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ALEJANDRO CARANTOÑA
Sábado, 10 de septiembre 2011, 04:36
Por Oviedo pasea una mujer con chaqueta blanca, falda gris y unas botas tan altas que se pierden entre la tela, también blancas. Lleva unas extravagantes, enormes gafas de sol, y Mario Pontiggia, director de escena, de escenografía y de vestuario de 'El murciélago', enmudece al mirarla pasar: «Mirá qué personaje». En efecto, aquella mujer podría haberse escapado de uno de los dos retratos de Tamara de Lempicka (el de la señora Boucard y el de Ira P) que presiden el segundo acto de la opereta. 'El murciélago', esto es, 'Die Fledermaus', abre el domingo que viene la temporada de ópera de Oviedo en el Campoamor con su negro humor en tres actos, con sus velados mensajes que el director argentino se resiste aún a revelar. Habrá que esperar unos días. «Tamara de Lempicka», explica cerca del Campoamor, «era una pintora polaca que terminó en París. Desplazados, igual que estos personajes, de la alta sociedad y de vida particular». Es uno de los elementos que contribuyen a infundir una actualidad personal, una atmósfera particular a una obra cuya vigencia (incluso estructura) depende de la versión representada. Pontiggia insiste en que su apuesta parte de la vocación por «explicar la trama de manera casi didáctica, muy clara». Pero solo la trama: que lo demás quede implícito. La obra se desarrolla, cuenta, «en el apogeo»: el príncipe tiene estos enormes lienzos «porque puede pagarlos», y todos viven la vida a la que asistimos «porque se la pueden permitir». Luego vendrá la decadencia, pero no llegará a tocar estas tablas. «El otro día leí que habían contratado a un dj para una fiesta en San Petersburgo. Se lo llevaron, le pagaron 10.000 euros por hora y media de actuación, y lo devolvieron en avión». Lempicka encaja por ser «un personaje ambiguo». Y añade, con cierta inseguridad, «grotesco». Pero rectifica: «Se especializa en un hiperrealismo especial, que termina en deformación». Ambos retratos son de la primera mitad de los años 30, pero Pontiggia se declara fundamentalmente seducido por los periodos posteriores a las dos guerras mundiales del siglo pasado, donde el espectador localizará esta historia de venganza. Este es su lecho: «El mundo cambiaba». Aparece Lempicka: «Nadie hace tal cual el segundo acto, según está en el libreto. Sería insufrible por largo y por denso». Pero aquí se configura, además, una de las capas que más interesan al director argentino: «Hay una cierta comedia negra». Se produce, en una escena, un desdoblamiento de personalidades: los actores interpretan a sus personajes, que interpretan otros personajes durante la velada en la Villa Orlofsky. Bajo las atentas miradas de estas mujeres lempickianas, hiperrealistas, sobredimensionadas también tiene lugar el centro de la historia, también se trazan y se definen las relaciones entre unos personajes sugerentes que alcanzarán, en el tercer y último acto, ambientado en una cárcel («Que parece el acceso a un after-hours, para entendernos»), el final, sutilmente abierto, de la historia. El primer acto se desarrolla en un porche evocador, reproducción adaptada por Pontiggia (también es arquitecto) del de la segunda casa que se hizo Otto Wagner. Llegados a este punto de la entrevista, ya se ha reunido un tremendo cóctel escénico: porche de aires art-déco, una villa, una cárcel after-hours. Y en medio, Tamara de Lempicka. ¿Cómo poner algo de concierto aquí? ¿Cómo evitar perder el regusto decimonónico, romántico, sin revolcarse en un 1874 pasado? «Son las relaciones que se entretejen. Los personajes». Este es el secreto. La trama, «muy bien armada», como explica Pontiggia, termina por hilar todo un espectáculo. Funciona como carril para desplegar escenografía, música, danza, humor, detalles... Sin perder, así, el anclaje en la esencia misma del arte. «Pongamos como ejemplo», dice el director, «la música. La música popular se encuentra cerca del público y a su servicio». En el polo opuesto, «la música que nace de la intención propia del artista». Y se pregunta, entonces, si hay valores seguros. Si es posible dar, en el arte, con una fórmula que invariablemente vaya a funcionar. Si existe la música, la creación nacida de un estudio de márketing. «No», se responde. Pero Pontiggia no encuentra menos absurdos los «grandes discursos para justificar una obra incomprensible. Odio escribir. Y muchas veces, al abrir el libreto de una ópera, lees un texto enorme, se alza en telón y te preguntas si te has equivocado de sala...» La escenografía de 'El murciélago', igual que todo lo que veremos ocurrir sobre las tablas del Campoamor desde el domingo que viene, se resiste a recibir una explicación explícita de quien la ha ideado. Se resiste a revelarse y se queda en una concepción del arte íntima y personal, alejada del «clasismo que hay que evitar: no puede ser que si alguien abre la boca con espíritu crítico, otro pueda responderle que dice eso porque no tiene ni idea». Al final, ese curioso cóctel escénico va a quedarse ante los ojos del espectador. No parece que vaya a recibir pistas, ni que tenga que saber más que lo que tiene ante sí: descubrirá cuál es el motivo de la venganza, el leit motiv del murciélago al principio del todo. Luego irá paseando por la obra de Johann Strauss II, quizás se le escape alguna risa en los golpes de efecto determinados. Y, superado el periplo, escuchada la opereta, disfrutados los colores, admirados los lugares, aterrizaremos en el desenlace. Mario Pontiggia anda por sastrería, se mueve por las tripas del Campoamor con una rueda de prensa, la de presentación de la temporada, sobre su cabeza. Anda con el tiempo pegado y los ensayos avanzados. A ambos lados del escenario penden las reproducciones ampliadas de los retratos de Lempicka, rematando un salón «chic», que dice Pontiggia con retranca. Como aquella mujer de Oviedo, de blanco y gris.
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