

Secciones
Servicios
Destacamos
RAÚL ÁLVAREZ
Domingo, 24 de junio 2007, 04:35
Acostumbrado a aprovisionarse de alimentos en el bosque, el oso pardo no es un animal remilgado. Los biólogos destacan su oportunismo, que le lleva a alimentarse de todo aquello que encuentra en su territorio: frutos herbáceos, frutos secos, miel o insectos. Pero la especie tampoco desdeña la posibilidad de zamparse un buen filete si encuentra a mano cadáveres de otros animales cuya carroña constituye su principal fuente de proteínas. El problema es que la despensa natural resulta cada vez menos variada. Cuando la Comisión Europea tomó cartas en la crisis de las 'vacas locas', los técnicos de Bruselas decidieron acabar por razones sanitarias con la práctica secular del abandono de las reses muertas en el monte. Han pasado seis años desde entonces, y el oso se ha visto obligado a cambiar de hábitos para conseguir comida, según la tesis del Fondo para la Protección de los animales salvajes (Fapas), que sostiene que detrás del aumento de los daños causados por los animales y de su presencia en zonas cada vez más cercanas a núcleos de población existe un sólo factor: el hambre.
La organización conservacionista dio la voz de alarma a principios de esta semana. Entre ocho y diez oseznos nacidos en 2006 no han podido sobrevivir a causa de la desnutrición. Las cámaras automáticas que tienen instaladas en las zonas oseras de la región han captado imágenes de ejemplares muy delgados, en los que se apreciaban con claridad las costillas. Para su presidente, Roberto Hartasánchez, no caben dudas acerca de las causas de esa situación. «Hay quien dice que es un hecho de la naturaleza que algunas crías mueran. Pero esta mortalidad tan elevada no puede ser natural. Nosotros creemos que hay carencias alimenticias sin cubrir».
Fapas ha decidido empezar una campaña para conseguir una atenuación de las estrictas reglas fijadas por la Unión Europea para la eliminación de los subproductos animales no destinados al consumo humano. En la primavera de 2001, cuando la encefalopatía espongiforme bovina barría el continente, la Unión Europea aprobó unas normas drásticas que se convirtieron en reglamento en el otoño del año siguiente. Desde entonces, los estados miembros recogen los cadáveres de los animales domésticos y los trasladan a hornos crematorios, donde son incinerados para evitar la eliminación incontrolada. En Asturias, la aplicación de esas disposiciones ha multiplicado casi por siete la retirada de reses muertas en 27 concejos oseros, según la información suministrada a Fapas por la Consejería de Medio Rural. El año pasado, el Principado contabilizó 5.586 intervenciones de ese tipo. Antes de 2001, nunca se había pasado de 840 en un solo ejercicio.
Ley muy estricta
El Fondo, en colaboración con las fundaciones alemanas Euronatur y Heidehof, ha elaborado un extenso informe que presentará en el Parlamento europeo el día 3 de julio. Hartasánchez espera conseguir el apoyo de la cámara para solicitar a la Comisión que suavice su postura. El Gobierno español ya ha corregido una parte de la legislación al levantar las restricciones al depósito de carroñas en los comederos del buitre, otra especie muy perjudicada por la escasez. Las informaciones y las fotos de aves que atacan ganado vivo han menudeado en los últimos meses y han preocupado mucho a los pastores de Castilla y León y Navarra. «Esa decisión está bien, pero es insuficiente y debe ampliarse. Es curioso que la Administración disponga de tantos técnicos, científicos e investigadores y al final haya que hacerle el trabajo de recopilación», se queja Hartasánchez.
La diferencia es vital para el oso. Según las estimaciones de Fapas, la eficacia en la recogida de cadáveres impidió la llegada a la cadena alimenticia del monte de más de 210 toneladas de carne el año pasado. La carencia se nota, sobre todo, en primavera, cuando los animales, debilitados por la larga hibernación, necesitan un aporte de proteínas superior al de otros momentos del año. Además, esa búsqueda coincide con una época en la que, a falta de carroña, el medio natural ofrece pocas posibilidades más de alimentación. Por entonces, desde principios de abril hasta finales de mayo, los frutos preferidos de los plantígrados, como los arándanos, aún no han madurado. Y, para remate, la diezmada población de abejas, que sufre una plaga de parásitos, no basta para polinizar las plantas en las cantidades acostumbradas. El resultado es que los oseznos siguen de forma involuntaria una dieta estricta.
Freno a la población
Las penalidades alimenticias ensombrecen la evolución del oso en Asturias, que, si la atención se fija en otros indicadores es positiva. La población de hembras reproductoras que dan a luz cada año se ha consolidado y garantiza nacimientos. Fapas y el Principado consideran que en Asturias viven unos 130 ejemplares. «Las cifras están muy bien, pero por eso debemos reconocer que tenemos un problema. Las osas pasan meses sin comer bien mientras crían, y eso tiene una influencia muy negativa en sus posibilidades de sobrevivir», apunta Hartasánchez.
El estímulo del hambre ha cambiado la conducta de los osos en los últimos años. Lo saben los agricultores de los concejos del Suroccidente. En una amplia franja que asciende desde Cangas del Narcea y Somiedo hacia el centro de la región, los ataques y los daños causados por la especie han ido al alza. El último invierno dejó avisos de avistamientos incluso en Quirós, donde hacía años, que no se registraban, y Grado, ya muy cerca de Oviedo. Y el verano pasado la Guardia Civil organizó varias batidas que llamaron la atención de residentes y veraneantes en Pillarno (Castrillón) ante la posibilidad que una osa y dos crías merodeasen por una zona tan insólita, lejos de las montañas y al lado del mar.
El triple de ataques
Todas las informaciones en poder de la Administración regional confirman esa ampliación de los territorios donde habita la especie. Los cambios son recientes. Así, si entre 1997 y 2001 se denunciaron daños atribuidos al osos en seis concejos -Ibias, Cangas del Narcea, Somiedo, Tineo, Belmonte y Proaza-, entre 2002 y 2006 los ataques afectaron a esos mismos municipios y cinco más -Teverga, Quirós, Salas, Allande y Grado-. Las indemnizaciones que abona el Principado se han duplicado y los intentos de apoderarse de alimentos en colmenas, truébanos y árboles se han triplicado. El peor año fue 2005, en el que quedaron documentadas 191 incursiones de ese tipo.
Hartasánchez sostiene que es factible suavizar la normativa contra las 'vacas locas' para que no tenga ese efecto contraproducente para el oso. Fapas defenderá en Bruselas la creación de la figura de zona remota para que los pastos de difícil acceso que los ganaderos aún aprovechan de forma estacional y con los métodos tradicionales reciban un tratamiento distinto de las grandes explotaciones comerciales. La organización recuerda que no se ha acreditado ningún caso en que la encefalopatía atacara a animales no estabulados y propone que, para garantizar que no llegan al monte reses muertas por la enfermedad, las administraciones adopten un sistema de inspección que certifique la procedencia de la carroña.
La situación en Asturias resulta extrapolable a las comunidades limítrofes que también constituyen hábitats del oso. Por eso, Hartasánchez insta a tomar medidas para evitar que los avances de los últimos años se pierdan: «No es posible que nadie haga nada».
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
Publicidad
Publicidad
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.