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LUIS DEL VAL
Miércoles, 10 de enero 2007, 17:18
Acabo de desayunar con un amigo que ha regresado de un fin de semana en París. Ha estado con su mujer y con un hijo que ambos tienen de siete años y medio. Me cuenta que al niño le ha gustado mucho más, y se ha encontrado más motivado, en la visita al Museo de Rodin que en la del Museo del Louvre. ¿Por qué? Pues debido a que, unas semanas antes, la profesora de dibujo les había proyectado algunas diapositivas en las que se mostraban diversas obras del escultor. De pronto, el niño encuentra que la escultura virtual es real, y que la mitificada obra que había entrevisto en el claroscuro de la diapositiva estaba delante de sus ojos.
Hay un principio didáctico, una regla de oro, que dice que hay que partir de lo particular para llegar a lo general, y comenzar en lo concreto para poder arribar a lo abstracto. Esta pauta no es útil sólo para los niños, sino en general para cualquier tipo de discurso que no sea de auténtica especialidad científica.
Recuerdo mis primeras visitas a los museos de la mano de mi padre. Mi padre no es un hombre muy culto, pero posee esa reverencia y respeto hacia el talento que anida en el alma de las gentes generosas con los méritos ajenos.
En primer lugar, sin ser un pedagogo, anunciaba la visita unos días antes, al principio de semana, como si se tratara de algo extraordinario. La liturgia del anuncio proporciona cierto empaque y rodea el desplazamiento de importancia, porque no es lo mismo pasar por la puerta del museo, un domingo, por la mañana, y decir «Ahora que no tenemos nada que hacer, vamos a dar una vuelta por aquí dentro», que organizar un preludio, aunque sea tan ligero como el anuncio anticipado.
Luego, sobre todo en las primeras ocasiones, me hablaba de que íbamos a ver unas pinturas de Goya. El nombre de Goya no necesitaba para mí explicaciones, y pensar que me iba a encontrar con cuadros de una persona tan importante me producía una cierta sensación de trascendencia. Cuando mis hijos ya han cumplido los siete años los he iniciado en la visita a los museos, continuando con estas pautas que le proporcionan empaque a la visita, y con el añadido de fijarnos en unas determinadas obras para mitificarlas previamente.
Después de haberse familiarizado con 'La Ronda', 'La lechera' o 'La novia judía', y hablar de las características de estos cuadros, unas semanas después tenía lugar la visita al museo, y la comprobación de que aquello existía realmente producía un efecto multiplicador de admiración, algo así como les sucede a los adultos europeos, cuando visitan por vez primer Nueva York, y, plantados en Park Avenue o en la Quinta Avenida, comprueban que las imágenes que han visto tantas veces en el cine corresponden al mundo auténtico. Algunas veces, me encuentro con visitas escolares en el interior de algún museo. Y hay ocasiones en que observo a los escolares, sentados en el suelo, intentado captar con dibujos apresurados los matices de un cuadro, sintiéndose protagonistas de la jornada, y, otras, en que veo una fila de niños bostezantes que pasean por el interior mirado con melancolía las ventanas que dan al exterior, como si estuvieran cumpliendo un penoso deber, y aguardaran con resignación el término del castigo y la recuperación de la libertad.
Las relaciones primerizas con el museo son fundamentales para el asentamiento de cómo van a ser las relaciones posteriores. Durante algún tiempo, muchos españoles sólo iban a los museos cuando viajaban fuera de España. Por suerte para la colectividad, por desgracia para la comodidad de los amantes de los museos, eso ha cambiado y la valoración de los tesoros propios ha triunfado sobre la indiferencia anterior.
Pero sigue siendo muy importante en qué condiciones, cómo y cuándo se producen las primeras visitas a los museos. La escuela lo puede hacer bien o lo puede hacer mal, y ello dependerá de la calidad del profesorado o de su entusiasmo, pero todos los padres pueden llevar a sus hijos a un museo.
Y si, en esa primera ocasión, eligen previamente uno o dos motivos que estén reproducidos gráficamente, y tienen la habilidad de destacar algún elemento anecdótico de la vida del autor, podrán comprobar que el efecto que se produce cuando de lo virtual se pasa a lo real nunca es apático.
Sólo hay que salvar un obstáculo añadido. Un niño no puede permanecer en el interior de un museo más de lo que dura una clase: cincuenta y cinco minutos. Pasado ese tiempo, hay que salir al exterior, tomar un descanso, darle a los ojos una tregua, y, si estamos fuera y nos disponemos de mucho tiempo, entrar una segunda vez. Pero no es conveniente que por egoísmo intentemos prolongar la visita o pasemos una mañana una tarde dentro de un museo, en compañía de un niño al que el placer se le va diluyendo y el aburrimiento se le apodera. En la infancia, todo debe ser administrado en cantidades homeopáticas. Y los museos no son una excepción.
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