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«'Don Carlo' sin preparación es un suicido»
Cultura

«'Don Carlo' sin preparación es un suicido»

El día 24 debuta en Oviedo «uno de los papeles más compactos» del repertorio verdiano en el bicentenario del compositorAinhoa Arteta Soprano, Elisabetta de Valois en 'Don Carlo'

ALEJANDRO CARANTOÑA

Domingo, 13 de enero 2013, 18:22

El saludo a Ainhoa Arteta es con la mano y a una distancia prudencial, con el fin de no contagiarle un catarro invernal a menos de tres semanas de que debute el papel de Elisabetta de Valois en el 'Don Carlo' de Verdi, que a partir del 24 de este mes cerrará la XV temporada de la Ópera de Oviedo. Será en la producción de Giancarlo del Monaco, dirigida por Corrado Rovaris, la acompañan entre otros Felipe Bou (Felipe II) Stefano Secco (Don Carlo), Juan Jesús Rodríguez (Rodrigo) y Alexandrina Pendatchanska (Princesa de Éboli).

Y Arteta se ríe en el patio de butacas del teatro Campoamor: «Son muchos años de profesión, y ya no soy aprensiva ni le tengo miedo a un catarro. Hemos aprendido a cantar así: es más, te da cierta tranquilidad saber que puedes cantar acatarrada». Pero no hay ni rastro: está en plena forma.

-Pasó por Oviedo en octubre para un concierto en el Auditorio; entonces, estaba estudiando el papel y acababa de encontrar un matiz en el último acto que, decía, marcaba la relación entre Elisabetta y Carlo. ¿En qué ha quedado la química entre ambos?

-De quien ella está enamorada de verdad es de Felipe II. Verdi explota más la vena romántica, pero el amor va más de él hacia ella que a la inversa. Ella le quiere, sí, pero es más fraternal, es de otro tipo. Y animará a Carlos, que es una especie de héroe para ella.

-¿Algo pérfida, de alguna forma?

-De toda la investigación que he hecho extraigo que es de todo menos pérfida. Al revés, es una pacificadora. Es una mujer de naturaleza bondadosa pero educada para ser reina. Durante toda la obra se desarolla una lucha entre deber y el afecto.

-Me refería más bien a una perfidia sentimental, a esa que ya pone Schiller en la obra de teatro en la que se basa esta ópera, cuando parece decirle que lo suyo nunca podrá ser pero que bueno, que la haría tan feliz si alguien fuera a Flandes... Algo más tipo 'El graduado'.

-(Risas) ¡Hombre, es que es mujer! Es un punto femenino que nos distingue a hombres ya mujeres: evidentemente hay que equiparar derechos, etcétera, pero jamás se podrán igualar los sexos. Ya lo decía el libro: los hombres vienen de Marte y las mujeres, de Venus.

-Verdi introduce en ese primer acto (que en esta versión, una de las seis que existen, no se incluye), una escena inicial que en Schiller no aparece y que fija entre los dos una relación de amor muy evidente. ¿Cómo influye?

-Si se hace ese primer acto, por fuerza hay que trabajar sobre la relación romántica. De esta forma, sin embargo, se puede jugar con la parte más veraz de la historia, con esa relación casi fraternal entre los dos.

-Ya en el plano técnico, se dice que esta es una de las óperas con las que Verdi más se obsesionó, y estuvo muy encima de ella. ¿Se nota?

-Para mí, es de las más compactas y densas de Verdi. Yo he llegado hasta Elisabetta después de hacer muchas heroínas: es una ópera de una factura muy grande, sin concesiones para nadie. Hay que llegar a ella cuando ya eres un cantante maduro, que exige saber medirse durante la obra y conocer tus límites y tu capacidad.

-¿Puede ser ese el motivo para que, sin ánimo de desmerecer, no se haya convertido en un título tan representado como 'La Traviata' o 'Rigoletto'?

-Encontrar a un elenco para 'Don Carlo' no es fácil. Antes, que se apostaba por carreras más largas, sí, pero ahora cuesta más. Porque los cantantes que llegan a 'Don Carlo' no lo hacen por casualidad: si no estás preparado, es un suicidio.

-Vamos con la ristra de efemérides de este 2013: bicentenarios de Verdi y Wagner, centenario de Benjamin Britten y, además, veinte años desde que usted ganó las audiciones en el Metropolitan Opera House de Nueva York...

-De Britten he hecho las 'Iluminaciones', que me encantan pero que son muy difíciles de programar. Con Verdi tengo una afinidad palpable, y con Wagner... para nada. Queda fuera de mi tipo de voz. En cuanto a los 20 años del Met (23 desde que debuté como cantante), sí quiero decir que entonces, que yo tenía 28 años, a los de las audiciones nos hacían pasar horas y horas y horas sentados en platea viendo a los más grandes (Sutherland, Carreras, Gruberova, Kraus...). Todos habían pasado de los 40, estaban en su madurez vocal. Y ahora he visto a jóvenes de veintipico asumir los mismos papeles que entonces. Esto son carreras de fondo, y no se puede extrapolar el mundo de la imagen y de Hollywood a este porque luego se rompen.

-Pero ¿quién le para los pies al chaval que se quiere comer el mundo?

-A esa edad es lo que quieres. Pero si se les pide, es una lesión asegurada a corto o medio plazo. Y pueden con ello, porque son jóvenes y los músculos les responden, pero a los 30 y pico es cuando se enciende la luz roja de verdad y se nota la técnica, el dominio. Esta vida, esta carrera, enteramente vocacional, se construye más sobre los 'no' que sobre los 'sí'. A menos, claro, que lo quieras es hacerte millonario (risas). Ten paciencia.

-Por cerrar el círculo, entonces, imaginemos a una soprano de 18 años que el próximo día 24 ve a Ainhoa Arteta cantar la Elisabetta y se dice: «Yo quiero hacer eso ya».

-Vocalmente, si es una soprano dramática desde la base, es muy posible que pueda. Pero emocionalmente le hará falta tiempo... que se tome la carrera con mucho tiempo. Un consejo, que a mí me dio Alfredo Kraus: voz solo hay una, teatros hay muchos y hay que cuidarla con auténtica avaricia. Y otra frase que solía decir él: a la voz hay que cuidarla y escucharla - sobre todo escucharla- y nunca forzarla.

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