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Siete trazos setenta años después
Cultura

Siete trazos setenta años después

Ángel de la Calle dibuja a golpe de palabras a la fotógrafa Tina Modotti, la mujer, la artista y la activista política, que trabajó en España, que viajó a Asturias y que amó a un buen número de hombres

PPLL

Sábado, 10 de diciembre 2011, 03:41

Dentro de un mes se cumplirán 70 años de la muerte de Tina Modotti, actriz, modelo, fotógrafa, espía, activista, revolucionaria... Mujer por encima de todo que vivió como quiso y murió cuando ya no le quedaba más por vivir. Ángel de la Calle, escritor y dibujante de cómic gijonés, hace ya siete años que rescató su vida en una biografía en cómic que se ha convertido con el paso de los años en un libro de culto editado ya en francés, alemán, italiano y portugués y que pronto verá la luz en inglés para el mercado británico y estadounidense. 50.000 ejemplares se han vendido y en España se publica una nueva edición en la que el autor se retrata a sí mismo explicando el porqué de su obra. A setenta años vista y con siete trazos certeros (la mujer, la artista, la activista, sus ciudades, España, Asturias y sus amantes), De la Calle dibuja con palabras a su admirada Tina. ujer de bandera, guapa, inteligente, comprometida, Tina Modotti nació en Udine (1896) y con trece años empezó a trabajar en una fábrica textil. Su cuerpo la convirtió entonces en modelo; su cabeza, años después, en un personaje imprescinble entre la intelectualidad de Estados Unidos, México, Francia, España... Nunca estudió en ninguna universidad pero hablaba italiano, alemán, inglés, francés, español y un poquito de ruso. Aprendió a base de mirar y escuchar, en particular a los hombres que la quisieron. Nunca se casó ni tuvo hijos. No podía a causa de una enfermedad congénita. Ese hándicap le permitió tomar las riendas de su vida. «Es ella la que decide, y hay que tener en cuenta que estamos hablando de los años 20 y 30, y tiene una vida afectiva y sexual muy amplia», dice De la Calle. Fue la primera mujer que se embutió en Ciudad de México en unos pantalones vaqueros. En el mismo DF en el que conoció a Diego Rivera y Frida Kalho murió con 46 años un 5 de enero de 1942. Una de las grandes intrigas de su vida radica en si fue muerte natural o asesinato. De la Calle no cree en la teoría del crimen. Sufrió un ataque al corazón. Su intensa vida justificaba esa muerte. Y probablemente ella no quería vivir más. Ya estaba muerta en realidad. Estaba acabada. Decepcionada de todo. bró el milagro de la imagen con el blanco y negro como aliado. Primero como actriz en un Hollywood entonces mudo; después, empuñando una Corona y una Graflex. Era formalista, como su maestro y amante, Edward Weston, pero le añadió alma y humanidad. Ella no solo hizo fotos, también posó desnuda haciendo arte con su cuerpo. Para Ángel de la Calle si hay una palabra que define como persona a Tina Modotti es «artista». Ese es el trazo fundamental. «Es una mujer que encuentra lo que quiere hacer. Es modelo, es actriz, hizo cuatro películas en 'Hollywood', dos como protagonista, y encuentra en la fotografía la manera de expresarse». Claro que, pese a que sus filmes eran malos de solemnidad, en Los Ángeles comienza ya a mezclarse con la intelectualidad, y es allí donde conoce a Weston. Esa relación sirvió para descubrir su vocación de fotógrafa. Él le enseña el oficio y ella, técnicas al margen, aprende a mirar. En 1995 una fotografía suya se convirtió en ese momento en la más cara de la historia: 165.000 dólares se pagaron por ella en una subasta. Es la autora de instantáneas muy emblemáticas. Son muchísimas las personas que sin saberlo conocen su obra. e casta le viene el compromiso político. Hija de un socialista italiano, vivió en la miseria junto a él cuando emigró a Estados Unidos siendo una adolescente antes de dejarse querer por un Hollywood en blanco y negro. «No