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De la limpieza y el orden se encargan los voluntarios . :: MARIO ROJAS
Lo que no se ve de La Madreña
Oviedo

Lo que no se ve de La Madreña

Sin luz, calefacción o agua, detrás de un amplio programa de actividades se esconde el trabajo de jóvenes con «ganas de cambiar las cosas» El centro social autogestionado lleva dos años promocionando la cultura

MARÍA LASTRA

Domingo, 19 de enero 2014, 01:32

Tras dos años ocupando la antigua Consejería de Salud y con cinco de sus usuarios imputados por un presunto delito de usurpación, el centro social autogestionado La Madreña cobra fuerza. El Ayuntamiento ha reclamado recientemente al Principado la cesión del espacio propiedad de Sedes, y el colectivo confía en continuar su labor de acercar una «cultura alternativa» a la sociedad. Detrás de un amplio programa de actividades , se esconde no solo un carácter reivindicativo político, sino también un arduo trabajo y «muchas ganas».

A la puerta de un cartel con las palabras 'entrada libre' invita a adentrarse. «Este es un colectivo abierto a todos», asegura Andrés Ron, uno de los ocupantes del centro. Laura del Río es un buen ejemplo. Había oído hablar de este espacio, y tenía una propuesta que ofrecer. Pensó que el edificio de General Elorza era el lugar adecuado, y decidió acercarse hasta una de sus asambleas semanales, celebradas cada lunes a las 20 horas. Sugirió unas clases de teatro en inglés, y la idea gustó. Lleva más de un año, y la actividad es la que más público concentra entre los talleres habituales. Ponerlo en marcha requiere el funcionamiento de La Madreña, el trabajo que los usuarios no ven.

En los primeros días de cada actividad alguien debe acompañar a los que se unen al colectivo. Privados de luz, dos generadores son los que permiten que La Madreña siga adelante. Los 'nuevos' deben aprender a ponerlos en marcha, y ocuparse de que siempre haya gasolina.

Acorde con el espíritu del colectivo, no hay tareas asignadas y todos hacen «según vamos viendo». Al menos, el resultado sale «bien». Del Río explica que en su taller cada uno deja un euro de bote para todo lo que haga falta. «Nunca nos ha tocado ir a por gasolina, pero siempre que hemos venido había». Dos garrafas son su único sustento. Allí no hay lujos, ni siquiera agua, no en condiciones normales. De una manguera sale la poca que llega de la calle gracias a dos tuberías. Debajo un cubo para el baño o la limpieza siempre que hace falta.

Poner en orden 2.600 metros cuadrados no es tarea sencilla. Y menos en un espacio que concentra ludoteca, sala de juegos, sala de conciertos o chigre. Los días anteriores a las actividades de más afluencia, como los rastrillos o los recitales, «toca venir a limpiar». Lo hace el que puede, sin quejas ni malas caras hacia el que ese día no tiene tiempo para coger la fregona y la escoba. En el sótano pueden juntarse en un concierto hasta 200 personas, y si además el chigre está abierto «luego toca volver a limpiar», aunque sea con el abrigo puesto a falta de la calefacción. El programa no para.

Con alrededor de una decena de actividades semanales, en La Madreña todos tienen cabida. Mientras en la ludoteca unos niños acuden a un cuentacuentos, unos jóvenes disfrutan de un concierto de punk en el sótano y otros de un recital de poesía en la planta principal. Beatriz Fernández mantiene que «todo el que viene repite». También los artistas, que colaboran gratuitamente. Para Carlos Valbuena, «no se les paga, pero de alguna forma se les está reconociendo su trabajo». Por el momento, «no nos hemos planteado otra cosa, pero no hay una posición definida sobre este asunto», explica Ron. A su lado, Ian González mantiene que «es una forma de garantizar el derecho universal a la cultura».

Tras su inicio en torno al 15-M para «golpear y denunciar la política urbanística», La Madreña ha hecho posible «un antes y después en los movimientos sociales». El reloj marca las 12 de la noche, y cierran la puerta. Mañana volverán a arrancar los generadores, a dar una pasada a los suelos. Cosas que no se ven, para que La Madreña siga.

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