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RAMÓN AVELLO
Viernes, 16 de noviembre 2012, 04:06
El Teatro Campoamor ovacionó con profusión la magnífica versión del 'Turandot' que se estrenó ayer en Oviedo, dentro de la temporada de ópera. Aplausos e interrupciones que dejaron bien a las claras que el público agradecía el espectáculo, pleno de fuerza visual y con una calidad vocal excepcional. 'Turandot' es un drama lírico que requiere una gran profusión de medios, desde orquesta de gran densidad a coros omnipresentes y omnipotentes, así como variedad de registros vocales y una escenografía que, si se plantease de manera realista o cinematográfica, sería algo así como 'La Ciudad Prohibida'. ¿Cómo representar todo ello con medios escénicos más que limitados? La concepción de la ovetense Susana Gómez y su equipo parte, por un lado, lo que se podría llamar 'el sincretismo', el aprovechamiento de otras producciones diversas del Campoamor en aras de una nueva obra. Por otra, una concepción conceptual familiar al espectador de hoy. En el escenario llamaba la atención una plataforma giratoria sobre la que se recrean las diferentes escenas y el sentido esquemático de los movimientos, que redundan en el carácter de cuento simbólico de 'Turandot'. Una gran escenografía.
El Puccini de Turandot estaba fascinado por la música oriental y también por las armonías más avanzadas de su tiempo, desde Debussy hasta Schömberg. Todo ello se traduce en una orquestación colorista y variada, cargada de intensidad expresiva y al mismo tiempo delicadeza tímbrica. Gianluca Marciano, al frente de la orquesta Oviedo Filarmonía ofreció una versión llena de vida, muy colorista, siempre subrayando los motivos con una acertada disposición de los metales, tanto en el foso como en alguna de las plateas.
El coro es la voz del pueblo, tanto en un sentido plástico -el coro es el pueblo chino - como en un sentido moral, al acompañar y expresar las acciones de los solistas. Destacamos en primer lugar el coro de niños de la escuela de música Divertimento, voces blancas perfectamente afinadas. También la potencia y la dinámica, con muchísimos matices, del coro de la Ópera de Oviedo, que crea esos efectos imponentes dentro de una sonoridad muy empastada y ordenada.
Entre los personajes de 'Turandot', los ministros chinos Ping, Pang y Pung, a los que Puccini llamaba «las mascaras», entroncan con los personajes de la 'commedia dell'arte', del setecientos. Manel Esteve, Vincenç Esteve y Mikeldi Atxalandabaso representaron magníficamente con esa mezcla de humor y sabiduría popular los papeles de los mandatarios chinos. El bajo Kurt Rydl hace de Timur, el rey exiliado, un papel que, aunque reducido, obtuvo de su intérprete una potente sonoridad de bajo y una enorme fuerza dramática. Stuart Neill es un tenor de registros más líricos que dramáticos. Encarna el papel de Calaf con momentos bellísimos como el famoso 'Nessun dorma' . Elisabete Matos ya había dejado un bellísimo recuerdo hace dos años como Isolda. Con Turandot, repite el éxito, especialmente hay que destacar el aria 'In questa reggia' en la que pasa por todos los registros del canto. La gran sorpresa fue la soprano japonesa Eri Nakamura que entresaca toda la dulzura y humanidad de la esclava Liú. El aria 'Signore, ascolta', cantada con gran dulzura y lirismo expresivo y una calidad vocal conmovedora, recibió como respuesta automática los aplausos del respetable, que volvieron a premiar a la cantante en 'Tu che di gel sei cinta', la escena del suicidio.
En general, una escenografía muy inteligente, una dirección musical bellísima y apasionada, y un elenco de gran fuerza y pasión. Así la ópera alcanza sus más altas cimas expresivas.
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