necesitaba clases de marxismo para entender que había clases opresoras y clases oprimidas. Lo vivió», explica De la Calle. «Luego tuvo la suerte de ser una esponja. Y sus relaciones fueron desde muy joven con artistas e intelectuales progresistas», añade. Así surge la Tina activista, la misma que vivió durante diez años en el México postrevolucionario al lado de los fundadores del Partido Comunista Mexicano. Se hizo comunista en los años veinte y fue fiel al partido durante toda su vida. Dice De la Calle que fue «una estalinista víctima del estalinismo», que «combatió por causas justas bajo banderas equivocadas». Hubo un momento en el que la política cegó a la artista, pese a que no pasó de ser una militante de base sin cargos de responsabilidad. En los últimos diez años de su vida dejó de hacer fotos y se dedicó en cuerpo y alma al Socorro Rojo Internacional en Rusia, en Francia y España. Claro que hubo algo que no pudo soportar de ese partido que siempre apoyó: «El pacto Hitler-Stalin la mató. Ella iba a recoger los niños bombardeados por los Stukas en España y, de repente, le dicen que el que le tiraba las bombas era su amigo». Regresó a México desde España después de que Estados Unidos le negase la entrada en el país del que tuvo nacionalidad. Llegó a un México distinto y, en parte por obligaciones del estatuto del refugiado, renunció a su carné comunista antes de decir adiós. lvidar su viaje de ida y vuelta y vuelta de nuevo de un lado al otro del Atlántico sería imperdonable. Modotti nació en la ciudad italiana de Udine y emigró a San Francisco siendo una adolescente. Claro que fue Los Ángeles la primera ciudad importante de su vida. Allí conoce a su pimer compañero, el poeta Roubaix de L'Abrie Richeir; allí se instala y empieza a hacer pelis, allí conoce a Weston y desde allí se va con él a México. Es el destino predilecto en ese momento de los intelectuales de la época. Ella ya conoce al muralista Javier Guerrero en EE UU, y él se encarga de presentar a la pareja a todo el que es alguien en ese momento lleno de vida en el que Diego Rivera lo era todo. Corría 1924. Allí se hace artista. Allí entra en contacto con el Partido Comunista. Allí se hace mayor. Allí cumple los 30. En 1930 es expulsada del país y toma rumbo a Berlín. Junto a Vittorio Vidali, su nuevo compañero sentimental, se va Moscú y comienza su trabajo para el Socorro Rojo. Se convierte en espía y viaja a Alemania a liberar camaradas arriesgando su vida. París, en 1934, y Madrid la esperan después. En 1942 regresa a México DF, el lugar al que no quería volver y donde había sido víctima de una auténtica caza de brujas que propició su expulsión, desde España. Un pasaporte a nombre de Carmen Ruiz le permite hacer un viaje sin escala en Nueva York, donde estaba su familia y donde las autoridades norteamericanas no le permitieron desembarcar. En esta etapa europea ya no mira el mundo a través del objetivo de una cámara. El Socorro Rojo centra su vida. al vez no esperaba cuando llega a España en 1935 que la República tuviera los días contados, que pronto llegaría la guerra. Modotti, que vive en Madrid junto a Vidali, se convierte en la responsable del Hospital de Sangre de Cuatro Caminos, en Madrid, y es ella, que hablaba idiomas en un país en el que nadie lo hacía, la encargada de recibir a Bethune, el médico canadiense que instauró las transfusiones en campaña. Muchas vidas se salvaron gracias a él, y muchos niños españoles fueron alejados de las bombas merced al trabajo de la ya exfotógrafa. Aquellos barcos que hemos visto en blanco y negro rumbo Rusia tenían detrás el sello del Socorro Rojo que ella lideraba en Madrid para todos los asuntos relacionados con sanidad y la atención a la infancia. Tras su activismo político había mucha cultura. «Tenía otra tarea con los intelectuales», detalla De la Calle, y explica cómo participó en el Congreso de Intelectuales Antifascistas de Valencia y cómo, de