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SUSANA NEIRA
Domingo, 8 de marzo 2009, 03:29
Corría septiembre de 1901 cuando Senén María Ceñal, arropado por un grupo de comerciantes y banqueros, arrancó la construcción de una fábrica de loza en una finca denominada Huerta de Abajo, entre San Claudio y Sograndio, siguiendo las líneas de ferrocarril de Oviedo a Trubia. Levantarla costó un millón de las antigua pesetas y el trabajo de 50 hombres durante más de un año y medio, según recoge el libro 'La fábrica de loza de San Claudio. 1901-1966', escrito por Marcos Buelga y editado por el Museo de Bellas Artes de Asturias en 1994.
Nacía así la historia de una factoría con una vida más longeva que la mayoría de los habitantes del pueblo que lleva su nombre, pero con tantos altibajos y anécdotas como cualquiera de los trabajadores y vecinos que ahora quieren impedir su cierre. Lo tienen complicado: el Juzgado de lo Mercantil número 1 autorizó esta semana la liquidación de San Claudio S. A.
La locería cerrará de la mano de su actual propietario, Álvaro Ruiz de Alda, en un momento en el que no sólo deja constancia de su declive el deplorable estado de las centenarias instalaciones. También las cuentas. La dirección pintó ante el juez un panorama negro: a la caída de las ventas por la llegada de productos asiáticos (se pasó de una previsión de ventas de 4,2 millones a 2,4 en el último año), se sumaron sus problemas para pagar los salarios (los 44 trabajadores que hay ahora llevan sin cobrar desde diciembre) y la imposibilidad de lograr ingresos extra alquilando naves por un expediente de Bien de Interés Cultural (BIC), impulsado por la plantilla y el Ayuntamiento y recurrido por el dueño.
Como al final de cualquier vida, San Claudio escribe ahora su etapa más oscura. Pero también tuvo tiempos donde sólo predominó el brillo del azul cobalto. El color de la tinta impresa bajo las vajillas, los juegos de café, té y chocolate, o las piezas decorativas y azulejos que llegó a manteles de toda España y cruzó a Buenos Aires, La Habana o México por los encargos de la colonia de emigrantes.
Mayoría de edad
La primera época de esplendor de la planta llegó al poco de que José Fuente y Díaz Estébanez comprara la fábrica por 1,8 millones de pesetas. «La factoría ovetense había alcanzando la mayoría de edad en 1924, pues en ese año se colocó a la cabeza de la industria cerámica regional con una producción de tres millones de piezas y una plantilla de 200 trabajadores», refleja Buelga en su publicación.
La producción y las ventas aumentaron aún más en la época en que Juan Fuentes Fernández, su hijo, gestionó la fábrica. La modernización del proceso que emprendió tras la Guerra Civil, años donde prácticamente se paró la producción, permitió escribir otra etapa de años dorados.
Pero no fue hasta 1952 cuando la fábrica de San Claudio empezó a competir con La Cartuja de Sevilla, la primera fábrica de cerámica artística y de loza creada casi a la vez que la ovetense. Un apunte más que destacado: San Claudio llegó a tener 600 trabajadores en la década de los sesenta. El declive económico comenzó tres décadas después, con la crisis industrial asturiana, aunque se han pronunciado en los últimos tres años.
San Claudio está apunto de apagarse, pero como en cualquier vida, quedan imágenes fugaces para el recuerdo: desde la loza recién salida del horno y barnizada, a las protestas y movilizaciones de los trabajadores para evitar los despidos o la salida de material para Marruecos, donde Ruiz de Alda tiene otra fábrica.
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