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PPLL
Viernes, 27 de julio 2007, 10:29
Vivir el verano Aquel verano de 1979 Él ya no la necesita, pero la ha hecho con la ilusión de transmitir a alguno de sus nietos el viejo arte de convertir las varas de las paleras que crecen en las sebes o los mimbres que pueblan las orillas del río en objetos útiles para el trabajo. En los pueblos ribereños del Órbigo lleva el nombre de talega el cesto que se usaba principalmente para las vendimias y la recolección de patatas. La tarea necesita su proceso y su tiempo, que es precisamente lo que le sobra a él ahora: cortar las varas de una vieja palera en tiempo de sazón y cuarto menguante, ordenarlas en haces que pasarán unos días en el reguero para conservar la flexibilidad, mantenerlas algún tiempo a la sombra; y luego manos a la obra: una cruz griega en el suelo con cuatro varas en cada brazo, dividirlas en parejas, entretejer con varas simples, terminar el culo de la talega con un trenzado de tres varas en el borde; sujetar los montantes en sus puntas superiores, entrelazarlos con las varas tejedoras y, finalmente, rematar la boca con media docena de ellas, lo que precisamente está llevando a su fin en este momento.
Mi padre tiene las manos fuertes de campesino y carpintero, hechas al azadón con el que tantas raíces de urz arrancó para los fuegos de invierno en la cocina vieja, donde se curaba la matanza, para empuñar la hoz de sol a sol en la siega del centeno, para tronzar, mondar y escuadrar los troncos de chopo o de aliso o de negrillo cuando la savia dormía; y tiene manos delicadas y con buen pulso para las carracas que me hacía en Semana Santa y para los trabajos de ebanistería en los bajorrelieves de motivos grecorromanos, que esculpía con el escoplo y la gubia en los entrepaños de las puertas. Y, así, durante muchos años alternó los trabajos de carpintería y las labores del campo.
Antes había compartido el tiempo de muchacho entre la escuela y el pastoreo de un rebaño del abuelo y hasta trabajó algunos meses como guaje en una mina asturiana, cuando escapó de la casa paterna después de pelearse con un hermano; y unos meses después se acogió a la compañía de una troupe de gitanos o cíngaros, que le enseñaron sus saberes de cestería. Más tarde, un camión de milicianos de la FAI le llevó de nuevo a Asturias, donde participó en el fallido asalto a Oviedo. Le gustaba cantar romances y cantares aprendidos de los ciegos que se ganaban la vida llevando por los pueblos historias de crímenes, pero en nada ponía tanto entusiasmo como en su memoria de anarquista: «Arroja la bomba / que escupe metralla. / Y empuña la Star / empuña la Star. / Propaga tu idea revolucionaria / hasta que consigas /amplia libertad, amplia libertad».
Luego un tiempo en el maquis y la cárcel de San Marcos. Aquí aprendió el arte de hacer con tiras de papel trenzado joyeros con un espejo grabado en el interior que forraba con tela de raso. Conservo una foto de mi madre -una hermosa joven de 21 años- y mi madrina, enmarcada con la misma técnica. La fecha corresponde al 22 de septiembre de 1937. Y me gusta pasar de cuando en cuando las manos por el marco para recoger la huellas de las que tanto calor quisieron llevar a la esposa desde las sombras de San Marcos.
Y también -para parar las aguas del olvido- en ocasiones paso la mano por la madera de haya y por la cuchilla acerada de una garlopa suya que tengo colgada en la pared. Dice Neruda que «es muy conveniente, en ciertas horas del día o de la noche, observar profundamente los objetos en descanso: (...), las cestas, los mangos y asas de los instrumentos de carpinteros. De ellos se desprende el contacto del hombre y de la tierra como una lección para el torturado poeta lírico». La talega y la garlopa ahora están en descanso para siempre. La primera, ya sin el verde y el oro vegetal que tenía aquel año 1979, sirve para conservar viejos periódicos y revistas de entonces; la segunda, una muestra de arte objetual, emotivo para mí, la he venido contemplando día a día «hasta alcanzar esa dulce superficie del instrumento tocado sin descanso, esa suavidad durísima de la madera manejada, del orgulloso hierro» -otra vez Neruda-. Fetiches ambas de mi imaginario sentimental.
¿La añosa palera -que florecía en febrero para dar polen a las abejas y que proporcionaba refugio en su fronda para el nido de algún ruiseñor; y, al final del verano, las varas- y la mano de mi padre que las cortaba para hacer sus cestos! ¿El contacto del hombre y la tierra! Algo de eso quise expresar en un poema: «Compadeced al hombre / que se muere y no supo de la brisa del alba, / no supo de la luz rosada del aliso que la garlopa lame.» Estos versos no habrían sido posibles sin el recuerdo infantil de quien por los años 40, en el taller de carpintería, observaba fascinado las manos mágicas y firmes de su padre, que hacían brotar encendidas virutas rosáceas de las entrañas de la garlopa veloz.
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