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Paloma Lamadrid
Miércoles, 10 de febrero 2016, 19:59
El 17 de enero de 1996 es una fecha clave en la historia de la minería y de la conquista de derechos por parte de las mujeres. Ese día de invierno de hace dos décadas, cuatro mineras entraron por primera vez en la oscuridad de un pozo. En concreto, de dos: Santiago, en Caborana, y Pumarabule. María de los Ángeles Llaneza, María Shirley Sánchez, María Virginia Domínguez y María del Carmen González fueron las pioneras. Las dos primeras comenzaron a trabajar en el yacimiento allerano y las otras dos hicieron lo propio en el sierense. Por aquel entonces, contaban con edades comprendidas entre los 20 y los 30 años.
Alcanzar este hito acarreó numerosas y arduas luchas a las que puso fin una sentencia del Tribunal Constitucional. Concepción Rodríguez se había ganado su derecho a trabajar en la mina, pero no le bastó con superar las pruebas de selección convocadas por Hunosa en 1985. Pese a ser considerada apta para desempeñar las labores propias de una minera de interior, la empresa hullera se amparó en la protección al sexo femenino y rechazó su acceso al puesto. No fue hasta diciembre de 1992, cuando el órgano más elevado en la interpretación de la Constitución reconoció el derecho de las mujeres a trabajar en las explotaciones en las mismas condiciones que los hombres.
Casi mil hombres
El fallo llegó tarde para Rodríguez, que nunca llegó a bajar al pozo y pasó a formar parte de la plantilla del centro de formación de Hunosa de Langreo. Pero su empeño por demostrar la capacidad de las mujeres para ser mineras no fue en balde. De las cuatro primeras que accedieron al interior de una mina se ha pasado a 101 en estas dos décadas. Según los datos facilitados por compañía hullera, son 973 los hombres que desempeñan tareas dentro de las explotaciones. Además, 68 mujeres y 211 varones se encargan de las labores que se realizan en el exterior.A fecha de 1 de febrero de 2016, la plantilla sumaba 1.353 trabajadores.
La proporción de personal femenino sigue siendo mínimo frente al masculino, pero la presencia de mujeres en los pozos ya no resulta algo extraño. Veinte años atrás, la expectación en la primera jornada de trabajo de María de los Ángeles, María Shirley, María Virginia y María del Carmen era mayúscula. Hubo protestas por parte de algunos mineros que consideraban que aquel no era lugar para el otro sexo, tantas veces llamado débil erróneamente.
Cierta normalización se ha logrado con el sudor y el tesón de las trabajadoras que no abandonaron sus puestos pese a las trabas que se encontraron en el camino. Mujeres como Rocío Antela, ayudante minera, nacida en 1983. «Sí que se hacen comentarios de tipo sexista. Antes te podía llegar a hacer daño, pero ahora lo entiendes, es cultural. Ellos fueron educados así y no hay más. Sí que creo que las mujeres fuimos impuestas, que no hay una igualdad en minería. No existe. En Polonia no hay mujeres dentro de la mina, en Argentina, hasta hace poco se consideraba que una mujer en la mina era lo malo, malísimo, que cuando una mujer bajaba a la mina algo malo pasaba», declaraba a la historiadora Irene Díaz en Miner@s, un libro publicado en el año 2013.
«Fue muy duro»
En este volumen, editado por el Archivo de Fuentes Orales para la Historia Social de Asturias (Afohsa), la autora recoge los testimonios de Rocío y otras dos mujeres (y ocho hombres) que desempeñaban trabajos mineros. Los tres relatos coinciden en la dureza, no tanto de las tareas, sino de la incomprensión con las que les acogieron algunos de sus compañeros y de la sociedad en general. «Fue muy duro. Teníamos en contra a los trabajadores que, en aquel entonces, estábamos hablando de 23.000 en Hunosa. Teníamos en contra la opinión de la calle y, sobre todo, lo más duro para mí fue que teníamos en contra a la propia mujer», explica Blanca González, que empezó a trabajar en la mina el 22 de diciembre de 1986.
Su puesto era peón de exterior, una labor que, a menudo, es consideraba más cómoda que la que realizan los operarios de interior. «Los del exterior es como si no pertenecieran a la minería, como si fuera otro mundo, pero es una cadena. Nosotros tuvimos dos huelgas en el exterior y paralizamos el pozo entero. Si no suministras madera, los picadores no pueden picar. Si estás en la cinta y no la arrancas, el carbón no puede salir», argumenta en Miner@s.
Desigualdad
A pesar de que han pasado dos décadas desde la entrada de las mujeres en las explotaciones para ejecutar los mismos trabajos que los varones, lo cierto es que las mineras todavía perciben desigualdad. «Hay mujeres que no entraron por sobrepeso. Y hay paisanos en la mina que no entran por una puerta de canto», pone como ejemplo Sigrid Pulgar, que trabaja como tractorista. Pero esta empleada de Hunosa también reconoce que los mineros más jóvenes «vienen ya con otra mentalidad», más abierta y tolerante.
«Hay muchos bocazas; pero por diez bocazas, hay 40 que no lo son y vale más quedarse con lo bueno que con lo malo», subraya. La incorporación de las féminas a estos trabajos coincidió con una época de crisis industrial generalizada. Así, «la batalla por la entrada de las mujeres en la minas va a adquirir un nuevo matiz, que añadirá a la cuestión propiamente de género (las mujeres no tienen la fortaleza física requerida para el trabajo) la de la lucha por el empleo y la preferencia que los varones presumen tener en esa tesitura». De este modo explica ese momento histórico Irene Díaz, coautora, además, del proyecto Muyeres de carbón.
Una investigación que se ha plasmado en una muestra que recoge la historia y abundantes testimonios que revelan la lucha de las mujeres en las comunidades vinculadas a la extracción de minerales. «El protagonismo de las mujeres en conflictos mineros queda acreditado en una larga secuencia de episodios que recorren el tiempo y atraviesan continentes sin perder denominadores comunes», apunta Díaz. Cita, por ejemplo, las largas y duras huelgas de los mineros de Harlan (Kentucky), en los años 30, y las movilizaciones de las mujeres británicas en contra de las políticas de Margaret Thatcher.
En Asturias, señala dos acontecimientos clave. Por un lado, los piquetes y los encierros protagonizados por las mujeres ligadas a la minería en la década de los 70. Por otro, la reivindicaciones del colectivo Mujeres del Carbón en Lucha que, «en 2013, emergieron en las cuencas mineras de Asturias, León y Aragón alzando su voz en defensa de la supervivencia de las comunidades mineras, sin perder la memoria de sus antecesoras que, en la primavera de 1962, bajo una férrea dictadura, habían formado piquetes para sostener una huelga», subraya. Largas y complicadas batallas han librado las mujeres que no se resignaron a asumir un papel doméstico en las regiones marcadas por la industria extrativa. Desde las carboneras de la primera mitad del siglo XX hasta las actuales mineras, que bajan cada día al pozo para desempeñar un trabajo que cada día parece más negro en las cuencas asturianas.
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