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ALEJANDRO CARANTOÑA
Lunes, 17 de septiembre 2012, 11:10
Ascensor, piso quinto. Una oficina demasiado iluminada y varias plantas, archivadores y cajas. Hay tres tipos sentados, charlando, esperando a que los llamen para cruzar la puerta aledaña. Ahí se oculta otro mundo: son las ocho menos cinco de la tarde y está a punto de comenzar la temporada de ópera, 120 años después de que se alzara el telón de la primera. Y detrás, cuando el esmoquin más rezagado aún se asienta, están pasando muchas cosas. Como ocurrirían hace 120 años. Como siguen ocurriendo.
La controvertida caja escénica del Campoamor es un espacio gastado y pintado de negro por el que corretean mil sombras; algunas vestidas de camiseta y con el comunicador en la cabeza; otras con chistera y levita, calentando la voz. Unos diez metros más arriba, un corredor ofrece una perspectiva a media altura; y tras un tramo de estrechas escaleras de madera, una que empieza a ser vertiginosa. Pero lo peor está por llegar: a 22 metros del suelo se encuentra el peine, el punto más alto de cualquier teatro, donde se hallan los motores y unas finas traviesas sobre las que, al caminar, se domina la perspectiva cenital del escenario. Con la cabeza agachada, eso sí: el espacio en altura no da para más.
El peine del Campoamor es de madera. De madera crujiente, aunque tersa y segura una vez que uno se atreve a pisarla. Es de los pocos que quedan así: aunque está reforzado, no ha perdido la solera de hace medio siglo, con las ventajas e inconvenientes que ello conlleva. En tiempos, ahí al lado estaba la ahora desaparecida sala de telares.
Menos de un minuto. La función va a comenzar: detrás del telón, en el patio de butacas, se escucha un aplauso y alguien, sobre el escenario, bromea. Víctor García Sierra, caracterizado como El Magistrado de 'Werther', se echa hacia atrás en su silla y mira a lo más alto, más allá de los focos, y estira los brazos y las piernas y abre mucho la boca. Va vestido con levita, como, quizás, vestiría alguno de los asistentes a aquella primera función de 'Los Hugonotes' de Meyerbeer el 17 de septiembre de 1892.
Pero frente a él, apoyado en el lado opuesto de la mesa, está Artur Gonçalves, regidor de la ópera vestido con ropa de trabajo y un inalámbrico a la cintura, que tamborilea con los dedos con la partitura de Massenet delante, concentrado, mientras que suena el preludio de fondo. En las alturas, una voz susurra «prevenido» a su comunicador, confirmando que ha escuchado la orden, y acciona una palanca, y cierra los puños sobre una gruesa soga, de la que pende el sistema que guía el telón. Alguien se persigna. Abajo, el último retazo del siglo XXI (Gonçalves) se encamina hacia la puerta del fondo del escenario, y saluda en silencio a los niños del coro de la escuela de música Divertimento, colocados junto a la pared para empezar el espectáculo, y deja el espacio sumido, en fin, en otro siglo. En el siglo XIX.
Telón: «Assez! Assez! M'écoutera-t'on cette fois?», proclama Sierra al coro infantil. 'In bocca al lupo', en la boca del lobo: oficialmente, la temporada de ópera ha empezado. Y hoy volverá a pasar, y hoy, así, se cumplirá el aniversario.
La ópera se ha convertido en el espectáculo técnicamente más exigente de todos los que acoge el teatro con regularidad, lo cual hizo que en 2008 la Ópera de Oviedo adquiriera intercomunicadores inalámbricos para dar las órdenes. Antes, explica Albert Estany, jefe de regiduría, en la prehistoria prácticamente, habían de darse mediante un sistema de timbres (que siguen funcionando). Luego, llegaron los comunicadores por cable. Herramienta imprescindible para él, ya que su trabajo consiste en que todo encaje: él está situado delante de dos pantallas de televisión en las que se ve al director de orquesta Yves Abel de frente y, al lado, el escenario completo. Mientras, pasa las páginas de la partitura, trufada de anotaciones, y da órdenes a través de un micrófono: «Josep Bros a escenario», avisa. Al punto, se abre la puerta y José Bros entra en silencio, y se calza el abrigo y espera la señal de Estany para cruzar el umbral y sumergirse en la límpida escenografía.
«Esta producción es sencilla», dicen Antonio López, Jesús Lafuente y Alfonso Malanda -jefes técnico, de utillería y de luces de la ópera-. No siempre ha sido así: desde que los decorados estáticos pasaron a mejor vida, en el teatro se las han tenido que ver y componer con todo tipo de retos. Para muestra, dos botones: la escenografía de 'Peter Grimes', en la temporada pasada, no cabía en el teatro y había que almacenarla en la calle durante las funciones. Y durante el estreno de 'Tannhauser', en 2005, se les estropearon los intercomunicadores durante la obertura. Pudieron darle luz roja al maestro y parar la función, pero decidieron seguir a la vieja usanza: «Cadena humana y mucho cuidado».
Han pasado 120 años, pero ciertas cosas no han cambiado desde que 'Los Hugonotes' de Meyerbeer inauguraba este teatro en una tarde que amenazaba tormenta, como publicó EL COMERCIO en su día. Por ejemplo que hoy, Bros tomará aire y saldrá con decisión al segundo acto, y atacará 'J'aurais sur ma poitrine': «C'est moi, c'est moi...», como el martes pasado, en el estreno. Lo que sí ha cambiado: ahora el escenario es tridimensional; el fraseo, distinto; y la actuación, además de la música, parte esencial de la ópera. Pero otras cosas siguen inmutables, inasequibles al paso de los años: frente a su partitura, Estany, lanzado, mueve los labios al son de Bros sin que nadie le vea, y arquea las cejas en las cotas altas de un aria que conoce bien, atento al próximo cambio. Desde un lateral, se les ve a los dos en paralelo haciendo lo mismo. El uno, para su público. El otro, casi a oscuras, para sí mismo. Es eso -el alma de un teatro, en fin- lo que no ha cambiado.
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