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Sábado, 7 de mayo 2011, 05:05
ay momentos, golpes de buena o mala suerte, casualidades, que de manera más o menos evidente determinan el futuro de cualquiera. El azar o las decisiones más ligeras se alían con el destino para descubrir y desarrollar los grandes talentos. Para el director italiano Riccardo Muti, que el próximo otoño recogerá en Oviedo su premio Príncipe de Asturias a las Artes, ese punto de inflexión, el que posiblemente cambió su vida, tiene el pelo cano y reside en Gijón. Se llama Vicenzo Menghini y aunque él mismo merece estas líneas tira de caballerosidad italiana para hablar de su laureado amigo: «Ambos nacimos en 1941 y nos conocimos en el Conservatorio de Milán, cuando él se mudó desde Nápoles». Menghini comienza por el principio, con voz tranquila y ritmo pausado, como los que saben contar historias. Está rodeado de recortes de periódico, programas de conciertos, instrumentos, fotografías, recuerdos... «No sé por qué guardé todo esto, se lo enseñaré cuando venga a recoger el premio», se interrumpe con una sonrisa. Pero su cabeza ya está en la Italia de hace unas cuantas décadas. El maestro Antonino Votto, director titular de la Scala de Milán y asistente de Arturo Toscanini durante más de 30 años, «vivía sólo a 100 metros de mi casa. Conocía a mi padre y a mi abuelo, claro...». Los Menghini no eran desconocidos para ningún músico. El padre de Vicenzo fue primer fagot de la Scala, como años después fue él; su abuelo materno, concertino de viola en la misma orquesta durante 35 años; y el paterno, primer fagot en la RAI de Milán. «El caso es que le sugerí a Riccardo que intentase estudiar con el maestro Votto, fuimos a su casa y los presenté», recuerda. Votto pidió a Muti en aquella primera reunión que tocase el piano para él, «es un músico espléndido así que, cuando acabó, le invitó a su casa a estudiar». Esto, con los años, adquirió una importancia capital en la vida del director. «Estos días todos hablan del nexo entre Toscanini y Muti. Es cierto que lo hay. Hay un puente entre ellos: el maestro Votto. De hecho, Riccardo heredó de él todas las partituras de ópera de Toscanini», confirma orgulloso. Vicenzo Menghini conoce bien al hombre que pronto será distinguido con el galardón de la Fundación Príncipe. «Muti, como persona, es amable, afable con la gente y chistoso», asegura, «pero cuando sale a dirigir se vuelve autoritario, serio, se le nota en el gesto... porque él quiere lo mejor de la orquesta y cambia cuando coge la batuta», confiesa. Votto decía que cuando un director se sube a la tarima se convierte en el comandante de un barco, alguien que debe de saber mandar. Riccardo Muti lo es, además de un hombre «inteligente, culto, preparado y bonachón» como pocos. Tras finalizar su formación, la primera orquesta que Muti dirigió como titular fue el Maggio Musicale Fiorentino, «porque en la Scala de Milán aún estaba Claudio Abbado, otro gran director». Cuando éste se fue a Berlín, Riccardo recogió la batuta. Vicenzo ingresó en la Scala en 1966, pero para cuando Muti comenzó a dirigirla, ya se había ido a Turín. «En Milán trabajaba de 9 de la mañana a una de la madrugada, era un ritmo agotador que estuvo muy bien para algunos años, pero luego decidí cambiar. Nunca coincidimos allí, pero lo hicimos luego en varios teatros europeos», aclara. Otra casualidad les llevó por caminos distintos. «Muti conoció a su esposa, también italiana, en el Conservatorio. Era una alumna de canto. Lleva con ella toda la vida y yo creo que es un marido ejemplar». A juzgar por las miradas de cariño que cada poco le lanza su mujer, Vicenzo también lo es. El mismo año que ingresó en la Scala de Milán, en una gira por España, conoció a María Luisa Cifuentes. Estaba con su orquesta en Gijón, a la puerta del Hernán Cortés y «le pregunté a una mujer que pasaba dónde podíamos cenar. Nos lo indicó amablemente y, al despedirnos, le dije de broma que mañana nos veríamos en la playa». Esta vez fue Cupido quien intervino y quiso darle a los músicos un día de descanso, que pasaron en San Lorenzo: «¡Mira que la playa es grande! ¡Qué cosas! Pero el destino quiso que nos encontrásemos en la playa...». Dos años más tarde se casaron y, aunque han pasado la mayor parte de su vida en Italia, Vicenzo siempre supo que en cuanto se jubilara volverían. Y aquí están. «Cuando yo tocaba en Turín, él vino varias veces como invitado. Nos veíamos y recordábamos viejos tiempos». Desde entonces, eso es lo que han hecho cada vez que se ven. «Hace cinco años, me llamó para ir a la Scala de comisario, porque había oposiciones a profesor de orquesta. Me vio, me abrazó y dijo: '¡A ti debería hacerte un monumento!' Porque si no llego a presentarle a su maestro, el hombre que le dio todo...», niega con la cabeza, como si esa posibilidad careciese de sentido. Vicenzo vive en Gijón desde su jubilación, en 1993. Su hija, Marta Menghini, aceptó la decisión de sus padres de buena gana, ya que había conseguido una plaza en la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, de la que hoy es primer violín. «Tengo muchas ganas de ver a Muti cuando venga. Espero que dirija un concierto con la OSPA», elucubra. Ahora, entre sus paseos por las calles de la ciudad, guarda los recuerdos de esta amistad como oro en paño; al lado del orgullo manifiesto que siente por sus alumnos, «repartidos por las mejores orquestas del mundo». Pero tampoco pierde de vista el futuro. Aunque fue profesor catedrático de fagot durante 25 años, prefiere que su nieta estudie violín, como Marta. «El fagot es demasiado grande, pesado... A las niñas las veo más guapas con el violín, es más romántico», explica. Y así, perdido en buenos deseos para la más pequeña de la familia -quizá otro Príncipe de Asturias-, concluye su historia. Continuará. Será en octubre.
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