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Concha presume de años ante la cámara, en el salón de su casa de Llaranes. :: MARIETA
Concha, la abuela de Avilés
EL PERFIL MARÍA CONCEPCIÓN MENÉNDEZ MUÑIZ

Concha, la abuela de Avilés

POR J. F. GALÁN

Domingo, 6 de mayo 2012, 05:38

Concha, como la conoce todo el mundo, ha perdido algo de oído, pero conserva intacta la memoria, la lengua, la elegancia y las ganas de vivir. Es una mujer presumida. Espera la llegada del fotógrafo sentada en casa, recién peinada y perfectamente arreglada. Cuando se enfrenta al objetivo se atusa el pelo y dibuja su mejor sonrisa. «¿Saldré favorecida?».

A partir de ahí se lanza a contar su vida, al detalle. Y tiene mucha vida que contar. Empieza por su edad. «Tengo 107 años, seis meses y dieciocho días», dice con sorprendente precisión. Es la abuela de Avilés, de Asturias y puede que hasta de España, y acaba de instalarse, y empadronarse, en Llaranes, al calor de la familia. «Entre nietos, bisnietos y tataranietos tengo veintitrés, más dos hijas y una hermana», Laura, que a sus 102 años, también es un ejemplo de longevidad.

María Concepción Menéndez Muñiz nació en Limanes (Siero) el 15 de octubre de 1904, el mismo día que Salvador Dalí, bajo el reinado de Alfonso XIII. Hija de un ebanista popularmente conocido como 'Sicolín de Pinín' y de Josefa, ama de casa y campesina, como la mayoría de las mujeres de la época, fue la mayor de trece hermanos.

Mucho antes de que el 'Titánic' iniciase su primera y última travesía, Concha embarcó en el 'Cabo Arcona', «el vapor más grande que había en España», y cruzó el Atlántico Sur rumbo a Argentina. Tenía cinco años, y viajaba junto a su tía y madrina, que se llamaba Concha como ella. Zarparon de La Coruña, y dieciocho días después llegaron al 'nuevo mundo'.

Estuvo allí tres años, trabajando, pese a su temprana edad. «Limpiaba el suelo en una calle que se llamaba Avenida Corrientes», recuerda como si hubiera sido ayer. Concha no terminó de cogerle el gusto a Argentina, y tres años después regresó a Asturias, a su Limanes natal.

Un tiempo después, sus tíos, Concha y Eduardo, abrieron dos carnicerías en Oviedo, en Las Caldas y en El Fontán, y ella, que entonces ya tenía 16 años, comenzó a trabajar en Casa Gochín, con un sueldo de doce duros con catorce.

El 29 de mayo de 1925, sábado, se casó con Pepe Fernández, con el que tuvo tres hijos, Pepita, Pepe y Conchita, y del que se separó -entonces no había divorcio- en 1929. En junio del 34 se trasladó a Las Caldas, a trabajar en la carnicería de sus tíos, y tres meses después, estallaba la Revolución de Octubre.

Resumir en unas líneas tal extensa vida resulta tarea imposible. Además de la Revolución del 34, Concha vivió la dictadura de Primo de Rivera, el crack del 29, la II República, la cruenta Guerra Civil, la dura postguerra, el franquismo, la llegada de la democracia y ahora, la crisis. Sufrió la pérdida de un hijo, sacó adelante los otros dos y cuando pisó por primera vez un hospital, como paciente, ya había cumplido los 90.

En la huerta

Concha pasó la mayor parte de su vida en Las Caldas, repartiendo su tiempo entre la carnicería, que regentó durante 50 años, y la huerta, su gran pasión. La atendió día a día, con esmero y dedicación. «Con 106 años planté tres sacos de 25 kilos de patatas, hice lo riegos, quemé la porquería y limpié la huerta, como siempre», asegura.

¿Y cuál es el secreto de semejante longevidad y vitalidad? «Comer lo justo, ni mucho ni poco, y trabajar», contesta. En cuanto a lo de comer, aconseja incluir morcilla en la dieta. «Tiene sangre y cebolla, y eso es muy bueno para el organismo».

Tras la siembra, sufrió un pequeño achaque, del que se recupera en casa de Emilio José, uno de sus nietos. Vive allí, en la calle Río Narcea de Llaranes, junto con su nieta política, Pili, a la que adora, y uno de sus bisnietos, David. También viven allí, en Llaranes, su hija Pepita y otros de sus nietos, Javier, quien durante doce años cuidó de su abuela en su casa de Las Caldas.

Es la niña de la casa, el centro de atención. Pasa buena parte de su tiempo entreteniendo a los demás con las historias que ha vivido a lo largo de su existencia. Lo hace al detalle, con nombres, apellidos y fechas.

Lee los periódicos, «aunque sólo las letras grandes», ve la televisión y le encantan las revistas del corazón. Está feliz, rodeada de cariño y con ganas de salir a la calle, a dar un paseo por su barrio adoptivo. Lo único que le duele, dice, «es incordiar. Yo nunca he dado nada que hacer a nadie. Eso, y un poco las piernas».

Como despedida, Concha lanza una invitación. «Cuando cumpla 110 años lo pienso celebrar, y espero veros entonces, para que me hagáis otra foto. Aquí os espero».

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