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RAMÓN LLUIS BANDE
Sábado, 14 de mayo 2011, 05:03
Todo lo que nos rodea tiene una gran poder de atracción. En cada objeto fuera de lugar, en cada cristal roto, en la suciedad acumulada en las paredes y el suelo, en los recuerdos constantes de las anteriores vidas de este mismo espacio... Estamos rodeados de Historia y a poco que prestemos atención, las cosas, los objetos y el efecto que el tiempo y el abandono ejercen sobre ellos intentan contarnos sus pequeñas historias... Estoy en el Pozu Santa Bárbara, en Turón, con el fotógrafo Jandro Llaneza. Este espacio, a medio camino entre lo mítico y lo grotesco, es uno de sus infinitos talleres de trabajo creativo: «la necesidad de hacer algo va conmigo y el taller también. Hago las cosas donde esté, no necesito un sitio específico para hacer nada. Es un taller nómada, mongol. Los mongoles son un pueblo nómada y lo primero que montan es un palo y ese palo es el centro del poblado... y del mundo». Jandro Llaneza es el responsable de las imágenes de portada de todos los libros de la colección Mecánica Popular de la editorial Suburbia. Muchos de esos momentos congelados robados al tiempo tienen algo en común: son paisajes industriales abandonados. Detrás de cada una de esas imágenes brilla un doble compromiso, ético y estético, en la mirada del que mira y selecciona que esquina del mundo salvar de la desaparición. Sin necesidad de abrir el libro que tienes entre las manos, la portada ya te dicta la posibilidad de una historia. «Toda imagen encierra una historia. Cualquier imagen te va a transmitir, de la misma manera que lo hace un olor, un recuerdo. Como receptores tendemos a relacionarlo con nuestra propia experiencia, igual que hacemos con las canciones, las películas, los libros...» Detrás de la preferencia de Jandro por el patrimonio industrial se esconde una historia íntima: «Es algo que me gusta porque forma parte de mi infancia. El sitio en el que jugaba de pequeño era la escombrera de La Riquela. Jugaba entre los hierros de la mina, un paisaje realmente ruinoso. Los recuerdos que me trae no son desoladores, eran sitios a explorar, sigo viendo un sitio así y sigo en la infancia, me apetece meterme dentro e investigar, es una curiosidad infantil». Mientras recorremos sin prisa y sin intención el interior de la zona de oficinas y la casa de baños del Pozu, Jandro vuelve a la idea anterior y afina la reflexión: «Estos espacios me despiertan la misma inquietud que una casa abandonada, un barco pirata o una civilización perdida». Pero más allá de esta explicación lírica también existe un compromiso evidente en la acción de fotografiar estos espacios olvidados y no otros: «el estado de conservación del patrimonio industrial habla claramente de cómo valoramos lo que tenemos, lo que tuvimos. Es parte de nuestra cultura y el error está en que no le concedemos el valor que realmente tiene». A estas alturas del paseo, compartiendo la fascinación por el entorno que nos rodea, se me ocurre plantearle una cuestión difícil. Le pregunto: ¿En un mundo cargado de imágenes dónde encuentras la necesidad de una imagen nueva? Sin dejar de buscar nuevas posibilidades de fotografía, me contesta: «No pienso que una fotografía sea una imagen nueva, es un fragmento del pasado, algo que ya pasó. La necesidad de buscar una imagen nueva no existe, es algo irreal». La sencillez y la honestidad de esa frase me trae a la cabeza otra de Lewis Hine: «Si pudiera contarlo con palabras, no me sería necesario cargar con una cámara». El trabajo de Jandro complementa, en un salto espacio-temporal, el del fotógrafo americano. El de Jandro recupera los espacios de trabajo de la propia familia y que en otro tiempo y otro país ocuparon las personas retratadas por Hine. Los dos subrayan con su mirada la dignidad de lo retratado y lo hacen con un fuerte compromiso, por encima de todo, con su arte. Mientras subimos hasta el tejado, para ponernos a los pies del castillete, le comento que ilustrar la portada de un libro es intentar establecer un diálogo difícil entre una imagen propia y un texto ajeno. En cierta manera, un pulso. Un 'conflicto' entre representar lo escrito o mantener la fidelidad al propio estilo. Jandro le quita importancia: «Eso del estilo propio es algo que nunca me planteo. Se trata de no imitar a nadie, simplemente tienes que hacerlo y no plantearte si estás siendo fiel a ti mismo». En uno de sus últimos proyectos le dio la vuelta a la situación. En el libro 'Contadores de lluz' (Suburbia, 2011) somos trece autores los que partimos de un fotografía suya para contar una historia nuestra. «Fue un proyecto realizado con mucho cariño, tanto de la editorial como de los autores y las cosas hechas con cariño ya son una recompensa en si mismas. Seguramente no será nada novedoso, pero aquí si que es una idea original. Quisimos darle la vuelta al proceso de ilustrar un libro», comenta Jandro. Antes de dejarle solo, buscando el mejor ángulo desde el que capturar la dignidad de un castillete que se confunde con el cielo, quiero hablar con él de otra de sus pasiones y ocupaciones, la música. Además de fotógrafo, Jandro es el bajista y una de las cabezas pensantes de Losone, una de las bandas más interesantes, inquietas y, de momento, secretas del panorama independiente asturiano. A cierta distancia, ya de retirada, le pregunto: Jandro, ¿qué tienen en común una fotografía y una canción. Me mira: «Poco... la fotografía es silencio. Son lenguajes compatibles pero muy diferentes. Si la fotografía me llenara totalmente no me plantearía hacer música, que lleva mucho más trabajo y dependes de mucha más gente».
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