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Uno de los primeros aparatos. :: E. C.
125 años colgados del teléfono
GIJÓN

125 años colgados del teléfono

Una nevada de 30 centímetros de espesor retrasó el arranque al romper los hilos de la instalación Medio centenar de abonados estrenaron en febrero de 1888 la línea que inauguró el servicio en Gijón

S. SÁNCHEZ COLLANTES

Domingo, 31 de marzo 2013, 12:58

La primera línea telefónica que hubo en España funcionó en territorio colonial, en La Habana, allá por 1877. Lo hizo con mucha precocidad, ya que sólo había pasado un año y medio desde que Alexander Graham Bell patentase un invento del cual, a decir verdad, no le corresponden todos los méritos. Efectivamente, fueron varias las personas que trabajaron en esos años para lograr transmitir la voz y otros sonidos a distancia. La solicitud de Elisha Gray, por ejemplo, llegó a la oficina de patentes sólo dos horas después de que lo hiciera la de Bell. Y todavía en 2002, el Congreso de los Estados Unidos aprobó una resolución por la que distinguía retroactivamente como inventor del teléfono a Antonio Meucci, un italoamericano fallecido en 1889.

Asturias tardó una década en recibir el nuevo invento, cuyo uso, a pesar de todo, no se democratizaría hasta muy avanzado el siglo XX. El origen de su llegada a la villa de Jovellanos se encuentra en un Real Decreto que se publicó una semana antes de empezar el verano de 1887. Por medio de esa disposición, el Gobierno liberal de Sagasta estableció que el 21 de julio se verificase una subasta «para el establecimiento y explotación de una red telefónica en Gijón». Por aquellas fechas, no llegaba a 3.000 el número de abonados de toda España. Y la Real Academia Española había incluido el término en su Diccionario hacía muy poco.

El lunes 20 de febrero de 1888 se activó en modo de prueba la línea que conectaba a los primeros abonados de la villa gijonesa. Eran un puñado, algo más de cincuenta. Se trata de una cifra ridícula para un concejo que rondaba los 35.000 habitantes (aún considerando que la mitad no vivían en el casco urbano). Pero es lógico, porque constituía un lujo que casi nadie podía financiar.

La prensa informó de las «muchas personas» que acudieron a los distintos sitios que tenían instalado el aparato, con el fin de presenciar el histórico ensayo «de uno de los adelantos del siglo». Ya entonces se anunciaba que la parroquia de Somió iba a convertirse en la primera aldea que disfrutaría del servicio. Y comenzaba a sonar un nombre propio que resulta esencial en los orígenes de la telefonía gijonesa, como solicitante de los permisos reglamentarios: Santiago Arévalo, popular empleado de la red telefónica interurbana del Noroeste de España.

La dureza de aquel invierno, sin embargo, retrasó la definitiva puesta en funcionamiento. El día 22, por ejemplo, amanecieron las calles de Gijón con treinta centímetros de nieve «maciza y compacta». El resultado del persistente temporal fue desastroso para la flamante instalación, según comunicaron los periódicos: «Con su peso, derrumbó todo el servicio telefónico de la población; es decir, que durante algunos días estarán la mayor parte de los aparatos incomunicados a causa de las roturas de los hilos».

Solo para acaudalados

El servicio permanente de la red telefónica de Gijón no se consideró establecido oficialmente hasta el 1 de abril de 1888. Pero el verdadero estreno ya había tenido lugar el 20 de febrero. Inicialmente, la Central Telefónica estuvo domiciliada en la calle del Carmen, número 12, segundo piso. A la compañía que explotaba la red de la villa se le otorgó la concesión durante 20 años en un radio de 10 kilómetros. Quienes se anticiparon en contratar el servicio animaron al prójimo a seguir su ejemplo, sobre todo a los comerciantes e industriales. Sabían que, cuantos más fuesen los abonados, más ventajas les reportaría el nuevo invento y más uso podrían darle.

Las instituciones, las casas consignatarias y unos pocos comercios y hogares acaudalados fueron los primeros en instalar un teléfono. El carácter elitista del nuevo invento ya lo había puesto de manifiesto en 1880 el diario gijonés La Opinión, al comentar la llegada de la nueva red telefónica a Madrid: «Los que puedan permitirse el lujo de llevar a su casa un hilo de esta red, se comunicarán sin moverse». En la sesión del sábado 3 de marzo de 1888, el Ayuntamiento de Gijón decidió que una comisión estudiase la colocación de un teléfono en sus dependencias. Pero la primera línea de la ciudad no fue la del consistorio, sino la del diario EL COMERCIO, empresa a la que le fue asignado el número 1.

Es muy elocuente el cambio que se produjo en la cabecera del periódico gijonés, que a la sazón tenía diez años de vida. Entre la información que se podía ver bajo el título, estaban los datos de contacto de la redacción, entonces domiciliada en la calle Santa Lucía, 24. Junto a esa dirección postal, únicamente figuraba la advertencia «No se devuelven originales». Pero el 23 de febrero de 1888 el tipógrafo incorporó una nueva forma de contacto; desde ese día pudo leerse: «TELÉFONO, NÚM. 1». Gradualmente, la novedad se fue extendiendo a otras partes del diario, en particular a los anuncios comerciales de la última plana. El negocio del fotógrafo Enrique Marquerie se convirtió en el primero que, de forma visible, llevó un número de teléfono, el 21, en la publicidad de este rotativo. Ocurrió el 3 de marzo de 1888.

Cambio del paisaje

El primer gran efecto que produjo la llegada del teléfono, incluso antes de que comenzaran a utilizarlo los abonados, se dio en el paisaje. Transformó completamente la fisonomía urbana. Lo describió muy bien un redactor de EL COMERCIO, que informó como sigue de los avances que se iban produciendo en su instalación: «Sus hilos cruzan ya el espacio en todas direcciones, como una red de araña, que de día en día irá espesando sus mallas. En ella se prenden las palabras, como en la admirable labor de aquel animalillo los insectos. A través de esa finísima urdimbre que se cierne sobre nuestras casas cambian sus ideas, se comunican sus órdenes y se transmiten sus planes, comerciantes, industriales y oficinistas. Con ello ganan dinero, ganando tiempo, ya que según el conocido adagio inglés, el tiempo es oro».

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