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ALEJANDRO CARANTOÑA
Domingo, 16 de septiembre 2012, 13:00
Corría el siglo XIX y aquel teatro no daba más de sí. El Teatro del Fontán, antes Casa de Comedias -inaugurada en 1670- «se caía a trozos», como recuerda la profesora de musicología de la Universidad de Oviedo María Sanhuesa, que actualmente investiga la historia de aquel teatro. «Sentarse en una de sus butacas, al final, implicaba echar la ropa a perder».
Así fue como empezó una aventura, capitaneada por el entonces alcalde, José Longoria Carbajal, para construir un flamante teatro para la ciudad, uno que satisfaciera la capacidad esperada (el Fontán, tras su ampliación, apenas llegaba a 600 localidades) y el horizonte del siglo XX, que ya asomaba a lo lejos.
La decisión se tomó en 1876, aunque toda una serie de complicaciones de todo tipo -fundamentalmente económicas- empezaron a trabar los avances del que, finalmente, se convertiría en el Teatro Campoamor por intercesión de Leopoldo Alas 'Clarín', que propuso el nombre en 1890 en el consistorio ovetense.
Porque hubo una inauguración de las obras «con gran solemnidad», como cita Luis Arrones en el primer volumen de su 'Historia de la Ópera de Oviedo', en 1883, pero el teatro aún tardaría en inaugurarse 9 años, hasta el 17 de septiembre de 1892. Hace, exactamente mañana, 120 años.
Según desvela Arrones, incluso la apertura hubo de postergarse un par de días: iba a ser el 15 de septiembre y acabó siendo el 17 debido a las gestiones para contratar con los primeros artistas, con una representación de 'Los Hugonotes' de Meyerbeer que, según relata el cronista, no debió de ser demasiado brillante a juzgar por las reseñas publicadas en prensa. Además, 'Los Hugonotes' es, ya de por sí, una ópera ciertamente olvidada en el repertorio lírico: figura en el puesto 572 en cuanto a volumen de representaciones en Operabase, sitio de referencia.
A 'Los Hugonotes' siguió 'Lucia di Lammermoor', ópera que, casualmente, ha acompañado la trayectoria vital del teatro desde entonces: también se presentó en la I temporada de Ópera de Oviedo, en 1948, y también se representará esta temporada, dentro de menos de un mes.
Cuenta Arrones que los abonos de aquella primera temporada de 1892, con 20 funciones, costaban: «palcos y plateas, 800 pesetas; palcos de segundo piso, 400; de tercero y cuarto, 300; butaca de patio, 140; delantera de galería, 80; delantera de paraíso, 55. Y precios por fuera de abono: Palcos y plateas, 50 pesetas; palcos de segundo piso, 25; de tercero y cuarto, 20; butaca, 9; delantera de galería, 5; asiento de galería, 3,50; asiento de paraíso, 1,50».
Hay algo en el Campoamor que no ha cambiado en todo este tiempo. Tal y como explica Sanhuesa, en referencia a la segunda mitad del siglo XX, «el teatro es un espacio que siempre ha tenido mucha actividad porque, de estar parado, solo genera gastos». Ahora lo conocemos por la temporada de ópera (la segunda más antigua de España, solo superada por la del Liceu de Barcelona); por el joven Festival de Zarzuela (que cumplirá veinte temporadas el año que viene); y por el Festival de Danza, amén de la ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias, teatro, y actos diversos que en ocasiones aprietan la agenda hasta límites insospechados. Así ocurrirá, sin ir más lejos, esta semana: la última función de 'Werther' tendrá lugar el jueves; y el domingo, Montserrat Caballé y su hija, Montserrat Martí, actuarán allí con motivo del aniversario del teatro.
Pero el Campoamor también tuvo otros usos. En 1915, según se indica en su historia en la web del Ayuntamiento de Oviedo, la necesidad de rentabilizarlo hace que se instale un cinematógrafo; sustituido por uno sonoro en 1929 y, en 1930, por un Western Electric, «el mejor de la época». Se siguió programando cine tras la reinauguración hasta perderse en las modernas salas, aunque dicho sea de pasada, en mayo de este año la Universidad programó una proyección de 'Metrópolis' con su partitura interpretada en directo por la Orquesta Oviedo Filarmonía, que tuvo gran éxito.
En cualquier caso, en tiempos de aquel flamante cinematógrafo del año 1930, la Sociedad Filarmónica se ocupaba del Campoamor debido a las apreturas del Ayuntamiento y tenía, de hecho, sus oficinas en el propio edificio. Ardió hasta los cimientos en 1934, quemado por las fuerzas gubernamentales. Lo hicieron para proteger el aledaño convento de Santa Clara, hoy convertido en sede de Hacienda.
Así, el Campoamor reabrió, para encarar la etapa que llega hasta hoy, en 1948, después de otros 14 años de idas y venidas en los que solo quedaba un interior churruscado y la antigua fachada, presidida por dos estatuas de la Tragedia y la Comedia, hoy perdidas.
Aquella reforma ascendió a siete millones de pesetas y, según cita Arrones de las informaciones publicadas por 'La Voz de Asturias', contaba con dos características especialmente prominentes: la lámpara, de más de una tonelada, 8,40 metros de diámetro y que costó 110.200 pesetas; y el telón de boca, «con bordado de pedrería en la Cruz de los Ángeles», que costó 156.000 pesetas. Sobre la lámpara, circula la historia de que existe una réplica exacta en otro teatro de España.
Lejos de mantenerse como en 1948, o de haber sido sometido a los añadidos consustanciales al progreso (véase el telón de seguridad, una plancha metálica que separa el escenario del patio de butacas) el Teatro Campoamor ha pasado por notables modificaciones en todos estos años: Sanhuesa recuerda, por ejemplo, que bajo el patio de butacas existía una maquinaria que permitía elevarlo hasta la altura del escenario, retirar todos los asientos (manualmente, eso sí) y formar, así, un salón de baile. Luego, con la desaparición de toda esta maquinaria bajo el patio, la sala se convirtió en «una sala de fiestas», que hoy es, en fin, una de ensayos, la mayor del teatro.
Todas estas modificaciones recientes se han ido sucediendo en tres intervenciones notables: una en 1986, otra en 1998 y, la última, de menor calado, en 2010. Esta última, tal y como recogía Susana Neira en un reportaje publicado en este diario en febrero de este año, fue la última antes del peligroso desplome de una vara durante el montaje de la zarzuela en marzo de 2011. Aquel incidente, que no dejó heridos pero sí daños estructurales, forzó un examen del estado actual y real del Teatro Campoamor. El actual alcalde, Agustín Iglesias Caunedo, señalaba, no obstante, que acometer la esperada obra de la caja escénica diseñada por el arquitecto José Rivas es ahora mismo impensable debido a la situación económica. Para el portavoz de Izquierda Unida en el consistorio ovetense, Roberto Sánchez Ramos, la reforma es «faraónica» y solo cumpliría «una función operística».
El actual Campoamor, con todo, ha ganado hombros (laterales de escena) con respecto a su versión de 1948, donde antes tenía camerinos. Ha ganado, asimismo, espacio bajo tierra, bajo la plaza del Carbayón, que ahora acoge los camerinos, sastrería, salas de ensayos... Pero a la ópera, en efecto, se le queda pequeño y trabajoso. Y los años se dejan notar, en lo bueno y en lo malo. ¿Tiene para otros 120? Sanhuesa lo tiene claro. «O se hace una reforma integral, o no aguanta».
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