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RUTH ARIAS
Miércoles, 22 de mayo 2013, 11:05
Caminar sobre el hielo del lago Baikal, el más grande del mundo, comprobar de primera mano cómo es la vida en Chernobil o en Hiroshima, avanzar por la franja que separa las dos Coreas, dormir en un hotel cápsula en Japón e incluso, dar un paso, mirar el reloj y descubrir que se está volviendo a vivir el día anterior por haber cambiado de huso horario justo en el Meridiano 180º. Todas son experiencias que Alberto Campa, gijonés afincado en Pola de Siero, acaba de vivir en los últimos meses, en los 72 días que ha tardado en dar la vuelta al mundo viajando solo, acompañado únicamente por su mochila y con un presupuesto de unos 10 euros diarios. «La gente piensa que si viajas es porque eres rico, pero lo único verdaderamente costoso es comprar el tiempo», explica.
Campa lo ha logrado. Desde hace unos seis años, cada invierno emprende una escapada llena de incógnitas y aventuras, con destinos impensables para muchos como África o América central. El primer año siguió el Dakar, y desde entonces ya no ha podido parar. Su negocio de turismo rural le permite tener un poco más de tiempo libre que el resto y, por unas semanas al año, ir cumpliendo su sueño y acercándose a la meta de haber pisado todos los países y territorios del mundo. Ya lleva 114, algo más de la mitad, y es el segundo español en el ránking y el séptimo del mundo. Este invierno ha logrado cruzar Europa, pasando por Ucrania hasta Rusia, Mongolia, Corea del Sur, China, Japón, Canadá y terminar en Estados Unidos antes de volver a España.
Los pasaportes se van llenando de sellos y visados en distintas lenguas, algunas prácticamente incomprensibles. Pero él ha sabido salir airoso de todos ellos. Presume de no haber sufrido enfermedades ni percances graves, aunque alguna noche ha tenido que echar una cabezada en alguna estación por no haber conseguido alojamiento en su destino. «La gente es buena por naturaleza», asegura, y dice que solo le tiene miedo a que se produzcan malentendidos.
Espíritu nómada
Pero Alberto Campa es capaz de hacerse entender lo mismo con un ruso a bordo del Transiberiano que con un nómada mongol. Incluso aunque no haya vocablos comunes, «al final consigues comunicarte», y hacer amigos. Como ejemplo, un traductor brasileño con el que coincidió tres veces en esta vuelta al mundo: en Moscú, en Siberia y luego en Seúl. «Aún queda mucha gente nómada en el mundo», asegura con un cierto halo nostálgico. Él, sin embargo, siempre vuelve, y dice haber encontrado un equilibrio entre su verdadero hobby -viajar, conocer el mundo, y dejar que la retina descubra cada día cosas nuevas- y la vida más tranquila y familiar que le aguarda en la Pola.
Del viaje le quedan recuerdos, experiencias y un montón de imágenes que desgranará para el público esta tarde a partir de las ocho y cuarto en el auditorio.
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