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RAMÓN AVELLO
Lunes, 14 de octubre 2013, 13:52
Francisco Maria Piave, el libretista de 'La Traviata', fue minucioso en los detalles de escena para que la ópera se desenvolviese en un ambiente parisino de mediados del siglo XIX, siguiendo para ello las indicaciones de Verdi y la fidelidad a 'La dama de las camelias'. Sin embargo, por cuestiones de censura, cuando se estrenó 'La Traviata' hubo que retrotraer un siglo, a los años del setecientos, para que ciertos comportamientos considerados inmorales fuesen cosa del pasado. Ayer, en el Teatro Campoamor, se adelantó, probablemente más que por un motivo de acercamiento que por un intento de novedad, un siglo respecto a la ópera original. Una 'Traviata' ambientada supuestamente en la España de postguerra, y con una Violeta Hayworth -los guantes son inequívocos-, reflejada entre espejos. Como color local, alguna 'camisa vieja' entre el coro y unas curiosas monteras que parecían tricornios. Como si fuesen toreros de la guardia civil.
La directora de escena Susana Gómez, que en las últimas temporadas ha realizado memorables trabajos con muy pocos medios para la Ópera de Oviedo en 'Norma' y 'Turandot', es la responsable de este traslado al siglo XX. Susana Gómez describe la historia y favorece, sin malabarismos innecesarios, el trabajo de los cantantes.
Es una escena limpia, quizá un poco monótona, al centrarse en una especie de invernadero en el que transcurren los tres actos. En el movimiento de conjuntos como la escena del coro del segundo cuadro del segundo acto, un poco hierático.
Antes de director de orquesta, Carlo Montarano fue violinista del 'Maggio Musicale Fiorentino', en donde le descubrió y apoyó su talento Zubin Metha. Al frente de Oviedo Filarmonía, Montanaro realizó una bellísima versión de 'La Traviata'. Exquisitamente matizada con grandes relieves de intensidad un espíritu danzable, que le da una característica de tres por cuarto a casi toda la obra, y una atenta mirada a las voces para reforzarlas, arroparlas y nunca taparlas.
EL Coro de la Ópera de Oviedo es un coro eminentemente verdiano, tanto en lo sacro -su versión del 'Réquiem' en Covadonga fue un canto para el recuerdo- como en lo profano, y a esta traviata nos remitimos. 'Noi siamo zingarelle' , 'Di Madride noi siam matadori' o el famoso 'Brindis', fueron sus momentos estelares. Es una lástima que en algunos de esos momentos como la danza de los toreros carecían de naturalidad en los moviemientos.
En sus breves papeles secundarios, los partiquinos de esta traviata han actuado con notable equilibrio y gusto. Todos, desde María José Suárez que interpreta una desenvuelta Flora a Gonzalo Quirós pasando por Jon Plazaola, Carlos Daza, José Manuel Díaz, David Sánchez -una voz de bajo muy potente como vimos en su breve papel de médico- y Bruno Prieto.
De los protagonistas principales, se ha dado un pequeño milagro. Los tres han estado soberbios. Sustentando claramente el éxito de esta traviata. El barítono Gabriele Viviani hace un Germont muy sólido. No es el padre jerárquico, sino el hombre cargado de humanidad y arrepentido del desastre que provoca. Vocal y dramáticamente se puede decir que el segundo acto es suyo. Como cantante el aria 'Di provenza il mare y sole', muy aplaudido, fue de una belleza impecable. Al gran tenor venezolano Aquiles Machado le hemos escuchado en Asturias hace años, traído por la Asociación Lírica Asturiana Alfredo Kraus, cantando a Verdi, y más recientemente en un atrevido 'Polline', de 'Norma'. En esta traviata le hemos aplaudido como un excelente Alfredo, de proyección lírica, como por ejemplo en su aria 'Un día feliz', pero también de garra dramática, impecable sonoridad, tanto en todas las tesituras y expresivo como cantante y actor. Debutaba en el Campoamor la hermosa soprano Aylín Pérez, la gran protagonista de esta traviata. Evoluciona vocalmente en escena desde un belcantismo de coloratura, con agilidad en los agudos, a un canto intimista expresivo y siempre de bellísima factura tímbrica. 'El adios al pasado' fue su momento más estelar en una noche llena de grandes cumbres vocales. Curiosamente, es la primera traviata que al final no muere, se transfigura en luz.
En conclusión, una ópera muy aplaudida, con un coro sobresaliente, una escena discreta, pero muy abierta, y tres voces para el recuerdo: Aquiles Machado y Gabriele Vviani y, especialmente, una espléndida Aylin Pérez,
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