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IRMA CUESTA
Domingo, 25 de enero 2015, 19:31
Aquella mañana de abril Carla se levantó a la hora de siempre. Tenía que estar en clase a las ocho y cuarto, de manera que se vistió, se tomó un buen tazón de ColaCao con cereales, se despidió de su madre y salió de casa. Nunca llegaría al colegio Santo Ángel de la Guarda incluso el nombre parece una burla del destino; de camino, Carla cambió la ruta de todas las mañanas por la que la colocaría al pie de los acantilados de La Providencia. Nadie volvería a verla con vida. Tenía 14 años. «No recuerdo nada que hiciera pensar que aquel día no era como cualquier otro. La mañana transcurrió sin más hasta que a mediodía, aunque siempre era puntual, no terminaba de llegar. Empecé a preocuparme y llamé a una amiga que me dijo que la niña no había estado en clase. Nadie llamó del centro avisando de la falta de mi hija. La única noticia que tuve del colegio fue un SMS de la directora, a las ocho de la tarde, dándome el pésame», recuerda con dolor Montserrat Magnien, la madre de la pequeña.
Un juez de Gijón acaba de condenar por acoso a dos de sus compañeras reavivando un debate que renace periódicamente casi siempre de la mano de alguna tragedia, para luego desvanecerse. Casos que recuerdan que un 33% de los escolares españoles, 2,7 millones, han padecido en alguna ocasión una situación de maltrato por parte de sus compañeros de clase; que el porcentaje no deja de crecer y que, en ocasiones, el daño es irreversible.
CARLA. EL DOLOR POR UN FINAL QUE NO MERECÍA. La gijonesa Carla era una niña de 14 años buena y estudiosa, no lo dice su madre que también, lo dicen todos los que la conocieron, incluso quienes fueron sus profesores, ahora en el punto de mira por su suicidio. «Cuando empezaron a bajar la notas, cuando por una amiga empecé a sospechar lo que pasaba, la tutora me decía que eran cosas de niñas. Fueron tantas las veces que fui al centro a pedir explicaciones y ayuda que terminaron reconociendo que Carla estaba siendo agredida. Lo vieron, lo habían visto cada día durante más de dos años, y no hicieron nada». «Es una rabia, una sensación de impotencia, una mezcla de sinsabores difícil de explicar. Echando la vista atrás, calculo que mi hija estuvo entre dos y tres años sufriendo acoso escolar sin que los profesores hicieran nada por evitarlo».
ENRIQUE. EL OÍDO PERFORADO POR UNA PAJA. «La misma profesora que negaba lo que estaba pasando, que incluso me recomendó llevar a mi hijo al otorrino porque creía que no oía demasiado bien después de que le perforaran el timpano con una paja, declaró ante el juez que habían mandado a mi hijo a un psicólogo del centro al que nunca acudió». La madre de Enrique, con una discapacidad reconocida por los servicios sociales de Palencia en donde ahora vive, no consigue cerrar una historia llena de dolor. «El mismo colegio que no fue capaz de ver lo que le estaba pasando a mi hijo me ha denunciado por calumnias. Detrás dejamos un reguero de procesos y demandas que de momento no han servido para nada. Pero no voy dejar pasar las cosas».
RAÚL. CUANDO UNA MADRE NO SABE QUÉ CREER. Cristina vive angustiada desde que ha sabido que uno de sus hijos está siendo objeto de todo tipo de burlas y agresiones en el colegio de Castellón en el que cursa primero de la ESO. Reconoce que al principio, cuando el chaval comenzó a decir que no quería ir a clase, y ella empezó a interrogarle, dudó de su palabra. Pero el niño estaba cada día más triste y en casa, ante cualquier cosa, respondía de forma agresiva. Llegó incluso a plantearse que el niño tuviera celos, porque acaba de tener una hermana. Pero terminó llevando a Raúl ?(no es su verdadero nombre) a un especialista que le confirmó lo que temía su hijo estaba siendo objeto de acoso en el colegio y no sabía cómo resolver el problema.
Las dos niñas, que ahora tienen 15 y 16 años, reconocieron haber transmutado el día a día de Carla Díaz en un infierno; torturaban con saña a una muchachita que no había cometido más crimen que soñar con que la dejaran vivir. Dos años de insultos esparcidos por las redes sociales (la llamaban bizca, «topacio, con un ojo aquí y otro para el espacio», bollera), de empujones y golpes, de vejaciones como meterle la cabeza en el retrete, hicieron su existencia tan insoportable como para terminar quitándose la vida.
