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ALEJANDRO CARANTOÑA
Sábado, 5 de noviembre 2011, 14:39
Olivia Fuchs, metida en una bañera repleta de pétalos de rosa, sobre una estrella dibujada en el suelo. O bajo un montón de paraguas blancos y frente a una pantalla semicircular y tres puertas.
Olivia Fuchs, londinense criada en la Alemania Occidental, se mueve así por el escenario del Teatro Campoamor, su oficina durante estas semanas, antes de las pruebas de luces: avanza el montaje de 'La flauta mágica', que ella dirige, en el teatro para su estreno el próximo domingo 13 de noviembre.
No solo se trata de un proyecto ambicioso; también peliagudo. Por un lado, 'La flauta mágica' es la última y una de las más conocidas óperas compuestas por Wolfgang Amadeus Mozart. La estrenó dos meses antes de morir con la intención de recuperarse de su situación económica, junto con el empresario Emanuel Schikaneder. Tan familiar y arriesgada fue la apuesta que, en su estreno, Mozart dirigió a la orquesta y Schikaneder interpretó a Papageno. Por otro lado, y para añadir 'emoción' al reto de montar el estándar de ópera por excelencia, Fuchs se enfrenta a la simbología masónica (Mozart y Schikaneder eran masones) que encierra la obra.
Pero ella, ya sentada en su mesa de trabajo, situada en la ampliación del proscenio sobre el foso, ha preferido quedarse «en lo esencial. No obstante, hay cosas inevitables: los tres muchachos, las tres damas, La Reina de la Noche... Por mucho que se intente evitar la simbología, no va a dejar de estar presente».
Es la primera vez que esta directora de escena políglota trabaja en España; y no domina nuestro idioma. Se entiende con su reparto y equipo como buenamente puede: «Yo os hablo en inglés y vosotros en español, que así practico», les dice.
Para conjurar el peso de la tradición, de una obra de sobra estudiada, se ha rodeado de un reparto que califica de «abierto y receptivo», al que, con su trabajo, se encarga de sacar la creatividad oportuna para que hagan sus respectivos roles suyos. Como un regalo. De esta forma, la exigencia de 'La flauta mágica', que requiere a dieciséis cantantes solistas como mínimo, queda satisfecha con un reparto internacional, tanto en el caso del primero como del segundo, que podrá verse el viernes 18 de noviembre.
Olivia Fuchs es una mujer sonriente y metódica. Para poner orden en este despliegue escénico, simbólico, clásico y actoral dice acudir a «toda la investigación que sea posible», para así formarse una idea propia de lo que es o debería ser la ópera que veremos sobre las tablas («¡Qué limpias! ¡Inmaculadas!», dice tras el paso de los Premios Príncipe por el teatro) y ejecutarla «olvidando todo lo demás»: asumir, asimilar y recrear son sus pautas.
«Me quedo», prosigue, «con el viaje espiritual de la obra. No importa que sean masones, no importa el punto de partida ni importa el punto de llegada: importa el trayecto». Este trayecto quedará reflejado, como explica señalando una carpeta con bocetos de la escenografía, con distintos momentos del día representados y estaciones del año, con una gama cromática (la de los paraguas blancos, azules y negros) que dirá mucho al espectador, y con toda una serie de sorpresas escénicas. «Se trata de una escenografía ligera, con pocos elementos pero en la que se van a producir muchos cambios a lo largo de la obra. Es juguetona, y pretende resultar divertida, espectacular». Espectacular, sí, pero «bella ante todo. La ópera tiene que llegar a los niños y adultos por igual; a los legos y a los expertos sin abrumar. Porque es un relato fantástico que no es, a fin de cuentas, más que eso: una historia. Hay que contarla».
Tratándose, como se trata, de una obra del siglo XVIII más tardío, ha huido de «complicar las cosas más de lo que son realmente. Al ver 'La flauta mágica' te encuentras en ocasiones con escenografías que no son óperas, sino piezas de museo pétreas y frías, ajenas al espectador». En ese esfuerzo de «actualización», que es la vía elegida por Fuchs para traer al siglo XXI la obra, veremos a algunos personajes ligeramente cambiados. Veremos, en esta tercera ópera de la temporada en Oviedo, a Papageno moverse en bicicleta. En un carro de atrezzo, entre bambalinas, hay un lanzamisiles.
