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J. F. GALÁN
Domingo, 29 de septiembre 2013, 03:42
Veinte años menos un día han pasado ya desde que el 30 de septiembre de 1993 el Rey Don Juan Carlos inaugurase el Museo de Anclas de Salinas, una singular exposición al aire libre que transformó el paisaje de La Peñona, el promontorio rocoso que se adentra en el mar desde el extremo occidental de la playa, convirtiéndola, si no lo era ya, en la imagen más representativa de la localidad. El difunto Agustín Santarúa, vigía mayor de la Cofradía de la Buena Mesa de La Mar, fue su alma máter, el gran impulsor de un proyecto concebido como un homenaje a la mar, a sus gentes y muy especialmente a Philippe Cousteau.
El museo lleva su nombre, y un busto anclado en piedra orientado al mar recuerda la figura y el legado del ilustre oceanógrafo y buceador francés, trágicamente fallecido en junio de 1979 cuando el hidroavión que pilotaba, un 'Catalina', se estrelló en aguas de la desembocadura del río Tajo, en Portugal. Además de su vida, a los 38 años, el fatal accidente truncó una trayectoria que ya emulaba a la de su padre, el sin igual Comandante Cousteau, investigador, explorador marino, aclamado documentalista y gran divulgador, padre también del submarinismo.
Janinne, viuda de Philippe, y sus dos hijos, Philippe y Alejandra, formaban parte de la numerosa comitiva encabezada por el Rey que aquella gris mañana de septiembre de 1993 inauguró el Museo de Anclas Philippe Cousteau. La escultura que evoca su figura, pieza estelar del museo, es obra de Vicente Santarúa, hermano de Agustín Santarúa, quien confió al prestigioso arquitecto Luis Castillo el diseño del museo, cuya imagen y contenido han ido evolucionando con el paso del tiempo.
Hoy, veinte años después, más de una veintena de anclas salpican La Peñona, una atalaya que permite ver las olas desde otra perspectiva, desde atrás. La última en incorporarse a la colección fue la de la fragata 'Asturias', la primera de un barco de la Armada. Cerca descansa la del yate real 'Fortuna', y un poco más allá, junto al puente, destaca la silueta de 'El Hondero Balear', una de las obras maestras del artista mallorquín Llorenc Roselló (1868-1901), galardonada con la medalla de plata en la Exposición Universal de París, en 1900. Junto a ella reposa el áncora de uno de los jabeques del almirante Antonio Barceló, corsario que en el siglo XVIII libró el Mediterráneo de la amenaza de los piratas berberiscos.
Más historia aún tiene la del 'Nuestra Señora de Atocha', galeón español construido en La Habana que se fue a pique en 1622 en los cayos de Florida. Con él se hundieron el oro (1.038 lingotes y 12 barras y discos), la plata (24 toneladas) y el bronce de sus veinte cañones. Los cazatesoros Mel y Kane Fisher recuperarían 350 años después buena parte de su preciada mercancía, valorada entre 200 y 400 millones de dólares. Su ancla está en Salinas, donada por la ciudad de San Agustín de La Florida, Estados Unidos.
Buenos y malos recuerdos
Mucho más lúgubre es la historia de otras anclas de la colección, como la del 'Castillo de Salas', el granelero de 56.000 toneladas que en 1986 embarrancó en el gijonés Cerro de Santa Catalina. Al intentar remolcarlo el casco se partió, y tras 43 días de vertidos e incertidumbre, fue remolcado y hundido a unas 40 millas de la costa. El carbón que transportaba y el gasóleo de sus tanques llegaron durante años a las playas de Gijón en forma de galletas.
También de mal recuerdo es la historia del 'Mar Egeo', el antecedente del 'Prestige', un petrolero griego que en diciembre de 1992 embarrancó frente a la Torre de Hércules, en La Coruña. El 'Alonso de Chaves', remolcador que a día de hoy recala con frecuencia en Avilés, participó en el rescate de la tripulación. Los últimos cinco saltaron al agua y poco después una enorme explosión seguida de un gran incendio destrozó el barco, que liberó al mar 80.000 toneladas de crudo Brent.
Todas las anclas del museo narran su historia, negra o brillante, breve o intensa: la del 'San Gabriel', la del 'Paca Gómez', la del 'Velasco'. Ninguna tanta como el ancla griega, unos 2.500 años. Es de piedra, un regalo del ministro de Marina griego que llegó a La Peñona de la mano de la difunta exministra Loyola de Palacio.
El museo abre las veinticuatro horas del día los 365 días del año, no hay que pasar por taquilla y aunque recibe muchas visitas, no suele haber aglomeraciones. Con un poco de suerte incluso se puede disfrutar en solitario. Eso sí, no busque el ancla de piedra. No está. Lleva años esperando a que alguien se anime a financiar una urna de vidrio resistente, necesaria para protegerla tanto del salitre como de posibles actos vandálicos. También urge pintar y devolver a su sitio el 'Libro de José', desplazado de su ubicación original por los embates del mar.
Del cuidado del museo se encargan la Asociación Amigos del Museo de Anclas y el Ayuntamiento.
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