Pero los cuatro meses de trabajos socioeducativos que deberán cumplir esas dos adolescentes para pagar el daño causado, no cerrarán el caso. Su madre, que ya consiguió que la Fiscalía de Menores lo reabriera sumando nuevas pruebas y eliminando la inducción al suicidio de la denuncia inicial, dirige ahora su mirada al colegio. Lo demandará por la vía civil. «La sentencia es de risa. La Ley del Menor necesita un reajuste. Sé que son niñas, que quizá no deben estar en la cárcel, pero tampoco está bien que sigan su vida como si nada. La pena establece, incluso, que puedan cumplir con su condena dejándolas margen para acudir a sus extraescolares Su vida seguirá siendo la misma; están en la calle y lo van a volver a hacer».
Han pasado casi dos años desde que Carla se suicidó y Montserrat Magnien sigue sin digerir la pena, sin comprender cómo unas jóvenes aparentemente normales pueden albergar tanta maldad y tanto ensañamiento. Su abogada, Leticia de la Hoz, prepara ahora la defensa de la familia por la vía civil. «Vamos a responsabilizar al colegio. Hay hasta tres actas firmadas por su tutora en las que se reconoce que la niña estaba sufriendo acoso escolar. Mientras la madre insistía en el colegio y seguía las pautas que la marcaban, a Carla llegaron a reñirla porque se perdía los recreos... ¡Una alumna con antecedentes de cortes en las muñecas!».
Es precisamente de responsabilidad de lo que habla Javier Urra, psicólogo y primer Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid. Él cree que lo que ha cambiado las relaciones y multiplicado el alcance del acoso escolar es internet, que se encarga de que el efecto sobre el menor sea devastador. También que es inadmisible que un profesor no sea capaz de descubrir quién es el alumno que sufre en su clase. «Es fácil detectarlo, de manera que si alguno no lo hace es, simplemente, porque es un inútil... o, lo que es casi peor, un cobarde».
«No se hacen responsables»
La suya es, sin duda, una voz autorizada, respaldada por una trayectoria incontestable, sembrada de acciones para combatir lo que ya la mayoría considera un «gravísimo problema». También lo es la de Emilio Calatayud, el juez de menores de Granada que firma decenas de sentencias ejemplares, ha conseguido bajarlos índices de delincuencia en su distrito y cuyas lecciones magistrales pueblan Youtube. Calatayud habla claro: «Lo primero que fallan son los chavales, que no se hacen responsables de los actos que cometen; lo segundo, sin duda, internet, que hace ya mucho tiempo que se nos ha ido de las manos; luego están unos padres que no son conscientes de que eso es una droga y un instrumento perfecto para cometer hechos delictivos; y, por supuesto, los colegios».
En casa de María (es un nombre ficticio) los problemas comenzaron en segundo de Infantil. Ese curso se incorporó al colegio un niño problemático que dirigió toda su inquina contra su hijito de 5 años. Poco a poco empezaron a pasar cosas raras: que no quería ir a clase, que le dolía la tripa Dos años tardó Enrique (tampoco es su verdadero nombre) en contar que sus compañeros se divertían bajándole los pantalones y los calzoncillos y golpeándole; que llegaron a meterle una paja en el oído hasta reventarle el tímpano, que le daban patadas en los testículos y que aquellas raras marcas del cuello eran la prueba de cómo se divertían intentando ahogarle
El niño acudía a un centro en Madrid y su madre mantiene que todo intento por conseguir la implicación del profesorado fue inútil. «El director llegó a decirme, un día que estaba desesperada y fui a hablar con él cansada de que la tutora no me hiciera caso, que no podía hacer nada».
Encarna García conoce de primera mano qué consecuencias puede tener para una niña de 8 años que se rían de ella porque no lleva ropa de marca o porque los bocadillos del recreo se los ha hecho su madre; que ir al colegio llegue a convertirse en tal suplicio como para pensar en marcharse de casa. La presidenta de la Asociación Contra el Acoso Escolar (ACAE) no habla de oídas cuando asegura que al sistema educativo de este país, y a los responsables políticos, hace tiempo que el asunto se les fue de las manos.
