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RAMÓN MUÑIZ
Jueves, 14 de junio 2018, 11:06
El 15 de agosto de 1884, Alfonso XII y su esposa María Eugenia de Habsburgo-Lorena, acompañados por el presidente del Congreso, Francisco de Borja Queipo de Llano, inauguraban la primera comunicación ferroviaria entre Asturias y el resto del país: el tramo Puente de Fierros-Busdongo, conocido como la rampa de Pajares. Se acaban de cumplir 130 años de aquel hito y los investigadores aún tienen cuestiones por aclarar. Entre ellas, los muchos modificados de proyecto que se fueron arbitrando con las obras lanzadas y el memorial de sucesos protagonizados por la 'ferrocarrilá'.
Con este nombre se conoce la afluencia masiva de obreros que provocó la construcción de tamaña obra. Eran «entre 5.000 y 10.000 trabajadores, hombres jóvenes, con mucha energía, que pasaban solos la semana en condiciones muy duras, aislados en el puerto, y luego bajaban un día a la semana a los pueblos, con el jornal recién cobrado; aquello era frecuente motivo de tiros y juergas». Así lo relata Javier Fernández, director del Musel del Ferrocarril y uno de los investigadores que junto a José Luis Fernández más hemerotecas ha rastreado en busca de aquellos incidentes.
«Nos dicen de Asturias que las riñas y colisiones entre los operarios de la línea del ferrocarril, sobre todo en los túneles del puerto de Pajares, son tan frecuentes, que en los últimos ocho días han sido auxiliados más de treinta heridos», informa el 'Diario de Avisos de Madrid', el 6 de junio de 1883. Cuatro días después, 'El Globo' aumenta el relato: «Según parece, en la sección asturiana de Puerto de Pajares a Puente de los Fierros, libraron los muchos trabajadores (...) una verdadera batalla campal tan ruda y fiera que, a consecuencia de ella, hubo tres muertos y treinta y un heridos graves, por lo cual puede decirse que muchos de nuestros generales tal vez no hayan asistido nunca a una función de guerra semejante».
La noticia señala que en la zona «cuéntanse como unos 8.000 obreros, entre naturales del país, gallegos, húngaros e italianos, a los cuales se distribuye cada semana una suma de 8 o 10 millones, y en tales circunstancias nada tiene de particular que concurran los tres principales elementos de discordia: mujeres, vino y juego».
«Aquello era el salvaje Oeste», resume Fernández, quien sitúa las cosas en su contexto: «Todo esto ocurre en la misma época en la que los americanos están a tiros con los indios y el mundo a veces es más parecido de lo que creemos. Aquí la gente también tenía armas. La 'ferrocarrilá' está compuesta por asturianos, gallegos que vienen como canteros, e italianos, y entre ellos a veces se dispara una rivalidad casi tribal».
El director del museo presenta como prueba la siguiente noticia, publicada por 'El Liberal' en octubre de 1883: «No hace cuatro meses que los trabajadores del ferrocarril tramaban porfiada reyerta de la que resultaron dos muertos y algunos heridos. Quedaba rencor clavado como una espina en el corazón, sin temor al castigo ni al aparato de justicia. Aquellos infelices, que para ganar un mezquino salario duermen en miserables chabolas y pasan el día o la noche trabajando en un túnel, donde respiran el mortífero humo de la dinamita que envenena la sangre y destroza los pulmones, iban al trabajo armados de pistolas y navajas».
«Los pacíficos emigran»
«Empezó por la tarde con el disparo de algunos tiros. Los gallegos y los asturianos (...) formaron dos bandos y durmieron en los montes. El viernes se dirigieron unos 300 asturianos, al son de la gaita, a tomar las alturas de Establón, donde estaban los gallegos, según parece, en número superior, y a los gritos respectivos de «¡viva Asturias!» y «¡viva Galicia!» se acometieron con saña (...) Una carta de Puente de los Fierros añade que por la noche se presentaron allí los trabajadores, soltando cartuchos de dinamita entre algunos de revólver, retirándose después hacia el túnel del Capricho, donde al encontrar a sus adversarios se promovieron nuevos escándalos. Los rebeldes, dice, recorren los trozos de la línea, reclutando gente y dando feroz paliza al que se niega a seguirles. Todos los obreros pacíficos emigran. (...) Unos cuarenta presos conducidos a la cárcel de Pola de Lena, iban maniatados y gritando por el camino «¡viva Asturias!».
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