ha firmado un convenio con la dirección general de Montes para luchar contra los incendios. Y por otro, la dirección de Reto Demográfico anuncia obras de mejora en las parroquias de Valledor y Orlé.
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