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Domingo, 14 de marzo 2010, 11:34
Alberto mueve ficha, Juan estudia cómo ganarle, y el ajedrez se libra al mediodía, frente una playa imaginaria. Los presos la pintaron en el muro de este patio suyo. Se ven gaviotas, sol, y casi puede respirarse un viento «que muchos llevan 15 años sin sentir», confía el centinela que les vigila los movimientos. También él lleva 15 años obligado a tenérselas con asesinos, fundamentalistas y reos que apalizaron a otro funcionario. Estamos en el módulo de aislamiento, la última estación del sistema penitenciario. Aquí es donde acaban 30 delincuentes y 20 guardias, los más duros de Villabona, para disputar una partida cuyas reglas ambos bandos decidieron cambiar en 2007.
«Lo de antes era un fracaso» -admite Raúl, uno de los veteranos- «los presos venían aquí y los poníamos a 'secar'; se entendía que entraban para castigarles hasta que recapacitaran. Yo me pasaba todas las semanas en el juzgado». El verdadero nombre de este funcionario, escrito en internet, confirma un rastro de páginas en las que los reos detallan esa política de 'mano dura'.
Son reos difíciles, «irreflexivos, con un temperamento que salta de 0 a 100 en un segundo», justifica otro vigilante. Lo dice y le vuelve a la cabeza una tarde. Estaba comiendo cuando un estruendo de gritos y golpes salidos del primer piso inundó todo el módulo. «Ahí pasas lo peor, estás tranquilo y de repente se te declara una movida; aquel día los internos lo destrozaron todo, acabaron con nueve celdas, con muros de hormigón, con todo lo que pudieron».
Antes de que cambiaran las cosas, cada interno protagonizaba una media de 5,5 peleas al año como reacción a «un régimen muy estricto». Así lo admite Esteban Suárez, director del centro penitenciario: «No había ningún tipo de actividad y el interno salía sólo una hora al patio».
El resto, las otras 23 horas, las pasaba encerrado en una celda de 20 metros cuadrados, cama minúscula, ventana desde la que todos los días se ve el mismo muro, el mismo transformador eléctrico, el mismo puñado de eucaliptos en el mejor de los casos. Es el castigo de silencio. Para probar un sorbo, basta quedarse quieto un momento, callado, y contar cómo pasan los segundos. Un minuto se hace largo. Una condena de años, insoportable. Y gritar parece inútil cuando la puerta tiene un palmo de grosor y sistema de triple cierre.
El celador aprieta el botón para abrirle esa puerta a Pedro. Es un preso llegado de la cárcel de Topas tachado de «extremadamente peligroso». Viste mono azul, luce pocos dientes y tiene demasiados años para satisfacer semejante cartel. Delante de la habitación, ríe como un niño y se hace el extraviado: «¡No la encuentro, no la encuentro!». El celador lo tiene claro. «Está mal de la cabeza, pero como el juez no lo reconoció así en su día, ahora es difícil volver a catalogarle; hay muchos de estos por todas las cárceles. Antes había psiquiátricos y los mandaban allí».
Habla con orden, pero usa palabras cargadas de pena. Es un deje sobre el que se ha cimentado el nuevo régimen. Un superior cuenta que los vigilantes de primer grado son gente escogida: «Han demostrado sangre fría, autocontrol y arrojo, y por eso se les envía al lugar donde más falta hacen». Sin embargo, la decisión funciona en ellos como una condena. Los funcionarios de seguridad «están también presos, porque fuera de la cárcel tienen un desprestigio enorme, se les ve como represores o gente que aprieta un botón».
Vigilantes y vigilados quedan así unidos en una ignominia a la que decidieron enfrentarse «de puro hartazgo, esa es la verdad». Lo explica Raúl: «Cuanto más duro eras con el interno, más violento se volvía él para protegerse. A mí me traumatizaba ver cómo en ese estado terminaban condena y salían a la calle; me aterraba la idea de que pudieran cruzarse en la calle con mi familia».
Es un temor del que era partícipe Mercedes Gallizo, la secretaria general de Instituciones Penitenciarias. Por eso hace tres años convocó a los responsables de tres módulos de primer grado. A todos les invitó a reinventar la cárcel. «La idea es romper los muros entre internos y funcionarios y lograr una cogestión, porque al final todos estamos en el mismo barco», repite Raúl. «A él, como a mí, nos interesa que salga de aislamiento cuanto antes».
Transportar esta orden desde los pasillos del Ministerio del Interior a las celdas de Villabona no fue fácil. Los golpes habían dejado minas de desconfianza y rencor entre ambos bandos. Para desactivarlas, hacía falta la ayuda de un tercero en esta partida. Alguien capaz de persuadir a un asesino para que haga las paces consigo mismo.