nuevo, era amiga de todos. No solo eso. También edita 'Vientos del pueblo', de Miguel Hernández. «Ella no tiene labores políticas, no le interesaba, era como una monja laica». Hasta en su manera de tratar a los niños. La maternidad negada la hacía volcarse en su trabajo con ellos. No llevó bien la derrota republicana. «Ella era una conversa, no tenía dudas, había encontrado la fe, y la derrota no la sobrellevó», indica De la Calle. uvo dos razones De la Calle para escribir su libro: una, saber por qué en diez años no cogió una cámara y otra, revelar su relación con Asturias. Tina era una artista, por eso dejó de disparar. Y a Asturias se desplazó en misión de Socorro Rojo en repetidas ocasiones. En el invierno de 1935 cuando viaja por primera vez al Principado, después de que un año antes, durante la Revolución de Octubre, los franceses no le permitiesen hacerlo. «Yo me imagino la situación: con los hombres asturianos exiliados en Bélgica, torturándoles en las Adoratrices y las organizaciones de clase declaradas fuera de la ley, pero que seguían actuando. ¿Pero quién las dirigía si los hombres estaban muertos, torturados o exiliados? Las mujeres», reflexiona De la Calle. De modo que la forma de hacer llegar la ayuda del Socorro Rojo a la región es una mujer. Tina Modotti, que ya vive en Madrid, es enviada para hacer llegar su ayuda. Concha Madera es su contacto en Asturias, una miliciana madre de dos hijos que en 1937 fue detenida en el cerco Oviedo y sobrevivió a la cárcel de Santander. Ella no sabía que aquella mujer con acento mexicano que llegaba desde Madrid era Tina Modotti. Su nombre español, salvo en aquel pasaporte, es María. En una ciudad tomada por la policía y el ejército, Modotti se transforma en una asturiana de la época para acudir a la Plazuela de San Miguel, en Gijón, donde se ubica la sede de la organización. «Vino todas las veces que hizo falta, para organizar a la gente, para encargarse de los huérfanos, organizar los contactos», indica De la Calle. «Y vino a traer mucho dinero, hay que tener en cuenta que los sindicatos rusos habían recolectado medio millón de dólares para los represalidados asturianos». dilios no le faltaron, sino todo lo contrario. Fue la amante de muchos hombres casados, pero ella nunca llegó a formalizar una relación. Roubaix de L'Abrie Richeir, pintor y poeta de Los Ángeles, es su primer amante, y el que le permitió conocer a Edward Weston. Con su maestro fotográfico, casado y padre de cuatro hijos cuando se va con ella a México, mantiene una relación abierta a otros amantes. Cuando él regresa a Estados Unidos, ella comparte alcoba con el muralista Javier Guerrero. Él la abandona para irse a Moscú con una beca. Ella, libre, encuentra un cubano que además de guapísimo, era el cofundador del Partido Comunista en la isla caribeña, Julio Antonio Mella. Se hace de rogar pero acaba cediendo a sus encantos. Esta historia de amor tiene el final más triste. Le vio morir. En 1929 fallece de un disparo cuando caminaba con ella por DF. Hay dos opciones: que fuera asesinado por matones a sueldo de la dictadura de Gerardo Machado o que la orden la diera Vittorio Vidali, líder del comunismo italiano y «el malo perfecto» en palabras de De la Calle, más partidario que fuera éste quien ordenó aquel disparo. Este último ocupó el corazón de Tina a continuación, después de ser desprestigiada por la prensa amarilla mexicana y expulsada del país. Es el italiano su compañero en su periplo europeo antes de que, de vuelta a México, la abandone por una chica de 25 años. Tina, que también fue amante de Diego Rivera (o al menos eso se cree, para él posó), aún tuvo tiempo para liarse con un general del ejército mexicano llamado Manuel Galván. De todos aprendió algo, pero al que más amó fue a Mella. Cuando el infarto le sobrevino en el taxi de Ciudad de México, tenía una foto suya en la mano.

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