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RAMÓN AVELLO
Miércoles, 12 de octubre 2011, 04:36
Desde que Stendhal definió a 'La Italiana en Argel' de «locura organizada», la palabra que más se escucha para calificar a esta ópera de Rossini es 'locura'. Locura de argumento, locura de acción escénica y locura musical que preludia plenamente el Rossini cómico. Para que esa locura no sea caótica, precisa el orden preciso y la exactitud musical, es decir lo que Stendhal llama organización. Nadie le quita locura y claridad de intenciones a la 'Italiana en Argel' que el lunes se representó en el Campoamor. Sin embargo, la organización no siempre fue continua. A un primer acto algo cansino y deslavazado, le siguió un segundo acto mucho más preciso y compacto.
No hace falta ponerse épico para saber que la Italiana venció, pero no convenció. Emilio Sagi aportó a la escena cosas buenas, como la claridad de intenciones al buscar un espacio cercano a la comedia musical y al cómic, la búsqueda despreocupada del humor, el partido que saca a la iluminación y al color, con un buen trabajo de Eduardo Bravo y una simplicidad escénica que precisamente pone orden en la barahúnda. En contrapartida, no me gustó el recurso constante y repetitivo a la sobreactuación de los secundarios allí donde no se requiere. Por ejemplo, canta un aria uno de los protagonistas, y a los partiquinos les entra una especial hiperactividad mientras el barítono se desgañita. Es como si Rossini no fuese gracioso de por sí y haya que adornarle con alguna 'chorrradita' al hilo de la cavatina. Otro aspecto que no me convenció es una cierta superficialidad por la que aspectos paródicos de la obra original, como la retranca irónica de Rossini en el segundo acto sobre los ritos masónicos y 'La flauta mágica' en particular, pasaron desapercibidos. Finalmente, recursos como eunucos en sujetador, no digo que pudo haber sido gracioso, pero es un tópico y además, no les favorece físicamente. Eso sí, al margen de sostenes, el coro estuvo compacto y correcto.
Ottavio Dantone llevó el primer acto como si estuviese dirigiendo un ensayo. Sin garra, sin magia, sin vitalidad y como 'pisando huevos' ante el temor a los desajustes. Por cierto, un temor fundado. Mejor en el segundo acto, más suelto y flexible en el tiempo y más contrastante en la dinámica.
Lo sobresaliente de 'La Italiana' fue en primer lugar el turco. Pietro Spagnoli, a quien ya habíamos escuchado en 'El barbero de Sevilla', es un Mustafá excelente. Tanto en los recursos propios de una vocalidad bufa, que requiere agilidad, potencia y comicidad en la expresión, como en expresiones pasionales expresadas en el aria 'Già d'insolito ardore', de gran exigencia vocal. También hizo una gran representación nuestro paisano el barítono David Menéndez, como Taddeo. Potencia, comicidad, delicadeza en los concertantes, agilidad y una gran variedad de articulaciones, con 'estacatos' muy sonoros. La escena del Gran Kaimakán fue su momentos estelar. Pese a su corto papel musical , Manel Steve cantó con precisión su aria muy en la línea del Papageno mozartiano. Correcto pero a veces con un exceso de impostación en los agudos, Antonio Lozano. El día del estreno quedó algo deslucido su aria 'Languir per una bella' por algunos desajustes en la trompa, pero siempre mantuvo una línea de canto adecuada, aunque algo incorpórea. Finalmente, Vivica Genaux es una mezzo de buena presencia y gusto pero poco volumen de voz. Su aria de salida, en una jaula y al fondo del escenario, así como algunos concertantes fueron poco afortunados. Sin embargo cantó con expresividad la cavatina del segundo acto 'Per lui che adoro' y con efusividad patriótica el 'Pensa alla Patria', uno de los momentos más arrebatadores de esta ópera que, como dijimos antes, venció pero no siempre convence.
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