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Domingo, 23 de mayo 2010, 04:44
«El último recuerdo que tengo es el ruido del motor de un barco. Cuando me desperté estaba en la UVI, llena de cables». María Concepción Fernández de las Matas lo puedo contar. Otras siete personas, no. El viernes, 28 de mayo, se cumplen 32 años de una de las mayores desgracias vividas en la ciudad: la muerte de siete niños en aguas de San Lorenzo. La tragedia provocó una honda conmoción en Gijón, pero también en Zamora, de donde procedían las víctimas. Formaban parte de una excursión del colegio del Amor de Dios, que había decidido aprovechar el fin de semana primaveral para conocer Asturias.
Tenían entre diez y catorce años. Murieron delante de sus compañeros y de las monjas que los acompañaban. «Yo vivía en Oviedo y, como era domingo, me acerqué a Gijón a pasar el día. Hacía buen tiempo y decidí dar un paseo por la playa. En la orilla me encontré con una de las monjas que conocía de la época del colegio y estábamos allí charlando cuando de pronto empezamos a escuchar gritos, y vimos a los niños que estaban en el agua en apuros. Había mucha confusión», cuenta María Concepción, quien no dudó en adentrarse rápidamente en la mar para intentar rescatarlos. Consiguió empujar a dos niñas hacia la arena, pero inmediatamente se hundió en un profundo pozo que estaba justo en la orilla de la escalera 7. El desnivel no estaba señalizado con banderas. Era mayo, y los socorristas sólo estaban en horario de mañanas.
A María Concepción se la llevó la corriente. La suerte estuvo de su lado. Un vecino de un piso del Muro contemplaba la dantesca escena desde su ventana cuando vio un cuerpo flotando a lo lejos. Era ella. Avisó a Servicio Marítimo por teléfono y les dio las indicaciones para que pudiesen rescatarla. Llegó a la arena inconsciente y le practicó los primeros auxilios el policía Juan Seronero Sacristán, asesinado cuatro años después en San Sebastián en un atentado de ETA. La mujer, que de aquella tenía 23 años, estuvo quince días ingresada, pero sobrevivió y pudo recoger, tiempo después, la medalla que le concedió la ciudad de Zamora en agradecimiento.
Su final feliz fue un hecho aislado en mitad del drama. La mar se cobró la vida de siete pequeños: Antonio Fernández Domínguez, Tomasa Casado Ferrero, Marcos Rodugo Gregorio, Claudia Esteban Ovejero, Salvador Rodríguez Reguillón, María Belén Román Perero y María José Rodríguez de Luelmo. Dos de los cadáveres no pudieron ser rescatados hasta el día siguiente. El resto de niños presenciaron aterrorizados la inconcebible escena.
El operativo policial
El subinspector del Cuerpo Nacional de Policía José Luis Pérez Marqués fue uno de los primeros en llegar a la playa. «No se me olvidará nunca lo que vi, por muchos años que pasen. Fue horrible. Los niños estaban bañándose prácticamente en la orilla, pero aquel día había muchísima resaca y se los llevó», explica. Recuerda que hicieron todo lo posible por rescatarlos con vida. No pudo ser. «Ver morir a un niño es lo más duro que te puede pasar», dice. Su labor aquel día le valió para recibir el primer ascenso de la Policía por méritos de servicio en vida.
Otro de los que participó en el rescate fue el popular Lucio Torrente, fallecido hace poco más de tres años, y que por entonces trabajaba como socorrista en la playa. La fatalidad quiso que la tragedia se produjese solo dos días antes de que entrase a funcionar el horario de verano de salvamento que cubriría también las tardes. El drama podría haberse evitado.
Nunca Gijón vivió tal muestra de dolor y tal manifestación de duelo que en los funerales por los menores muertos. Se celebraron en las parroquias de San Pedro y los Capuchinos y fueron presididos por el entonces alcalde, Pedro Lantero. Hubo miles de personas acompañando a los familiares de las víctimas. Luego, los féretros regresaron a Zamora. Lo hicieron por carretera, en caravana y escoltados por la Guardia Civil.
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