Voluntarios del cambio
Ramón Huerta tiene 67 años de una vida que le ha llevado de las barricadas de Belfast en 1968 al Extremo Oriente, pasando por Argentina y Sudáfrica. El viaje lo hizo arrastrando un trauma: «Siempre me castigó pensar en toda la gente inocente que puede haber en la cárcel». Para curarse, un día fue a Villabona y preguntó qué hacer. Ahora pasa dos mañanas a la semana metido en uno de los patios del módulo de aislamiento. Separado por una verja, convence a un grupo de seis reos para que hagan tablas de ejercicios, flexiones y sudores.
Los días que deja libres, le releva Carlos Molinos, aparejador de la misma quinta a quien el retiro le colocó ante un reto: «Quería tener otra vida totalmente distinta, un trabajo necesario, pero no remunerado». Ahora se encierra en un aula e intenta enseñarle castellano a los presos islamistas. «Poco es lo que sé, pero todo intento enseñárselo».
Ramón y Carlos son parte del arsenal que mueve Marta García, la responsable de Cruz Roja en Villabona. Suya es la jugada que está inclinando la balanza en aislamiento. Se basa en llevar a los presos a talleres de pintura, relajación, manualidades, salud, castellano o inglés. Luego «cada actividad se convierte en un pequeño campo de batalla para inocularles nuestras cuatro recetas: autocontrol, vitalidad, independencia, y el rechazo a toda tentativa de autoengaño».
Escribió Hermann Hesse que odiamos en los otros «cosas que hay en nosotros mismos». La misión del juez fue estudiar el delito y determinar la pena; la de esta profesional es detectar en cada reo esas carencias que a veces hay en todos, pero que en ellos se tornan en enfermedad que los apresa. Vacíos que al estallar dejan víctimas y reos.
La teoría empezó con un muro. A los internos se les invitó a pintar en él un paisaje. La primera reacción fue un grito: «¡Que los pinte Instituciones Penitenciarias, si quiere tenerlo guapo!». Charla a charla, funcionarios y voluntarios fueron convenciéndoles de las bondades del arte decorativo en un lugar donde «lo importante es matar el tiempo, y si puedes, que sea llenándote la cabeza de cosas buenas». Así lo entiende Ezequiel, un reo que lleva ya siete años ya en prisión. Al final los pinceles funcionan como llave que abre charlas, debates, ímpetus a controlar. «Un preso se empeñaba en saltarse el plan y echarle más verde en un sitio» -recuerda Marta García- «así que hablas con él, le convences para que se reprima, que pruebe a hacer las cosas de la forma pactada y que luego, si no le gusta, ya hacemos cambios. Ahí aprende autocontrol».
De inculcar vitalidad se encarga Ramón Huerta, que entre carrera y carrera «les cuento mi vida, cómo superé un cáncer, cómo les entiendo porque no valgo para juez y sí para abogado, cómo todos los fines de semana me baño en Rodiles, haga el frío que haga».
Lo más complicado, dicen los voluntarios, es tocar la tecla de la independencia y el autoengaño. Sobre el primero «todos son muy chulos y valientes, pero cuesta que no se vengan abajo si un compañero corre más que él, o que no la líen si alguien les mira mal». La base de todo el proceso, sin embargo, reside en abrir los ojos, en dejar atrás «esos armaduras que se ponen con frases como 'yo dejo la droga cuando quiera' o 'yo soy bueno, pero me juzgaron mal' o 'yo paso de todo'».
En 2006 el módulo terminó el año con 168 incidentes que merecieran parte disciplinario. En 2009 la cifra ha caído un 78%. La mayoría de esos 37 partes están protagonizados por reos que se resisten a firmar el contrato que Raúl les ofrece para participar de este experimento: «Es un compromiso que funciona como un taburete con tres patas y ninguna puede romperse: hay que participación en las actividades que se les programe, cuidar la higiene personal y de la celda, y provocar cero conflictos».
«El aislamiento de Villabona es uno de los más duros que puede tocarte». Esta sentencia circulaba hasta no hace mucho entre los presos del país. Hoy, el último interno de este primer grado ha llegado tras suplicarle el traslado a Madrid. Se enteró de que existe un lugar donde reos y vigilantes juegan a pintar las paredes y ha captado el mensaje. Mirando esa playa de mentira ante la que Juan y Alberto juegan al ajedrez, un celador lo pone en palabras: «Esta pared ahora nos deja mirar más allá, nos cambia el 'chip' a todos; ahora sí que estamos cerca de esa brisa».
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