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ALEJANDRO CARANTOÑA
Domingo, 20 de enero 2013, 02:41
Ya lo hizo Schiller a finales del siglo XVIII: tomar un pedazo de la Historia (el triángulo Felipe II, Isabel de Valois y el infante Don Carlo) y retorcerlo y adaptarlo a sus pulsiones literarias. A modo de teléfono roto, casi un siglo después François Joseph Méry y Camille du Locle tomaron el texto de Schiller e hicieron lo propio para una ópera, 'Don Carlo', que Verdi compuso con ocasión de la Exposición Universal del París de 1867. Y ahora, que se cumplen doscientos años del nacimiento del genial compositor italiano, le toca el turno de «releer» los acontecimientos al director de escena Giancarlo del Monaco, que a partir del próximo jueves 24 sube al escenario del teatro Campoamor su 'Don Carlo' para la Ópera de Oviedo.
Sarah Schinasi, directora de la reposición, apunta en un descanso a los elementos básicos de esta ópera: «Amor y poder», un «cruce» con aroma a conflicto, como añade Allegra Bernacchioni, escenógrafa encargada de la reposición. A partir de ahí, Del Monaco, explica Schinasi -ella está al frente de la producción en ausencia del director italiano, hijo del famoso tenor Mario del Monaco-, ha decidido «basarse más en los hechos históricos que en el libreto. Por ejemplo, en el profundo amor entre Elisabetta de Valois y Felipe II, mientras que la relación de ella con Don Carlo era más fraternal, debido a que se llevaban muy pocos años. Giancarlo es un enamorado de la Historia, capaz de leerse unos tochos enormes.»
Esta visión, que no obvia la leyenda negra sobre el fin del infante Don Carlo (Verdi edulcora la orden de matarle que da su propio padre, Felipe II), se traduce ante todo en una transformación integral de la caja escénica: «Es un gran mapa e imágenes», señala Schinasi, «de ese imperio español donde no se ponía el sol, y que oprime al infante Don Carlo nada más empezar la función. Él tiene una pulsión política, también algo revolucionaria (lo que quiere hacer en Flandes, en otro contexto que nada tiene que ver con el español), y ese Gran Imperio también le agobia, le impide desarrollarse como él hubiera querido. No es solo una historia de amor romántica como la plantea Verdi».
La historia de amor también se ha llevado, así, unas gotas de amargura por el camino de la relectura de Del Monaco: mientras que en Verdi solo se explora el amor a la manera decimonónica, aquí se desarrollará «el conflicto interior de Elisabetta de Valois», papel que debuta la soprano tolosarra Ainhoa Arteta. «Ella, Elisabetta, -advierte la directora de escena- viene de otra corte, de otra cultura. De otra forma de entender el amor, los protocolos, la sexualidad...»
Así es capaz de desgranar rasgos muy concretos de cada uno de los personajes principales, desde ese Don Carlo atormentado hasta su querido Rodrigo, Marqués de Poza, que quizás corran el riesgo de perderse entre el monumental coro y figuración (hasta 140 personas en escena). «Cuando trabajo -explica Schinasi, alumna de Del Monaco- no pienso solo en la escena principal. Planteo de la geografía de la escena y luego bajo al detalle, les doy a los cantantes el porqué los actos, alguna pincelada de la psicología de sus personajes...». Este es el proceso al que el equipo dedica esta última semana previa al estreno, tras haber 'marcado' las líneas esenciales en los primeros días de trabajo.
Un enfoque que tiene que ver, pues, con una concepción actoral de los cantantes y, del público, «como si fuera una cámara». Con sus primeros planos, sus focos de atención y detalles en mitad de esa multitud, que concitó hace dos semanas la mayor audición de figurantes de esta LXV temporada de la Ópera que llega a su fin.
Esa caja escénica transformada, por la que se cuela el cielo brumoso (el mismo que se utilizó en 'Peter Grimes' hace un año), es la única licencia «moderna» que se ha permitido esta producción por lo demás «naturalista», trufada de detalles históricos, con un Cristo de más de tres metros y una enorme estatua de Carlos V. Siempre detalles: «Me llaman 'la gota china'», ríe Schinasi.
«En general», añade, «no me gustan mucho las transformaciones de época en la ópera. Se trata de un hecho histórico, y creo que hay que tener mucho cuidado de cambiar cosas. Se hace muy difícil de transportar cuando en el libreto hablan de una moneda, de un hecho, de algo muy concreto».
Con todo, aquí contarán con algo más de margen de maniobra, dado que la versión que llega a Oviedo es la estrenada en Milán en enero de 1884, una de las seis que existen. Esta omite el primer acto original del estreno parisino, que comienza con una escena en el bosque de Fontainebleau, tal y como señala Ainhoa Arteta, en la que se traza una relación abiertamente romántica entre Elisabetta de Valois y Don Carlo.
Al carecer de este forzado trasfondo, además de «profundizar en la ambigüedad de la relación entre los dos», como apuntaba Arteta en estas mismas páginas hace una semana, la propuesta de Del Monaco también dibuja las aristas menos amables del infante: sus defectos físicos, sus inseguridades y obsesiones. Felipe II, por su parte, concentra el halo «imperial», en palabras de Schinasi y Bernacchioni, que envuelve a la producción, sobre todo gracias ese ambiguo final: «Se le muestra como un hombre al que no le tiembla el pulso cuando tiene que quitar de en medio a alguien. Que no se conforma con culpar a Rodrigo, el amigo del alma de Carlos, sino que si ha de ser su propio hijo el que muera, lo será».
Así se urde un espectáculo de grandes dimensiones, muy en la línea de Del Monaco (tiene una 'Carmen', de Bizet, con hasta 300 artistas en escena: «Esto no es nada», apunta Schinasi con una sonrisa), para vestir la ópera que obsesionó a Verdi, y una de las que recibió más atención y sufrió más modificaciones sobre su concepción original.
Y ahora vuelve. Más real si cabe, en fin, en cuanto a los propios hechos que relata, más multitudinaria, más grande... Más Verdi que el propio Verdi.
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