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RAMÓN AVELLO
Martes, 20 de septiembre 2011, 04:39
Volvemos a recordar aquellas palabras de Barbieri: «A la música, como a las demás bellas artes, es perfectamente aplicable el dicho de Boileau: Todos los géneros son buenos excepto el fastidioso». Y por fastidioso entendemos especialmente no lo que a veces puede molestar por su crítica punzante, sino lo que puede aburrir. Una ópera puede ser fastidiosa y una opereta o una zarzuela, pese a su sambenito de géneros menores, deliciosas. 'El murciélago', la opereta de Johann Strauss, llegó a Oviedo un poco como de tapadillo o de segundo plato. Parece que en principio se intentó que la temporada ovetense se abriese con el canto de cisne de la comedia lírica vienesa que es 'El caballero de la rosa', de Richard Strauss. En su lugar, llegó la opereta 'El murciélago', la obra más famosa de Johann Strauss, quien por cierto, no tiene nada que ver, en cuanto a parentesco, con Richard.
La combinación de textos hablados con partes cantadas, tal como sucede en la opereta, tiene sus riesgos. En la zarzuela, una pareja habla para las cosas prosaicas, pero cuando se declaran su amor, se canta para unir la lírica de las voces a la situación afectiva. En la opereta, no está tan clara la separación entre partes habladas y cantadas. Y si se añaden partes habladas más o menos improvisadas o postizas, hay que tener cuidado para que los diálogos no rompan el ritmo de la representación, tanto escénico como musical. En la concepción escénica y adaptación de Mario Pontiggia se abusó, a partir del segundo acto, de demasiadas palabras que ralentizan y alargan la acción. Aunque la escenografía, con elementos del 'Art decó' resultó funcional y acertada al situar la acción en el siglo XX con pinceladas locales a la actualidad, la opereta pierde chispa, ritmo, ligereza y claridad a partir del segundo acto: la acción se alarga y embarulla. La fiesta decadente en la casa del príncipe Orlofsky se hace cansina. Incluso la gala lírica añadida como fin de fiesta en el segundo acto, aunque justificada musicalmente especialmente por la entrega de Ana Nebot en 'Manón Lescaut' y el poderío de Alejandro Roy en 'Tosca', se alarga innecesariamente. Lo peor es que esta pérdida de tono en el segundo acto se hace tediosa en el tercer acto, pese a los intentos de hacer reír con sobreactuaciones teatrales de gracia muy limitada. Así, hemos ido de un primer acto atractivo y ligero, a un segundo acto largo pero salvado por un alto nivel musical, para caer en un tercer acto con un final de fiesta un tanto forzado. Pese al champan, los valses, las polkas y las alusiones asturianas.
Musicalmente se debe valorar, en primer lugar, la chispeante y muy bien llevada versión de Hull al frente de la OSPA. La Obertura fue de antología sinfónica. Coro correcto, cuerpo de baile desmadejado, aunque el tumulto de la escena ayudaba poco, y una correcta interpretación por parte de los protagonistas. Entre ellos, destacamos a Rocío Martínez y, aunque su papel en 'El murciélago' era de actriz, escuchamos su voz de excelente soprano en el vals de Musetta, de 'La Boheme'; entre las protagonistas, Chen Reiss aunque tiene un timbre muy lírico, puede llegar a interpretar roles de soprano ligero de 'soubrette' o lo que nosotros llamamos tiple, con agilidad y transparencia. Gustó Mariola Cantarero como actriz y cantante pese a algunas vacilaciones en el registro sobreagudo. Entre los varones, vocalmente el más seguro, pese a algunos pasajes comprometidos en la tesitura aguda, fue Gabriel Bermúdez, tanto en la faceta de cantante y actor. Algo sobreactuado Casals, como Alfredo, pese a su clara voz tenoril y correcto el resto del elenco en este Murciélago que nos deja una impresión bipolar. A veces divertido, a veces aburrido.
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