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PACHÉ MERAYO
Sábado, 25 de junio 2011, 04:36
Los ecos de la nueva pasión que abraza Jessica Lange se habían dejado oír desde las paredes de Manhattan hace algún tiempo. Pero es ahora cuando retumban fuerte. Y no suenan a capricho de estrella aburrida de éxito en busca de unas migajas de intelectualidad. La actriz que casi borró de mapa de los recuerdos a la Ann Darrow de la que se enamoró King Kong a principios de siglo (interpretada por Fay Wray), convirtiéndose para el resto de su vida en la única y auténtica novia del gorila más grande de todos los tiempos (nada pudo hacer para arrebatarle el puesto la rubia Naomi Watts), ya no es 'sólo' una intérprete de mujeres complicadas. Atrás queda también aquella Cora Smith de 'El cartero siempre llama dos veces', que le dio identidad eterna (y eso que igualmente era un remake) al lado de otra bestia del cine, Jack Nicholson. Ahora Jessica Lange es una fotógrafa que busca respeto tras la cámara. Una creadora que ha empezado a ganarse sus primeros aplausos y que probablemente bucea en sus recuerdos y ve en ellos a su primer marido, el asturiano Francisco Grande -hijo del recordado científico colungués Grande Covián-, que era fotógrafo. Con él vivió durante un tiempo, antes de divorciarse, en España y con él empezó a hablar el idioma que le ha permitido meterse en la piel de México, el primer gran objetivo de su pequeña cámara. Hoy su fruto, la obra que ella misma describe como «un diario» personalísimo de la vida de ese país, se muestra, precisamente en el Museo Archivo de la Fotografía, en el centro histórico del DF. Pero dentro de unos meses, en septiembre (a partir del día 8) viajará a Avilés, al Centro Internacional de Cultura Óscar Niemeyer, que suma con su nombre una celebridad más a la lista de grandes personalidades internacionales unidas al proyecto.
'Jessica Lange, en México', título de la colección fotográfica, reúne en las paredes del Museo Archivo 53 instantáneas en blanco y negro, casi todas captadas en la ciudad de Yukatán. 53 imágenes que cuentan la vida, a través de una rica serie de «actores de la cotidianeidad», como la actriz fotógrafa llama a los personajes, personas y animales, que quedan prendidos en su lente, pululando por paisajes urbanos y rurales de un México envejecido ante su voluntad creadora. Un México que le gusta fotografiar «por sus luces y grandes noches», que admira y ama por «el misterio y el drama que se vive en sus calles» y que como aseguraba en la inauguración de la muestra, está convencida de haber «plasmado bien» en sus fotos.
Captura Lange miradas perdidas, abrazos y soledades en ferias, tiendas de zapatos, parques, hogares, cementerios, calles estrechas y fachadas desconchadas. Escenarios, todos, que dejan ver el lado más humano de un lugar, incluso cuando el lugar aparece sin humanos. De hecho, algunas de las fotografías están habitadas por perros o vacas solitarias. Animales y personas que miran desde las paredes del museo mexicano, pero también desde las páginas de un libro editado por RM e impreso en Verona. Un volumen que se abre no al lector sino al observador con un emotivo: «Para mi familia». Detrás de esa dedicatoria, salvo un pequeño texto del escritor Julio Trujillo, titulado 'Un lugar llamado Para siempre', todo son imágenes. Fotografías de una belleza extrema que piden ser contempladas, pero también sentidas, siguiendo en cierto modo el camino de su autora, que lleva 12 años acudiendo a México a descansar el cuerpo y activar la mirada. Un tiempo que le ha permitido alejar su trabajo del uniforme estético de la cámara turista y presentar en sus fotos un país cercano y a la vez lejano, «tan verosímil pero tan irrepetible, tan nuestro pero tan de ella», como escribe Trujillo en el libro. Para él, absolutamente enamorado de la nueva faceta de la actriz, ésta «transforma todo lo que toca y lo hace suyo, ya sea en un confín del urbe o en la cocina de su casa».
Jessica Lange ve el mundo, narra el escritor «a través de la mirilla de su asombro». En sus palabras, el proceso que sigue le permite «editar lo que ve, apropiándose de ello», antes de alzar la cámara a la altura de los ojos. Por eso, dice el escritor, aunque a aquellos que protagonizan sus fotografías «los hemos visto mil veces», besándose, abrazándose y diciéndose confidencias al oído, se presentan bajo el objetivo de Lange y ante nuestra espectación, «como si los viéramos por vez primera, como si fueran parejas indispensables para el equilibrio del mundo, únicas, frágiles y graves al mismo tiempo». De hecho, «lo son», añade seguro. «Su trascendencia es la misma que la de esos perros que, en el momento del click, son el centro del cosmos: perros que nos ignoran soberbiamente, pero que nosotros no podemos ignorar después de que Lange los salva del olvido». Y es que a diferencia de otros fotógrafos que buscan desesperadamente lo extraordinario, lo inusitado, la lente de la actriz «rescata», dice Trujillo, «lo que siempre ha estado ahí y que, por esa misma razón, solemos dar por sentado: la vida misma, pero encuadrada y en blanco y negro, transfigurada, como devuelta en pedazos de eternidad».
Nominada al Oscar en siete ocasiones, dos de las cuales dos se llevó la estatuilla a casa (por 'Blue sky' y 'La caja de música'), Jessica Lange nunca fue una actriz al uso de Hollywood. En su currículo, antes del primer papel de película figuraban sus estudios de Arte en la Universidad de Minesota. Una formación que ahora explota en sus fotos, expuestas ante el público por primera vez hace tres años, en la galería Howard Greenberg de Manhattan.
Desde entonces las citas con las paredes públicas no han sido demasiadas, pero esta exposición mexicana parece haber abierto una nueva etapa en su vida que continuará con la cita en el Niemeyer y también en las librerías. Ya que, tras el libro que resume esta colección, prepara un segundo tomo, ya no con materia de Yucatán, sino de Oaxaca, Chiapas y otras áreas del país al que ha dedicado su primera gran aventura como fotógrafa. Una aventura con la que ni siquiera soñaba cuando, tras abandonar a Francisco Covián y España, regresó a Nueva York en 1973. Su primer empleo de esa época fue de camarera. Como otras muchas aspirantes a actrices servía mesas a la vez que recibía lecciones de interpretación y aceptaba trabajos esporádicos como modelo. Tendrían que pasar tres años hasta que Dino De Laurentis la convirtiera en la novia de King Kong, papel que le dio notoriedad y fama, pero también muy malas críticas. Sería Bob Rafelson el que la encumbrara definitivamente con la 'El cartero siempre llama dos veces'. Después llegarían 'Frances', el primer Oscar y un buen número de títulos taquilleros, hasta que en los 90 descubrió Broadway, en cuyos escenarios ha estado hasta hace dos años con 'La plaza del diamante'.
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