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Parte del personal de Mercurio en una foto de familia dentro de la misma tienda de la calle de Uría y rodeado de aparatos de radio y otros electrodomésticos.
Así eran las tiendas de Gijón
GIJÓN

Así eran las tiendas de Gijón

Los historiadores Pablo Rodríguez y Carmen Alonso rescatan anécdotas y fotos de un siglo de comercio local. Formarán parte de un libro y el pabellón del Ayuntamieto en la FIDMA

ANDRÉS PRESEDO

Domingo, 24 de marzo 2013, 23:38

Año 1972. Botas, el novedoso proyecto comercial basado en los nuevos aires del marketing imperante en los Estados Unidos, marcaba un hito en las relaciones con sus empleados. La empresa se gastó, solo en ese año, la nada despreciable cantidad de 1.385.290 pesetas en su Programa Social, conocido por las siglas PSB. Pero, ¿en qué consistía?, ¿cuáles eran sus bases? Al día de hoy sería considerado, cuando menos, como una broma: Botas pagaba dote matrimonial a las empleadas que contraían matrimonio. Eso sí, pasar por la vicaría les suponía el despido inmediato. Sucedía eso con las mujeres de la plantilla, no con los hombres que, por supuesto, se quedaban sin la dote. Pero es que, además, había primas por matrimonio, viudedad, hijos.... Era la filosofía de Botas, un hito del comercio de Gijón en los años 70 y 80 del pasado siglo, pero, de alguna forma, simboliza el pasado de la actividad minorista en la ciudad, marcada, en la mayor parte de los casos, por unas relaciones casi paternalistas con el empleado. Y es que, por ejemplo, en Mercurio, el histórico establecimiento de la calle de Uría, los trabajadores participaban en torneos de fútbol en la playa que organizaba la empresa. Más allá iban los promotores de la prestigiosa tienda de telas La Sirena, en la calle Corrida, que retenían dinero del salario de sus trabajadores a modo de plan de pensiones para que, cuando decidieran irse o independizarse, no lo hicieran con las manos vacías.

Las anécdotas serían interminables, casi tanto como pretender resumir la historia de más de un siglo del pequeño comercio de Gijón en pocas líneas. Un trabajo mucho más ambicioso se han marcado los historiadores Pablo Rodríguez y Carmen Alonso que, con el apoyo del Ayuntamiento y de la Unión de Comerciantes, están recopilando viejas historias y documentación para, como les gusta decir, crear un «banco de recuerdos» del comercio local. Todo se convertirá en un libro. Antes, mucha de esa documentación se presentará en el pabellón del Ayuntamiento en la próxima Feria de Muestras de Asturias. Será un viaje por la nostalgia. Muchos emblemas de Gijón han desaparecido, pero otros siguen en pie y forman parte de la historia que no merece, por sus protagonistas, ser olvidada. Botas, La Sirena, Casa Rato, Mercurio o La Tienda de Esther son cinco ejemplos de aquellos emprendedores. Podrían ser otros, muchos más. Todos tienen su pequeña historia, sus anécdotas, sus peculiaridades. Estas son algunas de ellas.

Mercurio Bombillas en la posguerra

Del estraperlo al alquiler de la primera televisión

Si de pioneros se trata, qué mejor ejemplo que Mercurio Martínez, aquel perito industrial eléctrico que, en los tiempos de la posguerra, iba por los pueblos poniendo música con una gramola y con una pequeña cámara de cine alquilando locales para exhibir películas. Fue el fundador, en 1945, de la tienda de la calle Uría. Allí vendía bombillas, cables, tubos flourescentes, altavoces, aparatos de radio y televisión y todo lo que tuviera que ver con ese mundo. Era capaz de subir a un monte para captar la señal de radio y escuchar los partidos de fútbol. No eran tiempos fáciles y tenía que acudir al estraperlo para obtener material para su trabajo, linternas de los Estados Unidos o lo que fuera preciso. El 25 de noviembre celebraba San Mercurio con sus empleados (llegaron a ser más de 35), con un partido de fútbol y una comida. Por sus manos pasó la primera televisión de Gijón, cuando los aparatos eran, en ocasiones, alquilados. Comprarlos era prohibitivo cuando se hablaba de 85.000 pesetas. Además, en la memoria de los gijoneses veteranos estará el árbol de Navidad que todos los años, con sus luces, ubicaba en la acera de Uría. Sus herederos siguieron esa senda y el comercio sigue, sino en el mismo lugar, casi al lado. De Mercurio Martínez se mantiene el orgullo de marca y una senda comercial intachable.

Botas Nuevo aire para los años 70

Formación separada para los hombres y las mujeres

Si algo cuidaba Botas en sus establecimientos era la imagen, el diseño, el sentido de marca. En Oviedo abrió su primer establecimiento y su continuidad lo tuvo en Gijón, en la calle de Los Moros 47, también con fachada a Enrique Cangas. Tres plantas en las que se conjugaban los precios más populares con artículos de marca y de lujo. La inauguración fue el 29 de mayo de 1970. Mucho antes se había realizado la primera selección de la plantilla, en su inmensa mayoría, casi un 90%, mujeres. Dos condiciones previas: Jovencitas y solteras. La mayoría no duraban demasiado ya que, lo sabían, causaban baja nada más que se casaban. Eso sí, se iban con una dote que aportaba la empresa, a través de su Programa Social, una especie de club interno que marcaba las relaciones con la plantilla y a través del cual se repartían las diferentes prestaciones. Incluso las bodas de las empleadas salían publicadas en el boletín de la empresa, como actos sociales reseñables. Eran despedidas del trabajo, pero, se quería aparentar al menos, no olvidadas. A los empleados se les daban cursos permanentes de formación, pero no sólo en ventas, sino también en ortografía, normas de educación, inglés o cursos de especialización en tejidos, entre otros. Estos cursos se impartían por separado al personal masculino y al femenino.

