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FRANCISCO ÁLVAREZ VELASCO
Sábado, 19 de marzo 2011, 04:20
Visto lo que estamos viendo allá por el Lejano y Extremo Oriente y recordado lo que se recuerda en cuanto a desastres naturales desde que hay memoria de estos desajustes o reajustes del mundo, parece que debiéramos enunciar contrafórmulas de las teorías de Leibniz: 1) Este mundo no es ni matemáticamente ni físicamente el mejor de los mundos posibles y 2) Este mundo no está regido por una armonía, sino por una desarmonía preestablecida.
Dice Theodor Adorno que el terremoto de Lisboa pudo curar a Voltaire de la Teodicea de Leibniz. El último de Japón, por ahora al menos, no puede curarnos de espantos, pero sí ayuda a pensar en el sentido o sinsentido de la existencia, en la administración de la Naturaleza por el hombre, en las teorías de la resignación o de la rabia ante la fatalidad, en la existencia o inexistencia de un castigador divino, en la virtud o inutilidad de las oraciones. Y en tantas otras cuestiones que con estas pueden conectarse.
En una hoja del almanaque leo eso que se llama un minuto de filosofía: «Muchas personas confunden la mala administración con el destino». Pues bien, si sumamos el hecho de que este mundo no parece estar bien construido, con la mala administración y dispendio que el hombre viene haciendo de él, podremos encontrar alguna respuesta a lo que ha sucedido y sigue sucediendo en el país donde sale el sol. Como para algunos el Destino es la voluntad y la providencia de un Dios, se han puesto a rezarle y, ya que a Dios rogando y con el mazo dando, a ayudar un poco con dineros o con obras. Desde el Vaticano, 100.000 dólares para la Conferencia de Obispos Japoneses, aunque «lo que primero que tenemos que hacer es rezar para que estas personas tengan esperanza». Desde el Trono del Crisantemo, el Hijo del Cielo reza «para que se salve el mayor número posible», al tiempo que decide quedarse a oscuras junto a su esposa, Michiko, durante un tiempo indeterminado para solidarizarse con los japoneses. Matsuo Basho, el gran maestro del haiku, prefería hablar del silencio de Dios: «Dios ausente. / Las hojas se amontonan. / Todo es abandono».
Con la llegada del equinoccio de la primavera, cuando estallan los cerezos en millones y millones de flores, se celebra tradicionalmente el 'hanami' o la fiesta de la observación de las flores. Los que acudan este año a merendar bajo los árboles, si es que alguien lo hace, no dejarán de buscar en sus pétalos algún rastro de las nubecillas que están saliendo de la central de Fukushima y que al cabo de unos meses serán cerezas blanco plata, que es el color del plutonio. Eso si antes no hay otro tsunami, porque entonces «Los pétalos de la flor. / ¿Tiemblan y caen al ruido / de los torrentes de agua?» (Matsuo Basho).
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