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RAMÓN AVELLO
Domingo, 22 de mayo 2011, 04:07
He aquí el hombre o como dijo Pilatos, el 'Ecce Homo' que busca la OSPA, habrán pensado muchos de los espectadores que el viernes asistieron al concierto de la orquesta asturiana en el Auditorio Príncipe Felipe, bajo la dirección de Guillermo García Calvo. Y no es para menos. Con un programa de una grandísima dificultad sonora y expresiva en tres obras complejas y atractivas pero poco habituales en los repertorios sinfónicos, García Calvo obtuvo un enorme éxito, ante la orquesta y ante el público. No es la primera vez que el joven músico madrileño dirige la OSPA. En enero del presente año, sustituyó a última hora a Friedrich Haider como director musical en las representaciones de Tristán e Isolda, tal vez la obra más compleja, desde un punto de vista sinfónico, que abordó la OSPA. En Tristán nació la altísima valoración de Guillermo García Calvo, en aras de la dirección titular.
Albert Roussel es uno de los compositores franceses más personales que asimila influencias de Franck -en su 'Tercera Sinfonía' que hemos escuchado, sobresale un breve motivo presente en los cuatro movimientos -, del impresionismo y del Grupo de los Seis. García Calvo nos ofreció una versión muy brillante, destacadamente contrapuntística, muy rica en matices de dinámica y flexible en los tiempos. En la segunda obra, el 'Concierto para dos pianos y orquesta en re menor', de Poulenc, el protagonismo fue para los hermanos malagueños Víctor y Luis del Valle, compenetrados como siameses, parecidos como dos gotas de agua. Soberbias las dos propinas, la 'Variación sobre un tema de Paganini', y la 'Brasileira' de Milhaud.
La 'Sinfonietta para orquesta', obra dedicada por el compositor a las fuerzas armadas checoeslovacas, es una obra de una luminosidad radiante, vital, impregnada del espíritu de las fanfarrias orquestales y de pinceladas populares. Versión muy brillante, con una sección de metales en absoluto estado de gracia. Muy compacta y empastada en cuanto a sonoridad, y al mismo tiempo con un destacado sentido del color individual, pero sobre todo de una vitalidad arrebatadora en la que la OSPA no solo siempre sonó bien, sino de una forma diferente. Volvemos a lo dicho: «Ecce Homo».
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