Con todo, el esfuerzo crítico por explicar las óperas suele remontarse a las fuentes de las que beben texto y música, en ocasiones con un descaro que hoy rayaría en el plagio. «Ahora está muy mal visto», dice Fuchs, «pero en realidad cuando concibes una obra o una escenografía no haces más que lo mismo que una urraca, esos pájaros que roban, que toman prestado de aquí y de alla. Con todos esos materiales, haces algo nuevo».
Los técnicos del Campoamor entran con una carretilla elevadora en escena. Empiezan los preparativos para la sesión de la tarde y, entre el ajetreo, se escucha un «¡Home! ¡Qué guapo queda!»
Fuchs sonríe desde su silla de madera. Al otro lado de la plataforma sobre la que se encuentra, permanece silencioso el pequeño piano de trabajo. «Algunos saben desde el principio que quieren dirigir óperas», dice. «No es mi caso. Yo quería ser actriz. Antes quería ser escritora. Pero acabé dirigiendo, porque si no tenía una perspectiva global del conjunto de la obra me era imposible actuar. Digamos que me fui dejando llevar».
Destila, sin duda, pasión por lo que hace. Desde donde está sentada, de espaldas al patio de butacas desierto y al iluminador, observa con atención todo lo que va ocurriendo en escena. «Adoro la amplitud del medio operístico y las posibilidades que ofrece».
Se siente cómoda sobre un escenario («Es fundamental entenderlo»), pero ya desde joven no pudo evitar coger el toro por los cuernos y expresar su disconformidad con lo que la rodeaba. Montando una compañía, sin más. A aquellos inicios siguieron montajes de todo tipo y condición: se ha batido con 'Rigoletto', pero también con el 'Sueño de una noche de verano'; con 'Carmen, el musical', pero también con 'La Traviata'.
La directora de escena se sorprende al descubrir que en España, el día anterior a las elecciones, está prohibido hacer campaña. Ese sábado 19 de noviembre será no solo la jornada de reflexión previa al cambio de Gobierno: será, también, el día en que 'La flauta mágica' se despida con su última representación en el teatro ovetense. Le hace gracia el detalle, le parece «poético» que los espectadores vayan a encontrarse con Mozart antes de acudir a las urnas. «La Reina de la Noche es despótica y simboliza el poder fuerte», reflexiona, «mientras que Sarastro encarna el poder débil. Hay mucho en esta ópera de político», dice, sin resistirse a ahuyentar cualquier bala cargada. «Pero en cualquier caso es una muy buena manera de echar la vista atrás, de reflexionar. Y de darnos cuenta de qué es lo que queremos hacer con nuestro futuro...»
La escenografía y los espacios de 'La flauta mágica' ya están listos. El trabajo actoral avanza, tanto en lo que toca a su dirección como a lograr una adecuada dicción de alemán del reparto (los diálogos no están traducidos). La obra, que ella ya trae en la cabeza desde el primer momento, va cobrando vida.
Después, suspira Fuchs, «llega el trabajo musical con la orquesta». Y lo cuenta con un suspiro porque entonces, en la fase final, en los últimos momentos antes de que el Campoamor se llene, «habré perdido el control de la obra». Ya no habrá tarima sobre el foso, ya no estará esta discreta mesa con una discreta lámpara a su lado y un par de sillas. Ya no habrá un piano, sino una orquesta, la Oviedo Filarmonía, terminando de lustrar el resultado final con la genial partitura.
Mientras que se termina de desplegar el botín de relucientes piezas capturado por esta urraca, Olivia Fuchs estará sentada en el patio de butacas «sin decir nada, salvo desastre». Su trabajo termina con el relevo al director musical, Paul Goodwin.
Y ella, entre tanto, confiesa un cóctel de sensaciones a medida que va viendo alejarse de sus cuidadosos dedos la obra. La dirección escénica atada, los cantantes en su sitio y todo, en fin, cuidadosamente acotado para que el reparto y los músicos se muevan a sus anchas en el margen o el vehículo que les ha legado el último Mozart.
Por fin, el domingo de la próxima semana, se levantará el telón para desvelar las sorpresas y revelar los qués y los cómos de lo que se promete otra vuelta de tuerca al clásico. Para que el espectador se deje seducir o llevar, para que se meta en este «ritual», como coincide en llamarlo Fuchs, «que tanto ha cambiado en los últimos años». Termina: «Ese es el momento de salirse y mirar», remata. «De dejarlo ir: a partir de ahí, lo hacen ellos. Yo ya no hago nada».
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