Botas marcó un antes y un después del comercio en Gijón. Sus promotores partían de unas avanzadas ideas en marketing, siguiendo las pautas marcadas en los Estados Unidos, y el cuidado de los escaparates era muy especial. En 1988 no pudo aguantar la presión de la crisis y cerró sus puertas, pero, para muchos, el inmueble de la calle Los Moros sigue siendo eso, el local de Botas.

La Tienda de Esther 1954 la vio nacer

Sin agua, sin calefacción y casi sin espacio, en El Coto

Tenía Esther Candás 32 años cuando llegó a Gijón procedente de la aldea colunguesa de Luces. Casada y con dos hijos, atesoraba cierta experiencia de atención al público aprendida en su pueblo y decidió ponerla en práctica. Era partir de cero y, por supuesto, sin apoyo financiero alguno. ¿La solución? El traspaso de un local de apenas 11 metros cuadrados en la esquina de las calles Reconquista y San Francisco de Asís, detrás de los Jesuitas, en El Coto, cuando el barrio estaba con las calles sin asfaltar. No era extraño que tuviera que acudir a la tienda en madreñes para sortear el barro en el que todavía sobrevivían muchas huertas y, por ejemplo, las denominadas 'Casas de don Pepito'. Allí, Esther, con dos escaparates ínfimos, se creo su propio mundo, un lugar de encuentro para los vecinos auspiciado por su carácter amable, donde vendía casi de todo: desde colonia a granel a polvos compactos; desde el perfume 'La joya' hasta pintura plástica 'Bruguer' o 'Titán'. No tenía baño, ni agua, pero sí teléfono. No eran pocos los soldados de El Coto que lo utilizaban. Vendía cobertores, sábanas, mantelerías, pero también camisetas, papel pintado, agujas al por menor, botones, detergentes y hasta papel higiénico 'El Elefante'. ¿Como podía hacerse todo ese trasiego en apenas 11 metros cuadrados de establecimiento? Pues a base de esfuerzo e imaginación. La pequeña farmacia, con optalidones, tiritas, aspirinas..., encontraba su acomodo en un taburete que, a su vez, servía de asiento y escalera. Hablar de probador era casi una entelequia y para ir al servicio, Esther no tenía opción: acudir, de favor, al cercano bar-tienda Casa Ángel. Allí, con la fuente pública enfrente, estuvo hasta los años 70. Veinte años cerrando las contraventanas de seguridad de forma artesanal. Ahora, jubilada hace años, observa, enfrente de lo que fue su local, la nueva tienda Esther Vallina. Es de moda, de ropa. Es la segunda generación.

La Sirena En la calle Corrida desde 1911

Telas importadas, en un edificio con ascensor

Todavía en la calle Corrida queda, en la parte superior del edificio diseñado por Manuel del Busto, el emblema de Almacenes La Sirena. Han pasado más de cien años, fue en 1911, cuando José Arias Menéndez, un indiano retornado de Cuba, creó la afamada tienda de telas. Era todo un lujo. Un edificio entero, el primero, que contó con calefacción central y ascensor. Allí llegaban las mejores telas de Inglaterra o Francia. Se dice que no tenían miedo a la competencia porque, simplemente, entendían que eran mejores y más competitivos. Eran tiempos en los que a Gijón venían sastres de Madrid en verano con las nuevas tendencias de moda. La calle Corrida estaba repleta de sastres y modistas. En la guerra civil, el edificio fue decomisado por el bando republicano, que estableció allí su mando, pero mucho antes, la empresa tenía por costumbre el destinar parte del salario de sus empleados a una especie de plan de pensiones personal. Así, cuando se fueran, no lo hacían con las menos vacías.

Hubo otras destacadas tiendas de telas, caso de El Tritón o Meana, entre otras, pero La Sirena siempre presumió de ser la número uno. El nacimiento de la prenda confeccionada empezó a marcar el principio del fin de este tipo de mercado de telas. La pañería, lencería, lanería, alfombras y visillos tenían, en aquel formato, los días contados. La Sirena cerró sus puertas. El edificio sigue en pie.

Casa Rato De las tortitas a la vaca

Catering de lujo en bandejas de plata

Casa Rato, en la calle Corrida, era más que una cafetería, un salón de té. Un punto de encuentro de parte de la alta sociedad, un lugar agradable donde comer sus famosas tortitas, atendidos por camareras con su cofia y delantal. Su nombre original fue 'La dulce alianza', pero luego, por mor de Joaquín Rato, su fundador, pasó a ser Casa Rato. Al margen de degustaciones culinarias, el escaparate de aquella cafetería fue durante años un imán para los más pequeños. ¿El motivo? Muchos recordarán aún la vaca que allí lucía sus galas y que, incluso, movía el rabo. El animal y auténtico emblema durante años de la pastelería, se asegura aún es conservada por los herededos como una joya del pasado. Pero es que Casa Rato tenía ya entonces un potente catering del que se surtían familias de alta sociedad. Era de lujo hasta el punto de que las bandejas en las que se llevaba la comida a los domicilios eran de plata. El obrador y los cocineros trabajaban con fachada a la trasera calle del Agua. Hoteles y particulares utilizaron ese servicio que marcó una época y es que en Casa Rato se encontraba el mejor producto, los mejores vinos olorosos y hasta las apreciadas y recordadas pastillas de 'toffee'.

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