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Corredores observan atónitos al yogui playu en San Lorenzo. :: O. S.
El yogui playu, un semidiós

El yogui playu, un semidiós

San Lorenzo es un escenario de lujo para la práctica del yoga

Olaya Suárez

Viernes, 7 de agosto 2015, 00:34

Vas paseando al perro por el Muro un sábado a las diez de la mañana (una hora bastante inusual teniendo en cuenta que es agosto y estás de vacaciones, pero el comportamiento animal es inescrutable, el mío, no el de la mascota, que tiene férreas costumbres) y en el momento en el que llegas a la altura de la escalera 7 ves lo que parece ser un hombre boca abajo, con la cabeza apoyada en la arena y los pies para arriba. Tieso como una vela, incapaz de ser perturbado ni siquiera por un 'nordés' huracanado.

Entonces intentas enfocar bien con la vista -no vaya a ser que entre el marabayu de cosas de colores que te echaron en los dos gintonics de la noche anterior te hayan colado estramonio- y te das cuenta de que estabas en lo cierto: tienes delante a un yogui playu. Ahí está, sin darse ni un pijo de importancia, impertérrito y teniendo por cielo el Cantábrico, mientras los muchos que a esa hora practican 'running' (antaño 'footing', lo mismo pero sin selfies y con playeros J'Jayber) echan los restos para mejorar su marca.

Al yogui playu, que así por su aspecto invertido podría rondar los 65 (aunque la percepción en estos casos puede dar lugar a engaños, a decepciones no) poco parecen importarle los registros. Está plenamente dedicado a la asana madre, la sirsasana. Lo que pasa por su mente es imposible de adivinar: lo mismo está en su particular nirvana que está pensando que tiene que ir a la carnicería de Benigno a por unos filetes empanados para llevar a la Ñora o en el duelo que bien podría tener la próxima semana con Macio, otro de los fenómenos que tendrían que estudiar los científicos dedicados a buscar el kraken de Carrandi.

Vas hasta el Tostaderu con los ojos como platos pensando en el yogui y comparándolo odiosamente con aquellos 'pseudosantones' que viste en Varanasi y que no le llegaban al playu ni a los talones. En este caso ni a las orejas. Pero lo mejor de todo es cuando vuelves sobre tus pasos y 20 minutos después (por ser generosa en tus tiempos, que bien podría ser una marca horrible de 30) vuelves a verlo allí. Como un semidios. Como para quitar las estatuas de Pelayo u Octavio Augusto y ponerlo a él como estaba, boca abajo. Porque quizás ése sea el secreto para entender el mundo. Yogui playu, maestro, manifiéstate. Eso, si no te ha llevado la marea...

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