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J. F. G.
Miércoles, 31 de julio 2013, 10:51
La historia industrial de Asturias comenzó a escribirse en Arnao, bajo tierra y bajo el mar. Corría el año 1833 cuando la Real Compañía Asturiana de Minas, una empresa de capital mayoritariamente belga, empezó a explotar el yacimiento carbonífero, cuyos orígenes se remontan a 1591. Un buen día de aquel lejano año fray Agustín Montero, vecino de Naveces, encontró una ' extraña piedra negra'. La noticia llegó a oídos de Felipe II, que se interesó en el asunto. El rey respaldó el inicio de la explotación, ordenando que la producción se exportase, a través del puerto de Avilés, a Lisboa, sabedor de que en Portugal, que entonces formaba parte de la corona, compraba carbón mineral para utilizarlo como combustible. A partir de ahí las referencias al yacimiento se suceden a lo largo de los siglos.
La fundación de la Real Compañía Asturiana de Minas marcó un antes y un después en la historia de Arnao. En 1855 se construyó el castillete, y a su alrededor se expandía un poblado que acogía a gentes llegadas de distintos lugares de España, y también de Bélgica, para trabajar en la floreciente explotación minera. Ese mismo año se ponía en marcha, a escasos metros del pozo, la fábrica de zinc, aún activa.
En 1858 la mina, cuyas galerías no paraban de crecer, tanto bajo el lecho marino como hacia el interior, recibía la visita de la Reina Isabel II y su marido, Francisco de Asís, quienes según las crónicas de la época realizaron un recorrido subterráneo de unos tres kilómetros. 1858 también fue el año en el que se introdujo la máquina de vapor y en el que comenzó a utilizarse el aire comprimido en el interior de la mina, como desagüe.
'Eleonore' llegó en 1880, una locomotora de vapor construida por Couillet en Marcinelle (Bélgica) que cubría el trayecto de Arnao a San Juan de Nieva. Con un ancho de vía de 800 milímetros, es una de las más antiguas de cuantas sobreviven en España. Ahora está en Gijón, en el museo del Ferrocarril, a la espera de regresar a Arnao, donde se convertirá en una de las piezas fundamentales del espacio expositivo.
La mina de Arnao alcanzó su máximo esplendor a finales del siglo XIX y principios del XX. Eran los años de Tomás Acha o Luis Hauzeur, hijo del ingeniero homónimo que proyectó y puso en marcha la fundición de zinc de Arnao, germen de la Real Compañía Asturiana de Minas. Hauzeur dirigió la mina durante años y a diferencia de otros directores, afrontó el movimiento obrero con mano izquierda, ofreciendo a los trabajadores de la empresa escuelas, viviendas, economato y otras serie de servicios públicos.
Ya entonces las filtraciones de agua constituían un verdadero problema que se unía al de los frecuentes incendios. Sobre todo en las galerías situadas bajo el lecho marino, adentrándose hasta casi un kilómetro de distancia de la costa, con una cota máxima de -205 metros. La situación se hizo insostenible, y en 1915 se tomó la decisión: cerrar la mina.
Arnao quedó relegada al olvido, y así se mantuvo hasta que en 2007 el Ayuntamiento, empujado por la presión de la Asociación de Vecinos de Santa María del Mar, tomó la decisión de rehabilitar la mina. La inversión supera con creces los cinco millones de euros, 3,5 de los cuales llegaron procedentes de los fondos europeos. La espera ha sido larga, pero ha merecido la pena.
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