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SUSANA NEIRA
Lunes, 17 de junio 2013, 03:43
«En el mes de abril de 1853, varios curas seguidos de numerosos feligreses se opusieron a que los carros del país que transportaran carbón por las caleyas de sus parroquias relincharan cuesta abajo durante los domingos y fiestas de guardar. Elorza desplegó las fuerzas armadas a la plaza a sus órdenes, la soldadesca perteneciente al Cuerpo de Artillería despeinó a culatazo limpio las cabezas de los clérigos y por el mismo método midieron las costillas de los vociferantes y devotos feligreses (...) quedando asegurando el suministro de combustible para los hornos altos instalados en el Borrón».
Es una de las anécdotas sobre el general Elorza, fundador de la Escuela de Aprendices de la Real Fábrica de Armas de Trubia, contada el pasado jueves por José Luis Suárez, autor junto a Ricardo Arias Sarasola de 'Historia de la Escuela de Formación Profesional de la Fábrica de Armas de Trubia'. La publicación se presentó en el Teatro-Casino de la localidad.
Elorza (Oñate, Guipúzcoa, 1789-Madrid, 1873) fue un hombre de una «extraordinaria capacidad organizadora», con formación en Siderurgia, Metalurgia, Mecaniza especializada, transportes, construcciones civiles e idiomas, por citar algunas disciplinas, describió Suárez. Quedará grabado en la historia de Trubia por idear y desarrollar el centro, «el más antiguo del mundo», donde en 1844 ya impartían enseñanzas teóricas y en 1850 comenzó a funcionar como tal.
Adelantándose incluso en su apertura a la de la empresa alemana Siemens Halske, desmontó con su tesis el coautor. Porque, según la biografía de Werner von Siemens, «es altamente improbable» que en 1849, el mismo año en que se le encomendó dirigir esa fábrica, pusiera ya en marcha las aulas.
Más de 2.200 alumnos pasaron a lo largo de la historia del centro asturiano, alejado de ser un lugar de difícil estancia: «No se trataba de una disciplina cuartelera; las normas y el estilo importantes en ella trataban de formar y educar en los aspectos profesionales y humano al aprendiz. Nunca hubo normas rígidas y sí las propias de cualquier centro de formación», matizó Arias, que entró como estudiante en 1949 y ahora se siente «en la obligación moral» de dejar constancia de sus vivencias y los datos.
Hasta el lamentado cierre en 1990, de sus aulas salieron algunos de los profesionales más formados del país. Representantes de promociones se reunieron en el 2000 para conmemorar los 150 años y de ahí salió la idea de recopilar su historia. Arias acudió durante un año varias veces por semana la planta y recopiló más de 12.000 documentos, de los que una buena puerta le sirven ahora para firmar esta nueva publicación, que distribuyen por encargo y de la que dos ejemplares se guardarán en la Biblioteca Nacional.
En más de 600 páginas, los autores repasan en dos grandes partes sus 140 años, la primera de 1844 a 1936, cuando se abrió un paréntesis de tres años por la guerra civil, y la segundo de 1940 hasta su despedida.
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