Un buen día, su hija convertida ahora en una joven que lucha por ser feliz se despidió de ellos con una nota abandonada sobre una cómoda «Papá, mamá, os quiero mucho, pero me voy de casa porque en el colegio no tengo amigos». Prueba de que nunca olvidó las horas que vinieron después, y cómo encontraron a la niña paseando cerca del colegio completamente desorientada, son los trece años que lleva al frente de la asociación, empeñada en denunciar un problema que, en su opinión, «cada día que pasa se hace más grande».
Desde Gijón, en donde los miembros del Consejo de la Juventud se han convertido en su mejor apoyo atendiendo llamadas y canalizando cualquier petición de ayuda desde que se creó la asociación han recibido más de 7.000 llamadas, Encarna no para. «La sentencia de Carla es muy importante. No solo porque reconoce un hecho y, de alguna manera la familia se siente aliviada, sino porque vuelve a colocar el asunto en el punto de mira, se convierte una vez más en una noticia de interés», afirma, al tiempo que lamenta no contar con el apoyo de las instituciones, pero sí, al menos, con el de la justicia. «La mayor parte de las veces los niños no se atreven a contar lo que les pasa. Tiene que ser una situación ya insostenible, y en ocasiones ni eso, para que un niño reconozca que es objeto de todo tipo de vejaciones. Para ellos es como tener que revivir en casa ese martirio».
Como Encarna, otros trabajan por los menores con el mismo el celo. Es el caso de la Asociación Protégeles.es, una organización que desde 2002 lucha por hacer de internet una herramienta segura. Ellos son los autores de una app para que los chavales puedan denunciar casos de ciberacoso. También es suyo un estudio realizado en 2014 que concluye que el 5,4% de los niños españoles de 11 a 14 años (unos 80.000) han sido víctimas de acoso a través del teléfono móvil, un porcentaje que sube hasta el 8,4% en el caso de jovencitos de entre 13 y 14.
En medio de aquel infierno, María hizo las maletas, sacó a su hijo del colegio y se cambió de ciudad. El caso de Enrique es especial: los servicios sociales de Castilla y León donde se mudaron, le han reconocido una discapacidad del 33%, consecuencia del estrés postraumático del bullying padecido.
Pero ni el tiempo transcurrido ahora Enrique tiene 15 años, ni el cambio de domicilio y de colegio, han sido suficientes para una familia que sigue sin encontrar consuelo. «Mi hijo lleva cinco años yendo al médico, tomando pastillas, y yo también».
Mientras las madres destacan la responsabilidad del colegio, los profesores no creen que sea tan fácil detectar el problema, ni que estén haciendo dejación de sus responsabilidades. Augusto Serrano, secretario confederal de STES, sindicato mayoritario de trabajadores de la enseñanza, apunta a otro lado: «Llevamos mucho tiempo denunciando que lo heterogéneo del alumnado demanda una ratio menor en las clases. No es lo mismo trabajar con un grupo de 25 que con uno de 35». Dice también que ellos no tienen tan claro que haya un repunte del acoso en las aulas, y que en ningún caso los colegios tapan las agresiones. «Hay un procedimiento y es el que se sigue: el profesorado hace un parte y se pasa al jefe de estudios y luego a la comunidad educativa. Todos analizan la situación».
Las asociaciones que luchan contra el bullying amplían la responsabilidad a las consejerías de Educación de las diferentes comunidades autónomas, que «tienden a mirar hacia otro lado». Así que, cuando los docentes y la administración fallan, no queda otra que confiar en la Justicia. Miguel Rodríguez, fiscal de menores de Cantabria, compara el acoso escolar con la violencia de género. Cree que hay muchas similitudes entre ambos y que con el bullying acabarán dándose los mismos pasos extraordinarios que ya se han dado con las mujeres maltratadas. «Se ha tomado conciencia social, y por tanto jurídica, y los fiscales estamos dando respuesta. Una prueba es que las relaciones entre los centros escolares y la fiscalía son cada día más fluidas». Miguel Rodríguez sabe que son una parte importante en la solución del problema, una suerte de jueces instructores de cada una de las causas abiertas.
