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Una de las muchas aves muertas por el vertido totalmente embreada de crudo. :: MARIETA
Las pequeñas víctimas del 'Prestige'
AVILES

Las pequeñas víctimas del 'Prestige'

Cerca de mil voluntarios se volcaron en lavar y alimentar aves dañadas

RAFA BALBUENA

Lunes, 3 de diciembre 2012, 10:59

Aquel otoño de 2002, las alarmas de que un desastre ecológico de grandes dimensiones estaba por llegar a la costa asturiana saltaron en la misma noche en que el petróleo del 'Prestige' tiñó de negro las playas de Muxía. Se hablaba de que las 'galletas' de chapapote no tardarían ni 24 horas en aparecer a la altura del Eo, y que en menos de una semana la marea negra se habría extendido por todo el Cantábrico, dejando un reguero de fauna marina muerta como siniestro testigo de la tragedia.

Y a pesar de que los malos augurios se cumplieron, y que pasados diez años no haya sido posible establecer un cómputo orientativo de cuántas aves marinas pudieron perecer atrapadas entre el crudo o por intoxicación, la catástrofe del 'Prestige' sí tuvo un aspecto positivo en cuanto a respuesta popular. Y es que, además de las brigadas de voluntarios que se afanaron en limpiar las playas y acantilados de restos tóxicos, Avilés acogió un hospital veterinario de campaña cuyo éxito de convocatoria, desde el primer momento, llegó incluso a sorprender a los propios organizadores.

Situado en las dependencias del Puerto, en San Juan de Nieva, el hospital fue una iniciativa de la Consejería de Medio Ambiente, que coordinó el dispositivo junto a la práctica totalidad de asociaciones ecologistas de Asturias. Además, colaboraron diversos profesionales de la salud, en la figura de veterinarios, químicos y biólogos, sin que eso restase mérito al contingente de voluntarios. «No tengo el dato exacto, pero recuerdo documentos cifrando más de 900 personas inscritas allí mismo, que hubo que organizar por turnos y que mostraron mucho interés en ayudar», rememora Manuel Fernández Pajuelo, entonces tesorero de la Coordinadora Ornitológica de Asturias (COA), y uno de los más activos impulsores de esta acción.

Todos esos ciudadanos anónimos se volcaron en salvar a aquellas pequeñas víctimas, mayormente aves como araos, alcas, gaviotas, frailecillos, pardelas, cormoranes o incluso algún alcatraz. O por lo menos a intentarlo. Distribuidos en equipos, según iban llegando los agentes del Seprona con las aves 'petroleadas', el protocolo era claro y organizado. «Primero, limpieza de las aves, con jabón neutro y agua por personal experto», señalan David Díaz y Cesar Álvarez, miembros del Grupo Ornitológico Mavea, a través del cual César también estuvo muy implicado en la labor de aquellas difíciles, pero intensas fechas. Luego, tras el oportuno análisis veterinario, se les hacían las curas necesarias, se las distribuía por especies en cajas acomodadas «y la mayor parte del tiempo restante, los voluntarios se encargaban de alimentar a los pájaros con suero o con pescado», señala el ornitólogo.

Con todo, y sin restar méritos a los implicados «hubo varios problemas, tanto biológicos como de coordinación», señala César Álvarez. David Díaz lo ilustra del siguiente modo: «Ocurre que, por desgracia, el éxito de supervivencia de las aves en estos casos suele ser muy bajo». Las razones «son varias y van desde los efectos de la intoxicación alimentaria por el petróleo, que puede prolongarse mucho tiempo en el organismo, hasta la pérdida de la capa de grasa que tienen estas aves» indican los expertos.

El hecho de que los pájaros no recuperasen todo ese aceite que cubre el plumaje, en una época de intenso frío y con el condicionante de que son aves que viven en el medio acuático tuvo una problemática añadida. «Por cuestiones seguramente precipitadas, se decidió liberar a muchos de los ejemplares recuperados antes de tiempo», constata César Álvarez. Y David Díaz añade que «muchas alcas y araos fueron soltados en la costa de Portugal, en una zona libre del vertido, pero al poco ese lugar apareció lleno de aves muertas, casi seguro que por no haber podido recuperar la totalidad del fluido graso».

Pajuelo, por su parte, resume así aquella experiencia de casi tres meses. «Lo mejor fue cómo se volcó la gente; lo peor, que pese a las promesas de la Consejería, seguimos sin un centro de recuperación, con lo que estamos igual de desprotegidos si algo así pasa otra vez», avisa.

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