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Huerta. Mata de tomates, los primeros llegarán a comienzos del verano :: AFP
Las memorias de la tierra
LA SOMBRA Y EL CAMINO

Las memorias de la tierra

Así se consigue sembrar un huerto. O no

XUAN BELLO

Domingo, 4 de abril 2010, 04:45

Dicen algunos especialistas -estos días estoy leyendo mucho sobre el tema- que la tierra de los huertos conserva la memoria de sus cultivos. La pomarada de la casa donde vivo era, hasta hace unos veinte años, también tierra de labor. Aquí se sembraban patatas, lechugas, puerros, alubias de distintas clases, guisantes, nabos (que todavía nacen sin que nadie los siembre) y berzas. El señor Joaquín y doña Luisa, los hermanos a quienes les compré la casa, cultivaban el huerto, por la parte que dicen del Llano, y después cocinaban en cantidades industriales sus frutos. Tenían una xarré, un carro al que enganchaban un caballo, con la matrícula O-111, y en él transportaban lo cocinado y en grandes potas y cestos para venderlo a los obreros de la fábrica de Trubia. También les vendían sidra, claro, y me cuentan que la hacían muy buena de pera. La xarré, los cestos, las grandes potas, están ahí. La xarré bajo su cobertizo, llena de carcoma; los cestos y las potas en la panera, velando sombras; la tierra del huerto también, con su memoria, pero sin cultivar. He labrado un rectángulo mínimo, una 'estaxina' apenas, de diez por cinco metros. Mis vecinos me han dicho que con eso no tengo para nada pero yo sueño con aquel poema de Yeats, ése en el que el poeta sueña con irse a las riberas del lago Innisfree, construirse una cabaña, sembrar siete surcos de habas y esperar a que el silencio destile palabras nuevas. Mi huerto mínimo, que quiero cercar para convertir en llosa, tendrá su memoria como dicen los expertos, pero yo no lo tengo de él. Fresas, patatas, cebollas... eso es todo lo que espero. Tras arar la tierra y abonarla, ¿cómo empezar? Para los ajos ya voy tarde y el trigo sarraceno que me trajeron de Bretaña necesitaría, sin duda, más espacio. ¿Debería dibujar un croquis, como recomiendan las guías, planificándolo todo de antemano? ¿Fijarme en la luna y observar sus mutaciones? Hace años, cuando la guerra de Irak, mi madre se asustó mucho. Para tranquilizarme, y disimular su miedo, me dijo por teléfono:

-Tranquilu, nin, que nós somos de los que saben semar patacas.

Lo es ella, y todos mis antepasados, pero a mí ese conocimiento se me escapa. Admiro la ternura y la violencia con que mi madre trata a la tierra; yo parece que tengo miedo de romperla, como si cuando cavase con la azada estuviese desordenando, a cada golpe, el secreto entramado del mundo. Xuan Xosé Sánchez Vicente escribía, este día, un bellísimo artículo sobre esos huertos que se ven en los baldíos de las ciudades y la sabiduría de los huertanos, una sabiduría que, a quienes hemos vivido tantos años lejos del campo, se nos escapa. Se puede aprender, claro, pero todo lleva su tiempo. De momento, apunto aquí mi disconformidad con un sistema educativo que vive absolutamente de espaldas a cosas esenciales en Asturias: a la lengua, a la historia, al entorno. Hace años una encuesta revelaba que los niños de ahora no saben qué cosa es una fesoria.

Yo he llamado a mi abuela Lena y, por teléfono, me ha ido explicando alguna de estas cosas esenciales. Le hablé del trigo sarraceno y me dio una clase práctica de la siembra del trigo, tal y como lo sembraban en Paniceiros hasta hace apenas unas décadas (las últimas mayadas las viví yo de niño, con seis o siete años). Con voz paciente me dice que lo primero de todo es 'llabrar' la tierra y después pasar la 'gra', nivelando todo lo que se pueda. Después hay que 'andar' un poco la tierra, es decir, remover con la azada quitando malas hierbas. El trigo no necesita abono y el cuchu ('cuitu', dice ella) ha de reservarse para las huertas. Todo esto debería haberse hecho en noviembre o en diciembre, que ya en enero ('xineiru ía bon sementeiru') deberíamos haber esparcido la 'semiente' por la tierra. La 'semiente' habría que lavarla con Piedra Lipe, el sulfato de cobre, para garantizar su germinación y ya.

-¿Ya? -pregunto yo.

-Yá. Namás queda recoyer -y me habla de la lenta sucesión de las estaciones-: Parecía que naciera debaxo de la nieve.

Ya en primavera había que refrescar la tierra arrancando las malas hierbas (la bena, la beza). A finales de la primavera espigaba y, en el lento verano, maduraba. Hai un refrán en el que se impreca al trigo su tardanza en nacer, comparándolo con el mijo: «Míu, en tres días tas nacíu. / Trigu, zurramplón, tas un añu nu terrón». Pero al final llegaba la última semana de agosto y los segadores se dirigían al 'espigame', el campo de trigo, con su hoz, la 'foucina'. Se segaba y se iba poniendo en 'gaviellas' que se ataban con 'manoyos'. Después se 'afacinaba', se apilaban los haces de trigo y se esperaba a que llegase la 'mayadora', una máquina roja que yo recuerdo como un símbolo de la alegría. La mayadora separaba la 'paya', la 'poxa' y el grano.

Con la paja seca se levantaban almiares: aquellos 'balagares' aún aparecen en mis sueños. El trigo se llevaba al 'molín'.

-¿Yá nun se facía más? -pregunto yo.

-Comíase'l pan -me contesta.

Salgo a la pomarada. Miro el pequeño huerto que labré: contemplo el tamaño de mi ignoracia.

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