La sentencia que reconoce que Carla Díaz fue objeto de acoso escolar no es la única. En 2011, el colegio Amor de Dios de Alcorcón fue castigado a pagar 44.000 euros por los abusos reiterados a un alumno por parte de sus compañeros. También fueron condenados los ocho chavales que convirtieron en un calvario la vida de Jokin Ceberio, el joven de Hondarribia (Guipúzcoa) que se suicidó en 2004: 18 meses de libertad vigilada por un delito de maltrato.
POLÉMICA EN LA RED
No hace muchos meses, una madre obligó a su hija a confesar en Facebook que había hecho bullying. «Soy una chica inteligente pero he tomado malas decisiones», se leía en el cartel que Cara Schneider, de Carolina del Norte, sostenía con ambas manos. Además, la jovencita tuvo que vender su ipod y donar el dinero a una organización que lucha contra el acoso. La decisión dividió Estados Unidos entre los que creyeron que era una buena forma de reprender a la niña y los que entendieron que la madre acosaba a su propia hija.
APRENDER DE FINLANDIA
Finlandia, la gran superpotencia educativa, nos lleva años de ventaja. Hace una década que el 90% de las escuelas desarrollan el programa Kiva con el que se enseña a los niños a reconocer el acoso y ponerle reno.
OLEADA EN JAPÓN
El ministro de Educación se ha visto obligado a enviar una carta a los colegios pidiendo a los chicos que no se quiten la vida. Una oleada de suicidios atribuida al acoso escolar ha desatado la alarma. «Nunca penséis en cometer suicidio. No arregla nada», les dice el ministro.
El caso de Jokin, que una mañana de septiembre se tiró desde lo alto de las murallas de su pueblo aprovechando que en casa todos dormían, es una referencia entre tanto desastre. Su muerte despertó la sensibilidad social en torno a una violencia que no deja de crecer.
Pechos y nalgas
Iñaki Viar, el psiquiatra que actuó como perito en aquel proceso, dirige la mirada hacia los organismos responsables. «Confiamos a nuestros hijos a los centros, y cuando se producen fallos en la vigilancia y el cuidado, cuando se dan situaciones de negligencia clara, hay que tener el valor de intervenir». Viar no tiene ningún reparo en defender que todas las partes implicadas deben asumir su responsabilidad, y que la modernidad actual, «ese concepto libertario de la educación que se ha instaurado», rechaza los castigos cuando, en realidad, no se puede permitir que los jóvenes se abandonen a sus pulsiones agresivas: «La maldad debe tener un precio».
Pruebas no faltan. Poco después de que Jokin acabara con su vida, el Juzgado de Menores de Vitoria condenó a un alumno y a la ikastola Olabide por un caso «grave» de acoso a una niña que aún no había cumplido 13 años. Según la sentencia, a lo largo de todo un año varios escolares «ultrajaron a la menor escupiéndola, golpeándola y tocándole los pechos, las nalgas y los genitales». Se hace difícil encontrar alguna correspondencia natural entre el tamaño de los niños y el de su crueldad.
Según un estudio Cisneros X realizado entre 25.000 alumnos de 2º de Primaria a 1º de Bachillerato de centros públicos, privados y concertados de 14 autonomías, más de 500.000 niños de España sufren un grado de acoso «intenso o grave»; el 54% sufre depresión y el 15% ha pensado alguna vez en suicidarse. Según el informe, el riesgo se multiplica por cuatro entre escolares de 7 y 8 años.
Por eso Jesús Salido, presidente de la Confederación Española de Padres y Madres de Alumnos (Ceapa), propone atajar el problema desde el primer día de preescolar. «Es una asignatura pendiente de nuestro sistema educativo, que no se aborda con la seriedad ni con la firmeza con la que se debería. Nosotros abogamos por la comunicación permanente y por no minimizarlo». Tampoco los alumnos parecen estar dispuestos a taparse los ojos. María Rodríguez, la portavoz de la Confederación Estatal de Asociaciones de Estudiantes (Canae), confirma que cada día hay más casos de bullying y ve en las redes sociales el canal por el que los jóvenes dispersan tanta maldad.
Una larga lista de testimonios para terminar justo al principio:El tormento de Carla, el de Enrique, el de Jokin.. no acababa al salir de clase. La sombra de Facebook, Twitter, Instagram... es alargada.
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